Segunda parte



Desperté con la caricia del Sol en la mejilla.

-"Despierta, ya es la hora".

Abrí los ojos y allí seguía todo, o casi. Luna se había ido al otro lado del mundo, y Viento agitaba el primer día de Verano, llevándoles el calor del Sol a todos aquellos que salían a pasear. La ardilla se había despertado con los primeros rayos del alba y el árbol seguía en su sueño de vigía. Pero, lo más importante, tú seguías conmigo. Mis brazos seguían rodeando tu cuerpo y mi chaqueta te cubría casi por completo. Tu rostro quedaba escondido contra mi pecho y tu mano aun no había soltado mi camisa. Esperé unos minutos antes de despertarte acariciando tu espalda.

-Cristina, despierta. Ya es de día.

Te separaste un poco de mi y volviste a mirarme. Tu mirada era tan firme que me hacía temblar. Luego miraste entorno nuestro y te levantaste. Me entregaste la chaqueta y te estiraste... Y volviste a parecer una niña con gestos de mujer. Sacaste tu teléfono del bolsillo de tu pantalón para consultarlo.

-Rápido, tenemos que irnos. Nadie puede saber sobre esta noche, no aun.

Volviste a mirarme y te sonrojaste. Entonces recordé el beso que te había dado y llevaba tanto retrasando. Y supongo que también me sonrojé un poco. Otra vez, te acercaste y me tendiste la mano para ayudarme a levantar del suelo. Por un momento pensé que te asaltaría el lado infantil y nos quedaríamos un segundo el uno frente al otro, muy juntos, mirándonos a los ojos. Pero no fue así ni un segundo, en cuanto estuve en pie me soltaste la mano y empezaste a caminar. Sol caminaba frente a nosotros de espaldas, mirándonos a uno y otro. Me guiñó un ojo sonriendo y luego se fue a iluminarle el camino al resto del mundo.

Volvimos a coger un autobús, pero esta vez no fuimos a tu casa, aunque por lo menos conocía la zona. Te pusiste en pie y me levanté contigo, y volvimos a mirarnos.

-Aun no me has dado la carta de ayer.

La saqué del bolsillo y te la tendí. La tomaste de mi mano y me abrazaste con fuerza.

-Voy a echarte de menos. Lo sabes, ¿verdad? Venir cada noche a dejarte mis cartas...

-Vas a tener que seguir haciéndolo, pero las cartas vas a tener que enviármelas por correo electrónico. Y más te vale que no falte ninguna.

-No fallaré, ¿me lo recordarás cada Viernes?

-Siempre. -Entonces te separaste y me miraste muy seria. -Quiero pedirte algo más, no te bajes conmigo. No volveré a verte en todo el verano, hasta dentro de 3 meses. Voy a estar esperando ese primer fin de semana antes del comienzo del curso, más te vale que traigas tu carta en mano y me la leas, como la primera vez, como hoy. Si no estás ahí, no te lo perdonaré nunca.

Mantenías tu mirada de mujer fría y segura de si misma, pero entonces una lágrima se derramó por tu mejilla y tu fachada se vino a bajo. Volviste a abrazarme con fuerzas y hundiste tu rostro en mi pecho.

-Te lo prometo Cristina.

Entonces el autobús se detuvo en la parada, me empujaste para que me sentara y saliste apresuradamente con la carta en la mano. Te observé mientras me alejaba, guardaste la carta en tu mochila, mientras la chica con la que habías ido a la fiesta aquella primera noche que te vi se te acercaba. Te perdí de vista antes de que te alcanzara.

Creo que fue un Martes cuando hice el último examen, y el Jueves de esa misma semana ya estaba de camino a mi pueblo. Supongo que el recibimiento de mi padre fue más o menos como siempre, nos miramos en la distancia un momento, y luego nos sonreímos el uno al otro antes de acercarnos y abrazarnos un largo rato, hablándonos en susurros el uno al otro. Como nunca hablábamos mucho durante el curso, esa primera semana siempre nos poníamos al día de todos los acontecimientos relevantes que hubiesen tenido lugar en nuestras vidas. Mi padre nunca me presionó demasiado con los estudios, solo quería que me esforzara y que me fuese bien. El Viernes esperé hasta bien entrada la noche para comprobar el correo, a ver si me habías enviado la fotografía, por suerte no me desesperé mucho, ya que tenía que pasarme por el aserradero en el que trabajaba todos los veranos desde que había cumplido los 15 años para avisar de que había llegado. Para no ausentarme mucho, la carta la escribí durante los tres días, comenzando esa noche, a ratos el Sábado y el Domingo por la mañana. La foto era de una pared de ladrillo, en la que habían pintado una frase; en la ciudad tormenta, de la que hablan las viejas sabias. Fue la primera vez que te hablé de aquel lugar, y como lo llegué a conocer de oídas. A pesar de que te la envié por correo, la había escrito antes en papel, con la intención de entregarte la carta al terminar el verano, al igual que hice con todas las demás que escribí a lo largo de esos tres meses tan lejos de ti.

El Lunes comencé el trabajo, y fue extremadamente refrescante, a pesar de que trabajaba con el cuerpo de árboles muertos. Hacía mucho que me había acostumbrado, pues ellos estaban contentos con su destino. La filosofía de un árbol, es que tienen que servir para algo, y si ese algo es darle cobijo a otro ser vivo, su muerte cobra mucho sentido, además de valor. Las noches antes de que los árboles sean talados, celebran un baile de despedida. Solo me invitaron a asistir a uno, y tuve que faltar al trabajo al día siguiente, pues no podía dejar de llorar. Luna me cuidó esa semana y me hizo comprender que para ellos, no era triste en absoluto. En realidad era un honor, algo hermoso y de lo cual sus descendientes hablarían durante toda la eternidad. Es cierto que los nombres se habían perdido, y también el tiempo y el motivo, pero recordaban al primer árbol al que habían talado para que construyensen un hogar. Hasta ese momento, solo los animales más pequeños usaban sus troncos para anidar. También habían algunas historias tristes, pero sobre todo las había alegres. Durante esos bailes, la noche antes de entregar su cuerpo para que proteja a alguien, los árboles desprenden hasta la última gota de vida... Cuando lo talan, ya no está vivo. Por eso no hay ningún árbol triste, porque a ninguno le duele. Y por eso todos son felices.

Hablé con todos mis compañeros de trabajo, me encontré con que había algunos antiguos compañeros que se habían jubilado, y habían sido renovados con algunos nuevos, pero seguían habiendo personas a las que conocía de toda la vida. Fue gracias a ellos, como siempre, que el trabajo se me hacía más liviano, nos distraíamos los unos a los otros contándonos novedades entre nosotros, y también contándoles a los nuevos viejas historias.

Cuando llegó el Viernes noche, lo único que quería hacer era encender el ordenador y mirar el correo. Aun así me lo tomé con una calma abrumadora. Cené con mi padre después de una larga ducha, y luego nos sentamos en el patio a mirar las estrellas, algo que es casi imposible en la ciudad. Le confesé que extrañaba a mi madre, y él me confesó que aun seguía despertándose algunas noches y buscándola en la oscuridad, hasta que se daba cuenta, y se recordaba que ya nunca iba a volver. Me revolvió el pelo como si fuera un niño otra vez antes de irse a dormir. Yo esperé un momento más vislumbrando las pequeñas sonrisas dedicadas de las estrellas a todos los seres del universo, Luna se sentó a mi lado entonces.

Casi nunca habla conmigo, y al principio siempre estuvo distante, solo se mostró delante de mi porque ningún otro se atrevía, y a ella ya le habían roto el corazón hacía muchos años, nada podía volver a herirla como aquello. Aunque... Descubrió en mi a alguien en el que poder confiar plenamente. Es cierto, no podía amarme de esa forma, pero desde aquella noche, ha sido siempre una segunda madre para mi, ausente durante los días y callada como la noche. Pero su sola compañía podía recomponer casi cualquier cosa. Y por eso era en ella en quien más confiaba.

-"Ve, pequeño".

Y por fin subí a ver el correo y encontrar tu fotografía.

Una vela encendida, en una habitación completamente a oscuras. Habías retratado perfectamente la llama en la estampa, solo se veían los dos colores, el resto se oscurecía en cuanto se iba alejando. Daba a una ventana que daba a una calle, fuera se veía el cielo. Y en la ventana... No se si realmente salías tú, pero yo podía verte, con la cámara ocultándote medio rostro. Ese fin de semana te conté qué era el Fuego...

"El Fuego es un ser más antiguo que las emociones, más antiguo que la historia... Casi más antiguo que cualquier forma de vida. Siempre ha estado ahí, esperando el momento de poder ser, debido a que es una fuerza incontrolable. El Fuego siempre está, pero lo que le da forma, desde la concepción de los humanos, son las emociones. Pero no sirve cualquier sentimiento, ahí reside el principio del fin. El Fuego se alimenta del miedo, de la tristeza, de la ira, de la melancolía... porque antes de cualquier creación, ya era necesario un ser que pudiese deshacerse de todo lo malo. Y el Fuego, sabiendo a lo que se enfrentaba, se ofreció voluntario, pues no quería que nadie más sufriera lo que él creía que podría soportar. Un rito, que hace siglos, quizá, que nadie practica, es el de encender una vela a los que se han ido... Cuando prendes la llama, lo que ves desaparecer es la cera, pero no es de eso de lo que se alimenta en realidad, es de tu propia pena, y eso es lo que quema, para que no tengas que llevarlo contigo. Cuando es una llama así de pequeña, siempre creemos que en cuanto soplemos y se extinga, todo desaparecerá. ¿Podrías apagar el aire? La gente nunca se ha dado cuenta de eso. Solo apagamos esa manifestación momentánea que el Fuego nos presta para quemar nuestro mal estar, y al quemarlo, se lo lleva de nuestro cuerpo y se lo queda él para sí. Dime, ¿puedes estar bien cuando te duele el alma? ¿Y si tuvieses 2 almas atormentadas? ¿100? Y dime, ¿puedes olvidarlo fácilmente? Cuántas veces no estamos mal y no recordamos el motivo... Fuego, desde que nació el primer sentimiento de desdicha, vino y se lo llevó. Y lo ha estado haciendo desde ese momento, con todos los seres vivos de la Tierra. Y antes de la Tierra, con millones de otros planetas. ¿Entiendes por qué a veces hay incendios incontrolados? ¿Por qué se queman cosas "de la nada"? Tragándose y guardándose todo esa desgracia para sí, es normal que a veces se vuelva vil, y quiera destruirse a sí mismo... Aunque ello signifique llevarse miles de millones de vidas a su paso. Cualquier persona se lía a tiros por alguna injusticia o pone una bomba, o mata a alguien o destruye cosas. Si nosotros no sabemos afrontar esos sentimientos, no se como pudieron pensar y permitir que se ofreciese... ¿Te has fijado en que a veces su llama es de color azul? No hay forma de concebir agua en el fuego, ni mezclarse ni provenir de él. Así que la única forma que tiene de llorar, es volverse azul. Casi es imperceptible, porque no quiere que nadie lo vea, es casi más fuerte que nadie, y es responsable de las decisiones que tomó cuando las tomó.

Poco después de que Fuego empezara a quemar toda esa desdicha por el universo, surgieron las estrellas. Ellas disidieron que, si Fuego iba a asumir todo eso odio, ellas lo contendrían, y disiparían ese odio, para que Fuego no acabe muriendo. Eso es lo que hace el Sol aquí, toma todo nuestro odio de Fuego y lo convierte en vida. Por eso es tan sabio, por eso es tan viejo aunque solo sea un niño. Pues desde que nace, ya tiene que enfrentarse a todas esas cosas que no sabemos que el Fuego se lleva de nosotros...

¿Me permites que te cuente un secreto? No conozco más razas en el universo, aunque no dudo en que las haya, teniendo en cuenta la cantidad de estrellas que hay. Pero como no puedo estar seguro, a veces considero que somos las únicas personas que podemos hacerle compañía, por eso, desde que me contó su historia, a veces enciendo una vela y me quedo un rato observando su llama. Cuando comienza a ponerse azul, le hablo, y le cuento qué es lo que está sintiendo de mi. Así, no puede llevárselo todo, solo una parte de lo que me atormenta, y así compartimos la carga. Nos quedamos juntos un rato y luego, siempre, le agradezco el haber venido a mi.

Ahora que conoces su historia, quizá tu también puedas encender una vela cada vez que algo te pese y contarle al Fuego qué es. Así, él no se lo llevará todo de ti, pero tú te sentirás más ligera.

Gracias por la fotografía, gracias por leerme. Gracias por todo. Buenas noches Cristina, hasta la semana que viene..."

Es de las pocas cartas que te escribí, que rememoro cada vez que te lo cuento todo... Porque fue esa noche, después de volver a leerla, que me di cuenta de que llevaba 9 meses escribiéndote cada fin de semana, para dejarte una carta en tu buzón el Domingo en la noche, con la única intensión de estar cerca de ti. Era cuánto quería desde que te vi en la fiesta sin que me vieses llegar, y lo que quise después de acompañarte a tu casa esa misma noche.

Esa noche, encendí una vela, y cuando la llama comenzó a volverse azul, le hablé al Fuego de ti. Es algo que acabé repitiendo muchas veces a lo largo del verano... Pues no dejé de echarte de menos en ningún momento. Todos me ayudaron a sobrellevarlo, pero ni un solo día dejé de pensar en ti. Me hubiese gustado ir a verte, llamarte, hablar contigo, saber algo de ti en todo momento. Pero, en lugar de eso, esperé, esperé semana tras semana, a que llegase cada Viernes para poder ver tus fotos y saber sobre qué iba a escribirte y contarte. Esperé, como me pediste que hiciera.

Una de las cosas que hacía, cuando pensaba en ti y estaba en la cama tendido, era volver a ver todas tus fotografías. Las tenía ordenadas en el orden en el que creía que las habías sacado. A algunas incluso pude ponerle la fecha, gracias a que Viento o Luna me las recordaban. He de confesarte que la última foto que miraba, y con la que más me entretuve ese verano, fue con tu foto. Esa foto frente al espejo... Siempre queriendo ver más, intentando trasladarme a ese momento ahí contigo, y observarte en silencio como si fuese el mismo Viento, e incluso... A veces imaginaba, como un tonto, que era yo quien tomaba esa foto, y como un tonto, me dejaba hipnotizar por ti, y acababa atrapado en tus labios, besándote durante toda la noche.

Se acabó por convertir en un ritual, llegar a casa del trabajo, ducharme y cenar con mi padre, acostarme en al cama a ver las fotografías, y dormirme pensando en ti.

La semana antes de volver, una mañana en la que no había dormido muy bien, creo que fue el Miércoles, seguía pensando en ti mientras martilleaba los clavos en la viga. Y perdido en mis pensamientos y el ruido de mis golpes, no escuché cuando me avisaron mis compañeros, aunque creo que tampoco me habría dado tiempo de apartarme. Se les había resbalado una de las vigas que estaban llevando al tejado de la casa, justo por encima de donde yo me encontraba. Me golpeó el hombro y caí junto con la madera al primer piso, por suerte, sobre una mesa improvisada, con lo que la caída no fue tan grave. Aun así, no logré levantarme por mi propio pie. No tenía aire en los pulmones y me sentía incapaz de mover siquiera un dedo. Avisaron a una ambulancia y me llevaron a urgencias a hacerme pruebas. Pasé todo ese día y el siguiente en el hospital. Mi padre vino en cuanto lo avisaron, y me preguntó con lágrimas en los ojos si estaba bien. Ya podía mover las extremidades, pero no me sentía capaz de levantarme, además de que los médicos me habían recomendado que hasta que llegase la última radiografía, me abstuviera de intentar hacerlo. Hablamos un rato, hasta que consiguió tranquilizarse, y volvió a ir a la librería a trabajar. Desde la muerte de mi madre, no soportaba oír la palabra Hospital, ya no digamos estar dentro de uno. A mi me pasaba igual, pero no tenía más remedio.

Esa noche, muy tarde, cuando todo el mundo dormía, Luna vino a mi habitación. Se sentó en la cama sin decirme nada, y por ello casi no me di cuenta.

-"¿Cómo te encuentras?"

-Bien, no te preocupes. ¿Has visto a Viento? No he vuelto a verlo desde esta mañana.

-"Está bien. Solo estaba preocupado, como yo".

Entonces miré por la ventana, y me di cuenta. Luna no debería de estar esa noche conmigo, había desaparecido por completo del cielo, debería de estar en la montaña donde iba esa misma noche todos los meses.

-Luna, no deberías de estar aquí, yo estoy bien. Solo algo magullado. Puedes ir tranquila.

Luna me miró, solo entonces me di cuenta de que estaba llorando. Me sentí tan triste que yo también lloré. Ver su rostro era como ver a la misma Muerte llevándose a quien a amado toda la vida, para no volver a verlo nunca jamás. Como la reacción del Sol si tuviese que dejar a Fuego. Como el rostro del Viento si se enterase de que jamás podría volver a correr... Mirar a la Luna cuando llora duele como perder a una madre.

-"Hace demasiado tiempo que lo perdí a él, pero no lo he superado. Por eso no puedo perderte a ti también".

Luna se inclinó en mi camilla sobre mi, y me besó en los labios. Sus lágrimas me cubrieron el rostro y se mezclaron con las mías. Pero no era un simple beso de amor, no. Exhaló un suspiro sobre mis labios, y mi espalda crujió. Entonces pude moverme por completo, envolví a Luna en un abrazo y le hice un hueco a mi lado.

-¿Me cuidarás esta noche, entonces?

-"Te cuidaré siempre, pequeño".

Y lo que sentí, fue como si mi madre hubiese vuelto a la vida para abrazarme esa noche. Nos envolvimos en un abrazo y nos abrigamos el uno al otro. Y pude dormir a salvo, sabía que nada iba a pasarme, porque mi madre Luna estaba conmigo.

Por la mañana, el médico me dijo que los resultados eran positivos, que únicamente tenía la espalda inflamada por el golpe, pero que podría moverme con normalidad en unos días, mientras guardara reposo. Así que no le dije que ya podía moverme con normalidad gracias a lo que Luna había hecho por mi. Me dieron la baja y me quedé en casa, todo el día en mi cuarto. Ya te puedes imaginar lo aburrido que fue para mi estar todo el día encerrado. Por suerte, Viento y Sol se sentían un poco obligados a hacerme compañía. Me calentaron y me contaron un millón de cosas, jugaba con Viento desde la ventana de mi cuarto, tiraba un avión de papel y él lo hacía volar cuan lejos pudiera, sin parar de reír y de disfrutar sus correrías.

Había vuelto a casa después de la hora del almuerzo, así que había comido pudin en el hospital. Mi padre encargó unas pizzas para cenar. Me ayudó a bajar al salón y vimos un partido mientras cenábamos. A ninguno nos gustaba el fútbol, pero no había ninguna película decente en la televisión. Me contó que me habían estado llamando del trabajo para ver como me encontraba, y que ya los había avisado de que estaba bien, pero que no podía trabajar. Se había acercado antes de venir a recogerme al hospital para entregar los papeles de la baja en mi trabajo.

Al día siguiente, como sabía que mi padre iba a estar todo el día fuera, aproveché para salir a caminar al campo, con el Viento y el Sol a mi lado. Perderme entre los árboles y estar a solas con todos los elementos. Cuando estoy solo, ellos se muestran más fácilmente para mi. Aunque pueda ver esas cosas que nadie más puede, no quiere decir que todos se muestren, hay quienes prefieren quedarse como están, y que sus historias se olviden. Piedras que han sido arrojadas por desamores, árboles en los que amantes se juraron amor eterno, escribiendo sus nombres en algún tronco para que todo el mundo pudiese ser testigo de su amor, y que luego alguno volviese a tacharlo con verdadero dolor... Historias así hay millones, pero como no me las suelen contar, yo solo conozco las que merecen la pena contar. Como por ejemplo, dos piedras, separadas tan solo un palmo. Les pregunté que si querían que las acercara, y me respondieron que no, y me contaron su historia. Habían sido pulidas en el océano durante décadas, hasta que un buzo las rescató, tenían forma de corazón, y eso es lo que había llamado la atención del buzo. Se la había enseñado a su pareja, que era de una ciudad con una lengua diferente a la suya. Ambos fueron quienes llevaron las piedras hasta allí, en mitad de un bosque. Ninguno vivía ni procedía de esas tierras, habían llegado allí por un solo motivo; el amor que se profesaban no pertenecía a ninguna parte. Al principio no se entendían, pero se querían y se gustaban igualmente. Cogiendo las piedras y dejándolas allí, lo que pretendían era imprimir su historia en un gesto. Ellos sentían que los habían rescatado de un lugar al que no pertenecían, y los habían juntado para llevarlos a otros lugares del mundo, dónde podían estar juntos, aunque estuviesen separados aparentemente. Un niño y una niña de diferentes edades, diferentes historias y diferentes lenguas, adoptados, como yo, para que formasen una familia cuanto menos interesante. Y, aunque al principio no se entendían, y tenían que ser hermanos, acabaron por enamorarse el uno del otro. Al final se fueron de casa para vivir juntos, y solos. Separados de quienes los habían rescatado porque no podían aceptar del todo su amor. Eso eran las piedras, un amor incomprendido, venido de un lugar para acabar en otro completamente diferente.

Había preparado un bocadillo para comer a mediodía, pero había sido bien poco. Ya empezaba a oscurecer, el Sol empezaba a ocultarse tras el horizonte, y Luna empezaba a desperezarse para mostrarse a este lado del mundo. Aunque aun estaba casi escondida por completo, y solo se distinguía un borde plateado de su bello rostro. Por si los casos, y como hacía tiempo que no lo hacía, eché a correr junto a Viento. Llevaba mucho tiempo sin estirar las piernas de esa forma y jugar con Viento a su juego favorito, correr. Y la verdad, fue genial. Entre esos motivos, también estaba el de que quería llegar a ver cuál era la fotografía que me habías enviado esa noche. Así que corrí feliz, tenía motivos de sobra para serlo, Viento no dejaba de reír a mi lado, corriendo a toda velocidad también, y Luna nos iba guiando por donde había pasos más fáciles para mi.

Me duché al llegar, con la puerta y la ventana abiertas. Estaba solo en casa, pero desde niño siempre había permitido a Viento bañarse conmigo. Y, de alguna forma, había dejado de sentir pudor delante de Luna desde hacía mucho tiempo. Ella nunca me ha echado en cara nada de lo que haya podido hacer cada noche, desde que nos conocimos. Además, ha visto a toda la humanidad en la noche, ¿por qué no iba a verme a mi? Quizá, la única diferencia es que conmigo, alguna vez se sienta en la ventana, o en el suelo junto a la ducha... O incluso alguna vez, tumbada en la cama a mi lado, mientras me masturbaba.

Justo cuando terminaba, llegó mi padre y cenamos juntos. Me habló de su día y me preguntó que como me encontraba. No le hablé de mi paseo y de la carrera, me limité a decirle que me encontraba muy bien, y era cierto. Cenamos viendo una película juntos, me preguntó si ya sabía cuando iba a volver y si necesitaba algo. Y la verdad, no tenía ni idea, pero aun así le conté.

-La verdad, no quiero hablar mucho de ello, porque no se bien lo que pasa. Pero hay una chica, de cuando fui al cumpleaños de Jaime. Esa noche conocí a alguien... Y desde entonces le escribo todos los fines de semana. No se bien qué clase de relación tenemos, pero creo que le gusto. Si no, por lo menos se que ella me gusta a mi. Nos hemos visto un par de veces... Pero eso es todo. Aun no se qué va a pasar.

Mi padre asimiló las palabras en silencio.

-Gracias. Por compartirlo conmigo. Si hay algo que pueda hacer...

-Serás el primero en saberlo, siempre ha sido así.

Mi padre me abrazó y se fue a dormir.

Subí con Luna a mi cuarto y encendí el ordenador. Ella se tumbó en la cama mirando por la ventana, que casi siempre tenía abierta, para poder ver la naturaleza, y que ellos me viesen a mi. Entonces abrí el correo y descargué la fotografía... Era una foto del cielo, de la misma noche que tuve el accidente. La foto del lugar donde debería de haber estado la Luna, solo que estaba conmigo en el hospital. ¿Cómo hacías para sorprenderme siempre?

Pasé parte de la noche, y toda la mañana siguiente escribiéndote lo que me había pasado. Creo que fue de las cartas más importantes que te escribí, pues después de contarte todo sobre el accidente en el trabajo y mi estancia en el hospital, te expliqué que ese era el motivo de que la Luna hubiese faltado en el cielo; había pasado la noche conmigo, cuidándome en mi habitación del hospital.

No te di más explicaciones, ni lo decoré ni hice ningún chiste. Te dije la verdad, como era y como la sentía. Le leí la carta a Luna, y ella lo aceptó. El Domingo en la mañana, lo dedicaría a empezar a pasar la carta a un documento de texto, pues siempre escribía primero en papel. Luna me abrazó hasta que me quedé dormido. Aunque ella sabía que estaba bien, aun no se había recuperado del todo del accidente, y a mi me gustaba dormir con ella. Cuando el Domingo te envié el correo, estaba tranquilo. No fue hasta el Lunes que comencé a ponerme nervioso.

Era le primera vez que le hablaba a alguien de mis amigos... Es decir, la primera vez que le hablaba a alguien de que podía hablar con los elementos. Es verdad que no había dicho mucho, ni dado detalles, ni lo había dicho abiertamente. Lo único que te dije fue que Luna había pasado la noche conmigo porque estaba preocupada por mi, y que ese era el motivo por el cuál no estaba en el cielo. Luego me di cuenta de que me habías visto "hablar" con el árbol, la tierra y la ardilla aquella noche. No habías hecho ningún comentario al respecto, ni habías dejado de escribirme, o simplemente habías huido. Te quedaste a mi lado, incluso dejaste que te besara. Me dejaste estar contigo, y creo que nos volvimos más cercanos incluso. El poder estar contigo sin esconder nada de mi... Me había sentido tan bien mientras no me daba cuenta, y ahora que lo pensaba, me entraba el pánico.

Compré el billete de autobús para el Jueves. El Martes pasé por el trabajo para despedirme de mis jefes y de los compañeros, que se alegraron de que estuviese recuperado. Los chicos a los que se le había caído la viga me volvieron a pedir disculpas un centenar de veces, y de repetirme lo mucho que se alegraban de que estuviese bien. El Miércoles mi padre se tomó el día libre para pasarlo conmigo, me llevó de compras, donde conseguí una libreta nueva, algunos lápices y algo de ropa. Comimos en un restaurante al que hacía mucho tiempo que no íbamos, preferíamos hacer de comer en casa. Hablamos de más de las cosas que nos habían pasado durante el año, acordamos que nos seguiríamos hablando de vez en cuando, y me recordó la promesa que le había hecho, de que siempre lo avisaría si necesitaba algo.

-Sabes que eres mi hijo, y te quiero con toda mi alma. Pero también sabes que no siempre he sabido hacer las cosas bien. Pero eso no quita que como mínimo quiera saber que cuentas conmigo.

-Siempre serás mi padre, eso no va a cambiar nunca. De ti aprendí eso de no saber muchas veces como hacer las cosas, pero te quiero, y siempre lo has sabido.

Me daba pena que mi padre estuviese solo. Es cierto que no creía que pudiese querer a nadie como a mi madre, y que en cierta manera egoísta, no quería que eso pasara. Pero me gustaría que tuviese a alguien más que a su hermana y a sus amigos. Que tuviese un alguien un poco más especial que el resto, pero no tanto como lo había sido mi madre.

El Jueves salí temprano de casa, mi padre me dejó en la estación antes de ir al trabajo. Es cierto que nos habíamos despedido el día anterior y por la noche, pero aun así, en la estación volvimos a abrazarnos con énfasis. Nunca le he guardado tanto respeto a nadie corpóreo, como se lo guardo a mi padre.

El viaje se me hizo algo pesado, pero entre las tonterías que hacía el Viento en la carretera, y que no dejaba de pensar en ti, pude distraerme gran parte del viaje. Aunque no se si era peor aburrirme o pensar en ti, estaba muerto de miedo aun, no sabía que iba a pasar. Había dado de baja al servicio de Internet en el piso durante el verano, y no iba a tener ese primer fin de semana, seguramente. Así que decidí que el Sábado iría a un ciber café a ver el correo, para descargarme tu foto y saber sobre qué tendría que escribirte. Por ello, el Jueves lo dediqué por completo a descansar y habituarme otra vez a estar en el piso. No tenía la naturaleza con la que me había criado, pero al vivir en un 10º piso, la ciudad te queda lejos, abajo, en la calle. Y la Luna, el Sol y el Viento, mis principales y mejores amigos, podían acceder a mí a través de mi ventana, que siempre tenía abierta para ellos.

El Viernes lo dediqué a instalarme. Guardar la ropa nueva, organizarme la semana para hacer los trámites de la matrícula, avisar al casero y a mis compañeros de piso de que ya estaba allí. Y un sin fin de cosas más, que al principio me parecieron que me llevarían todo el día, pero después de que fui a hacer la compra y me preparé el almuerzo... Ya no se me ocurrían más cosas que hacer durante el resto de la tarde del Viernes. Así que cociné hasta la noche, para prepararme comida congelada que comer cada vez que no me apeteciera mucho cocinar. Esperé en la ventana de mi cuarto hasta que la Luna vino a verme, con un cigarro a medias, el primero que encendía desde la noche en que te conocí. Le hablé de mi día, de que echaba de menos a mi padre y estar a solas con ella, ellos, en general, en el campo. Le pedí que me ayudase a superar esos primeros días. Y, como muchas noches, le agradecí que estuviese conmigo.

El Sábado, antes de comer, fui al ciber café a ver tu mensaje... Y por suerte había ido antes de comer. La foto era de una nota, sobre el escritorio de tu cuarto. Tenía un breve mensaje escrito, muy claro.

"No domingo, sábado
19:00
Plaza de los lobos
No falles"

Querría decir que no salí corriendo, pero fue más o menos así. Cerrándolo todo en el ordenador, cogiendo mis cosas y pagando de más, saliendo apresuradamente e ir a paso ligero hasta mi piso. Comer atragantándome con la comida por no masticarla debidamente, cortándome con la hojilla de afeitar, haciéndome daño en los ojos con el jabón al ducharme... Hacía muchísimo tiempo que no tardaba tanto en decidir qué iba a ponerme, cuando la regla general era ponerme algo que estuviese limpio y a mano en el armario. Antes de salir por fin, solo hice una cosa más; asegurarme de que llevaba las 10 cartas que te había escrito cada Domingo a lo largo del verano. Las guardé en la cartera que usaba para llevar los libros a clase, pues eran más que de costumbre, y no podía simplemente guardarlas en el bolsillo de mi pantalón.

La plaza no me quedaba precisamente cerca... Pero no me importaba andar. Viento fue todo el camino riéndose de mi por lo nervioso que estaba, pero me gustó su compañía. Si Luna era como mi madre, Viento era mi hermano pequeño. Miles de años mayor que yo, sí. Pero mi hermano pequeño.

No llegué tarde, pero tampoco pronto. En cuanto puse un pie en la plaza, te encontré sentada en un banco, casi frente a mi. También me viste, y ambos nos examinamos con la mirada. Nos acercamos el uno al otro con pasos cortos y calmados. Aunque en ese momento, me moría de miedo al tenerte una vez más frente a mi.

Como la última vez, llevabas una mochila de cuero a la espalda, aunque solo veía las hazas. Llevabas unas zapatillas atadas al tobillo de cuero negro, y un vestido azul oscuro hasta las rodillas, sin mangas, sencillo, pero delicado. Llevabas en las manos una chaqueta de tela gris, y el cabello suelto. Como siempre, andabas con paso firme y seguro, y me sostenías la mirada sin titubear. Pero aun así, había algo en ti que me recordaba a una niña. Aunque no era tu hermoso cuerpo, por supuesto, también me había fijado en él largo tiempo, tanto la primera noche de todas, como en la foto que me habías enviado, como esa tarde, en la plaza, mientras nos acercábamos el uno al otro.

-Hola, Cristina.

-¿Estás bien?

Asentí y te sonreí. Entonces se borró tu mirada fría y te embargó una profunda pena. Entonces avanzaste el paso que nos separaba y me abrazaste. Noté como tus lágrimas comenzaban a correr por tus mejillas.

-De verdad estoy bien, no tienes que preocuparte.

-Llévame. -Te separaste y me miraste a los ojos otra vez, suplicante. -Llévame a tu piso.

Primero te limpié el rostro de lágrimas, bajo la atenta super-visión de tus ojos verdes. Volvías a tener tu mirada fija en mis ojos, que estudiaban tu rostro. Luego te tendí la mano, que tomaste sin vacilar, como casi todo lo que hacías, y caminaste a mi lado todo el camino. El paseo duró una media hora, en la cual te conté, más o menos, como era mi pueblo, y como había crecido allí. Te hablé un poco más de mi padre, de mi colegio, de mi trabajo en el aserradero... Y por fin llegamos. Aunque normalmente subía por las escaleras, esa vez subimos en el ascensor. Viento me lo permitió, y aunque eran las últimas noches del verano, aun no había oscurecido, Luna seguía en el otro lado del mundo. Cuando saqué las llaves para abrir la puerta del piso, me temblaba tanto la mano que tuve que hacer varios intentos para poder encajar la llave en la cerradura. Una vez abierta, me hice a un lado y te invité a entrar.

-¿Alguno de tus compañeros está aquí?

Negué con la cabeza. Asentiste y te acercaste, volviste a abrazarme y a esconder el rostro en mi pecho, en mitad del salón.

Muerto de miedo, retiré la mano de tu espalda, la coloqué en tu mejilla y te alcé el rostro. Noté como temblaba tu cuerpo, y se extendió al mío. Esperé un segundo después de que me mirases a los ojos, y luego me incliné sobre ti y volví a besarte en los labios. No te apartaste, ni intentaste detenerme. Te limitaste a quedarte quieta mientras descendía sobre tus labios, y cerraste los ojos cuando yo cerré los míos. Cuando mis labios rozaron los tuyos, los dos dejamos de temblar, notaba tus manos sujetando mi camisa, y tu espalda y tu mejilla bajo la palma de mis manos. No fue un beso largo, pero desde luego, fue de lo más hermoso y cálido que había sentido en mucho tiempo por parte de una persona corpórea.

Por fin me separé y volvimos a coger aire. Notaba la cara ardiendo, y tú tenías la mejillas coloradas.

-Perdóname, pero llevaba queriendo hacerlo desde que te bajaste del autobús la última vez que nos vimos.

-Ceneska, por lo que te he pedido que me trajeses, es porque hoy no voy a volver a casa. Si me dejas, quiero pasar esta noche contigo, y quiero que me lo cuentes todo. Quiero conocer a Luna, y saber porqué deja el cielo para ir contigo, si se supone que donde debería estar es en la montaña dónde hablaba con su amado. Quiero entender por qué sabes esas historias, quiero conocer a quienes te las cuentan... Quiero que me presentes a tus amigos.

Y, durante aproximadamente un minuto, tanto Viento como yo nos quedamos quietos en el sitio, sin respiración. ¿De verdad podía contarte lo que nunca me había atrevido a contar a nadie?

Tercera parte                                                                                                                              Inicio

No hay comentarios:

Publicar un comentario