Desperté
con la caricia del Sol en la mejilla.
-"Despierta,
ya es la hora".
Abrí
los ojos y allí seguía todo, o casi. Luna se había ido al otro
lado del mundo, y Viento agitaba el primer día de Verano,
llevándoles el calor del Sol a todos aquellos que salían a pasear.
La ardilla se había despertado con los primeros rayos del alba y el
árbol seguía en su sueño de vigía. Pero, lo más importante, tú
seguías conmigo. Mis brazos seguían rodeando tu cuerpo y mi
chaqueta te cubría casi por completo. Tu rostro quedaba escondido
contra mi pecho y tu mano aun no había soltado mi camisa. Esperé
unos minutos antes de despertarte acariciando tu espalda.
-Cristina,
despierta. Ya es de día.
Te
separaste un poco de mi y volviste a mirarme. Tu mirada era tan firme
que me hacía temblar. Luego miraste entorno nuestro y te levantaste.
Me entregaste la chaqueta y te estiraste... Y volviste a parecer una
niña con gestos de mujer. Sacaste tu teléfono del bolsillo de tu
pantalón para consultarlo.
-Rápido,
tenemos que irnos. Nadie puede saber sobre esta noche, no aun.
Volviste
a mirarme y te sonrojaste. Entonces recordé el beso que te había
dado y llevaba tanto retrasando. Y supongo que también me sonrojé
un poco. Otra vez, te acercaste y me tendiste la mano para ayudarme a
levantar del suelo. Por un momento pensé que te asaltaría el lado
infantil y nos quedaríamos un segundo el uno frente al otro, muy
juntos, mirándonos a los ojos. Pero no fue así ni un segundo, en
cuanto estuve en pie me soltaste la mano y empezaste a caminar. Sol
caminaba frente a nosotros de espaldas, mirándonos a uno y otro. Me
guiñó un ojo sonriendo y luego se fue a iluminarle el camino al
resto del mundo.
Volvimos
a coger un autobús, pero esta vez no fuimos a tu casa, aunque por lo
menos conocía la zona. Te pusiste en pie y me levanté contigo, y
volvimos a mirarnos.
-Aun
no me has dado la carta de ayer.
La
saqué del bolsillo y te la tendí. La tomaste de mi mano y me
abrazaste con fuerza.
-Voy a
echarte de menos. Lo sabes, ¿verdad? Venir cada noche a dejarte mis
cartas...
-Vas a
tener que seguir haciéndolo, pero las cartas vas a tener que
enviármelas por correo electrónico. Y más te vale que no falte
ninguna.
-No
fallaré, ¿me lo recordarás cada Viernes?
-Siempre.
-Entonces te separaste y me miraste muy seria. -Quiero pedirte algo
más, no te bajes conmigo. No volveré a verte en todo el verano,
hasta dentro de 3 meses. Voy a estar esperando ese primer fin de
semana antes del comienzo del curso, más te vale que traigas tu
carta en mano y me la leas, como la primera vez, como hoy. Si no
estás ahí, no te lo perdonaré nunca.
Mantenías
tu mirada de mujer fría y segura de si misma, pero entonces una
lágrima se derramó por tu mejilla y tu fachada se vino a bajo.
Volviste a abrazarme con fuerzas y hundiste tu rostro en mi pecho.
-Te lo
prometo Cristina.
Entonces
el autobús se detuvo en la parada, me empujaste para que me sentara
y saliste apresuradamente con la carta en la mano. Te observé
mientras me alejaba, guardaste la carta en tu mochila, mientras la
chica con la que habías ido a la fiesta aquella primera noche que te
vi se te acercaba. Te perdí de vista antes de que te alcanzara.
Creo
que fue un Martes cuando hice el último examen, y el Jueves de esa
misma semana ya estaba de camino a mi pueblo. Supongo que el
recibimiento de mi padre fue más o menos como siempre, nos miramos
en la distancia un momento, y luego nos sonreímos el uno al otro
antes de acercarnos y abrazarnos un largo rato, hablándonos en
susurros el uno al otro. Como nunca hablábamos mucho durante el
curso, esa primera semana siempre nos poníamos al día de todos los
acontecimientos relevantes que hubiesen tenido lugar en nuestras
vidas. Mi padre nunca me presionó demasiado con los estudios, solo
quería que me esforzara y que me fuese bien. El Viernes esperé
hasta bien entrada la noche para comprobar el correo, a ver si me
habías enviado la fotografía, por suerte no me desesperé mucho, ya
que tenía que pasarme por el aserradero en el que trabajaba todos
los veranos desde que había cumplido los 15 años para avisar de que
había llegado. Para no ausentarme mucho, la carta la escribí
durante los tres días, comenzando esa noche, a ratos el Sábado y el
Domingo por la mañana. La foto era de una pared de ladrillo, en la
que habían pintado una frase; en la ciudad tormenta, de la que
hablan las viejas sabias. Fue la primera vez que te hablé de aquel
lugar, y como lo llegué a conocer de oídas. A pesar de que te la
envié por correo, la había escrito antes en papel, con la intención
de entregarte la carta al terminar el verano, al igual que hice con
todas las demás que escribí a lo largo de esos tres meses tan lejos
de ti.
El
Lunes comencé el trabajo, y fue extremadamente refrescante, a pesar
de que trabajaba con el cuerpo de árboles muertos. Hacía mucho que
me había acostumbrado, pues ellos estaban contentos con su destino.
La filosofía de un árbol, es que tienen que servir para algo, y si
ese algo es darle cobijo a otro ser vivo, su muerte cobra mucho
sentido, además de valor. Las noches antes de que los árboles sean
talados, celebran un baile de despedida. Solo me invitaron a asistir
a uno, y tuve que faltar al trabajo al día siguiente, pues no podía
dejar de llorar. Luna me cuidó esa semana y me hizo comprender que
para ellos, no era triste en absoluto. En realidad era un honor, algo
hermoso y de lo cual sus descendientes hablarían durante toda la
eternidad. Es cierto que los nombres se habían perdido, y también
el tiempo y el motivo, pero recordaban al primer árbol al que habían
talado para que construyensen un hogar. Hasta ese momento, solo los
animales más pequeños usaban sus troncos para anidar. También
habían algunas historias tristes, pero sobre todo las había
alegres. Durante esos bailes, la noche antes de entregar su cuerpo
para que proteja a alguien, los árboles desprenden hasta la última
gota de vida... Cuando lo talan, ya no está vivo. Por eso no hay
ningún árbol triste, porque a ninguno le duele. Y por eso todos son
felices.
Hablé
con todos mis compañeros de trabajo, me encontré con que había
algunos antiguos compañeros que se habían jubilado, y habían sido
renovados con algunos nuevos, pero seguían habiendo personas a las
que conocía de toda la vida. Fue gracias a ellos, como siempre, que
el trabajo se me hacía más liviano, nos distraíamos los unos a los
otros contándonos novedades entre nosotros, y también contándoles a
los nuevos viejas historias.
Cuando
llegó el Viernes noche, lo único que quería hacer era encender el
ordenador y mirar el correo. Aun así me lo tomé con una calma
abrumadora. Cené con mi padre después de una larga ducha, y luego
nos sentamos en el patio a mirar las estrellas, algo que es casi
imposible en la ciudad. Le confesé que extrañaba a mi madre, y él
me confesó que aun seguía despertándose algunas noches y
buscándola en la oscuridad, hasta que se daba cuenta, y se recordaba
que ya nunca iba a volver. Me revolvió el pelo como si fuera un niño
otra vez antes de irse a dormir. Yo esperé un momento más
vislumbrando las pequeñas sonrisas dedicadas de las estrellas a
todos los seres del universo, Luna se sentó a mi lado entonces.
Casi
nunca habla conmigo, y al principio siempre estuvo distante, solo se
mostró delante de mi porque ningún otro se atrevía, y a ella ya le
habían roto el corazón hacía muchos años, nada podía volver a
herirla como aquello. Aunque... Descubrió en mi a alguien en el que
poder confiar plenamente. Es cierto, no podía amarme de esa forma,
pero desde aquella noche, ha sido siempre una segunda madre para mi,
ausente durante los días y callada como la noche. Pero su sola
compañía podía recomponer casi cualquier cosa. Y por eso era en
ella en quien más confiaba.
-"Ve,
pequeño".
Y por
fin subí a ver el correo y encontrar tu fotografía.
Una
vela encendida, en una habitación completamente a oscuras. Habías
retratado perfectamente la llama en la estampa, solo se veían los
dos colores, el resto se oscurecía en cuanto se iba alejando. Daba a
una ventana que daba a una calle, fuera se veía el cielo. Y en la
ventana... No se si realmente salías tú, pero yo podía verte, con
la cámara ocultándote medio rostro. Ese fin de semana te conté qué
era el Fuego...
"El
Fuego es un ser más antiguo que las emociones, más antiguo que la
historia... Casi más antiguo que cualquier forma de vida. Siempre ha
estado ahí, esperando el momento de poder ser, debido a que es una
fuerza incontrolable. El Fuego siempre está, pero lo que le da
forma, desde la concepción de los humanos, son las emociones. Pero
no sirve cualquier sentimiento, ahí reside el principio del fin. El
Fuego se alimenta del miedo, de la tristeza, de la ira, de la
melancolía... porque antes de cualquier creación, ya era necesario
un ser que pudiese deshacerse de todo lo malo. Y el Fuego, sabiendo a
lo que se enfrentaba, se ofreció voluntario, pues no quería que
nadie más sufriera lo que él creía que podría soportar. Un rito,
que hace siglos, quizá, que nadie practica, es el de encender una
vela a los que se han ido... Cuando prendes la llama, lo que ves
desaparecer es la cera, pero no es de eso de lo que se alimenta en
realidad, es de tu propia pena, y eso es lo que quema, para que no
tengas que llevarlo contigo. Cuando es una llama así de pequeña,
siempre creemos que en cuanto soplemos y se extinga, todo
desaparecerá. ¿Podrías apagar el aire? La gente nunca se ha dado
cuenta de eso. Solo apagamos esa manifestación momentánea que el
Fuego nos presta para quemar nuestro mal estar, y al quemarlo, se lo
lleva de nuestro cuerpo y se lo queda él para sí. Dime, ¿puedes
estar bien cuando te duele el alma? ¿Y si tuvieses 2 almas
atormentadas? ¿100? Y dime, ¿puedes olvidarlo fácilmente? Cuántas
veces no estamos mal y no recordamos el motivo... Fuego, desde que
nació el primer sentimiento de desdicha, vino y se lo llevó. Y lo
ha estado haciendo desde ese momento, con todos los seres vivos de la
Tierra. Y antes de la Tierra, con millones de otros planetas.
¿Entiendes por qué a veces hay incendios incontrolados? ¿Por qué
se queman cosas "de la nada"? Tragándose y guardándose
todo esa desgracia para sí, es normal que a veces se vuelva vil, y
quiera destruirse a sí mismo... Aunque ello signifique llevarse
miles de millones de vidas a su paso. Cualquier persona se lía a
tiros por alguna injusticia o pone una bomba, o mata a alguien o
destruye cosas. Si nosotros no sabemos afrontar esos sentimientos, no
se como pudieron pensar y permitir que se ofreciese... ¿Te has
fijado en que a veces su llama es de color azul? No hay forma de
concebir agua en el fuego, ni mezclarse ni provenir de él. Así que
la única forma que tiene de llorar, es volverse azul. Casi es
imperceptible, porque no quiere que nadie lo vea, es casi más fuerte
que nadie, y es responsable de las decisiones que tomó cuando las
tomó.
Poco
después de que Fuego empezara a quemar toda esa desdicha por el
universo, surgieron las estrellas. Ellas disidieron que, si Fuego iba
a asumir todo eso odio, ellas lo contendrían, y disiparían ese
odio, para que Fuego no acabe muriendo. Eso es lo que hace el Sol
aquí, toma todo nuestro odio de Fuego y lo convierte en vida. Por
eso es tan sabio, por eso es tan viejo aunque solo sea un niño. Pues
desde que nace, ya tiene que enfrentarse a todas esas cosas que no
sabemos que el Fuego se lleva de nosotros...
¿Me
permites que te cuente un secreto? No conozco más razas en el
universo, aunque no dudo en que las haya, teniendo en cuenta la
cantidad de estrellas que hay. Pero como no puedo estar seguro, a
veces considero que somos las únicas personas que podemos hacerle
compañía, por eso, desde que me contó su historia, a veces
enciendo una vela y me quedo un rato observando su llama. Cuando
comienza a ponerse azul, le hablo, y le cuento qué es lo que está
sintiendo de mi. Así, no puede llevárselo todo, solo una parte de
lo que me atormenta, y así compartimos la carga. Nos quedamos juntos
un rato y luego, siempre, le agradezco el haber venido a mi.
Ahora
que conoces su historia, quizá tu también puedas encender una vela
cada vez que algo te pese y contarle al Fuego qué es. Así, él no
se lo llevará todo de ti, pero tú te sentirás más ligera.
Gracias
por la fotografía, gracias por leerme. Gracias por todo. Buenas
noches Cristina, hasta la semana que viene..."
Es de
las pocas cartas que te escribí, que rememoro cada vez que te lo
cuento todo... Porque fue esa noche, después de volver a leerla, que
me di cuenta de que llevaba 9 meses escribiéndote cada fin de
semana, para dejarte una carta en tu buzón el Domingo en la noche,
con la única intensión de estar cerca de ti. Era cuánto quería
desde que te vi en la fiesta sin que me vieses llegar, y lo que quise
después de acompañarte a tu casa esa misma noche.
Esa
noche, encendí una vela, y cuando la llama comenzó a volverse azul,
le hablé al Fuego de ti. Es algo que acabé repitiendo muchas veces
a lo largo del verano... Pues no dejé de echarte de menos en ningún
momento. Todos me ayudaron a sobrellevarlo, pero ni un solo día dejé
de pensar en ti. Me hubiese gustado ir a verte, llamarte, hablar
contigo, saber algo de ti en todo momento. Pero, en lugar de eso,
esperé, esperé semana tras semana, a que llegase cada Viernes para
poder ver tus fotos y saber sobre qué iba a escribirte y contarte.
Esperé, como me pediste que hiciera.
Una de
las cosas que hacía, cuando pensaba en ti y estaba en la cama
tendido, era volver a ver todas tus fotografías. Las tenía
ordenadas en el orden en el que creía que las habías sacado. A
algunas incluso pude ponerle la fecha, gracias a que Viento o Luna me
las recordaban. He de confesarte que la última foto que miraba, y
con la que más me entretuve ese verano, fue con tu foto. Esa foto
frente al espejo... Siempre queriendo ver más, intentando
trasladarme a ese momento ahí contigo, y observarte en silencio como
si fuese el mismo Viento, e incluso... A veces imaginaba, como un
tonto, que era yo quien tomaba esa foto, y como un tonto, me dejaba
hipnotizar por ti, y acababa atrapado en tus labios, besándote
durante toda la noche.
Se
acabó por convertir en un ritual, llegar a casa del trabajo,
ducharme y cenar con mi padre, acostarme en al cama a ver las
fotografías, y dormirme pensando en ti.
La
semana antes de volver, una mañana en la que no había dormido muy
bien, creo que fue el Miércoles, seguía pensando en ti mientras
martilleaba los clavos en la viga. Y perdido en mis pensamientos y el
ruido de mis golpes, no escuché cuando me avisaron mis compañeros,
aunque creo que tampoco me habría dado tiempo de apartarme. Se les
había resbalado una de las vigas que estaban llevando al tejado de
la casa, justo por encima de donde yo me encontraba. Me golpeó el
hombro y caí junto con la madera al primer piso, por suerte, sobre
una mesa improvisada, con lo que la caída no fue tan grave. Aun así,
no logré levantarme por mi propio pie. No tenía aire en los
pulmones y me sentía incapaz de mover siquiera un dedo. Avisaron a
una ambulancia y me llevaron a urgencias a hacerme pruebas. Pasé todo
ese día y el siguiente en el hospital. Mi padre vino en cuanto lo
avisaron, y me preguntó con lágrimas en los ojos si estaba bien. Ya
podía mover las extremidades, pero no me sentía capaz de
levantarme, además de que los médicos me habían recomendado que
hasta que llegase la última radiografía, me abstuviera de intentar
hacerlo. Hablamos un rato, hasta que consiguió tranquilizarse, y
volvió a ir a la librería a trabajar. Desde la muerte de mi madre,
no soportaba oír la palabra Hospital, ya no digamos estar dentro de
uno. A mi me pasaba igual, pero no tenía más remedio.
Esa
noche, muy tarde, cuando todo el mundo dormía, Luna vino a mi
habitación. Se sentó en la cama sin decirme nada, y por ello casi no
me di cuenta.
-"¿Cómo
te encuentras?"
-Bien,
no te preocupes. ¿Has visto a Viento? No he vuelto a verlo desde
esta mañana.
-"Está
bien. Solo estaba preocupado, como yo".
Entonces
miré por la ventana, y me di cuenta. Luna no debería de estar esa
noche conmigo, había desaparecido por completo del cielo, debería
de estar en la montaña donde iba esa misma noche todos los meses.
-Luna,
no deberías de estar aquí, yo estoy bien. Solo algo magullado.
Puedes ir tranquila.
Luna
me miró, solo entonces me di cuenta de que estaba llorando. Me sentí
tan triste que yo también lloré. Ver su rostro era como ver a la
misma Muerte llevándose a quien a amado toda la vida, para no volver
a verlo nunca jamás. Como la reacción del Sol si tuviese que dejar
a Fuego. Como el rostro del Viento si se enterase de que jamás
podría volver a correr... Mirar a la Luna cuando llora duele como
perder a una madre.
-"Hace
demasiado tiempo que lo perdí a él, pero no lo he superado. Por eso
no puedo perderte a ti también".
Luna
se inclinó en mi camilla sobre mi, y me besó en los labios. Sus
lágrimas me cubrieron el rostro y se mezclaron con las mías. Pero
no era un simple beso de amor, no. Exhaló un suspiro sobre mis
labios, y mi espalda crujió. Entonces pude moverme por completo,
envolví a Luna en un abrazo y le hice un hueco a mi lado.
-¿Me
cuidarás esta noche, entonces?
-"Te
cuidaré siempre, pequeño".
Y lo
que sentí, fue como si mi madre hubiese vuelto a la vida para
abrazarme esa noche. Nos envolvimos en un abrazo y nos abrigamos el
uno al otro. Y pude dormir a salvo, sabía que nada iba a pasarme,
porque mi madre Luna estaba conmigo.
Por la
mañana, el médico me dijo que los resultados eran positivos, que
únicamente tenía la espalda inflamada por el golpe, pero que podría
moverme con normalidad en unos días, mientras guardara reposo. Así
que no le dije que ya podía moverme con normalidad gracias a lo que
Luna había hecho por mi. Me dieron la baja y me quedé en casa, todo
el día en mi cuarto. Ya te puedes imaginar lo aburrido que fue para
mi estar todo el día encerrado. Por suerte, Viento y Sol se sentían
un poco obligados a hacerme compañía. Me calentaron y me contaron
un millón de cosas, jugaba con Viento desde la ventana de mi cuarto,
tiraba un avión de papel y él lo hacía volar cuan lejos pudiera,
sin parar de reír y de disfrutar sus correrías.
Había
vuelto a casa después de la hora del almuerzo, así que había
comido pudin en el hospital. Mi padre encargó unas pizzas para
cenar. Me ayudó a bajar al salón y vimos un partido mientras
cenábamos. A ninguno nos gustaba el fútbol, pero no había ninguna
película decente en la televisión. Me contó que me habían estado
llamando del trabajo para ver como me encontraba, y que ya los había
avisado de que estaba bien, pero que no podía trabajar. Se había
acercado antes de venir a recogerme al hospital para entregar los
papeles de la baja en mi trabajo.
Al día
siguiente, como sabía que mi padre iba a estar todo el día fuera,
aproveché para salir a caminar al campo, con el Viento y el Sol a mi
lado. Perderme entre los árboles y estar a solas con todos los
elementos. Cuando estoy solo, ellos se muestran más fácilmente para
mi. Aunque pueda ver esas cosas que nadie más puede, no quiere decir
que todos se muestren, hay quienes prefieren quedarse como están, y
que sus historias se olviden. Piedras que han sido arrojadas por
desamores, árboles en los que amantes se juraron amor eterno,
escribiendo sus nombres en algún tronco para que todo el mundo
pudiese ser testigo de su amor, y que luego alguno volviese a
tacharlo con verdadero dolor... Historias así hay millones, pero
como no me las suelen contar, yo solo conozco las que merecen la pena
contar. Como por ejemplo, dos piedras, separadas tan solo un palmo.
Les pregunté que si querían que las acercara, y me respondieron que
no, y me contaron su historia. Habían sido pulidas en el océano
durante décadas, hasta que un buzo las rescató, tenían forma de
corazón, y eso es lo que había llamado la atención del buzo. Se la
había enseñado a su pareja, que era de una ciudad con una lengua
diferente a la suya. Ambos fueron quienes llevaron las piedras hasta
allí, en mitad de un bosque. Ninguno vivía ni procedía de esas
tierras, habían llegado allí por un solo motivo; el amor que se
profesaban no pertenecía a ninguna parte. Al principio no se
entendían, pero se querían y se gustaban igualmente. Cogiendo las
piedras y dejándolas allí, lo que pretendían era imprimir su
historia en un gesto. Ellos sentían que los habían rescatado de un
lugar al que no pertenecían, y los habían juntado para llevarlos a
otros lugares del mundo, dónde podían estar juntos, aunque
estuviesen separados aparentemente. Un niño y una niña de
diferentes edades, diferentes historias y diferentes lenguas,
adoptados, como yo, para que formasen una familia cuanto menos
interesante. Y, aunque al principio no se entendían, y tenían que
ser hermanos, acabaron por enamorarse el uno del otro. Al final se
fueron de casa para vivir juntos, y solos. Separados de quienes los
habían rescatado porque no podían aceptar del todo su amor. Eso
eran las piedras, un amor incomprendido, venido de un lugar para
acabar en otro completamente diferente.
Había
preparado un bocadillo para comer a mediodía, pero había sido bien
poco. Ya empezaba a oscurecer, el Sol empezaba a ocultarse tras el
horizonte, y Luna empezaba a desperezarse para mostrarse a este lado
del mundo. Aunque aun estaba casi escondida por completo, y solo se
distinguía un borde plateado de su bello rostro. Por si los casos, y
como hacía tiempo que no lo hacía, eché a correr junto a Viento.
Llevaba mucho tiempo sin estirar las piernas de esa forma y jugar con
Viento a su juego favorito, correr. Y la verdad, fue genial. Entre
esos motivos, también estaba el de que quería llegar a ver cuál
era la fotografía que me habías enviado esa noche. Así que corrí
feliz, tenía motivos de sobra para serlo, Viento no dejaba de reír a
mi lado, corriendo a toda velocidad también, y Luna nos iba guiando
por donde había pasos más fáciles para mi.
Me
duché al llegar, con la puerta y la ventana abiertas. Estaba solo en
casa, pero desde niño siempre había permitido a Viento bañarse
conmigo. Y, de alguna forma, había dejado de sentir pudor delante de
Luna desde hacía mucho tiempo. Ella nunca me ha echado en cara nada
de lo que haya podido hacer cada noche, desde que nos conocimos.
Además, ha visto a toda la humanidad en la noche, ¿por qué no iba
a verme a mi? Quizá, la única diferencia es que conmigo, alguna vez
se sienta en la ventana, o en el suelo junto a la ducha... O incluso
alguna vez, tumbada en la cama a mi lado, mientras me masturbaba.
Justo
cuando terminaba, llegó mi padre y cenamos juntos. Me habló de su
día y me preguntó que como me encontraba. No le hablé de mi paseo
y de la carrera, me limité a decirle que me encontraba muy bien, y
era cierto. Cenamos viendo una película juntos, me preguntó si ya
sabía cuando iba a volver y si necesitaba algo. Y la verdad, no
tenía ni idea, pero aun así le conté.
-La
verdad, no quiero hablar mucho de ello, porque no se bien lo que
pasa. Pero hay una chica, de cuando fui al cumpleaños de Jaime. Esa
noche conocí a alguien... Y desde entonces le escribo todos los
fines de semana. No se bien qué clase de relación tenemos, pero
creo que le gusto. Si no, por lo menos se que ella me gusta a mi. Nos
hemos visto un par de veces... Pero eso es todo. Aun no se qué va a
pasar.
Mi
padre asimiló las palabras en silencio.
-Gracias.
Por compartirlo conmigo. Si hay algo que pueda hacer...
-Serás
el primero en saberlo, siempre ha sido así.
Mi
padre me abrazó y se fue a dormir.
Subí
con Luna a mi cuarto y encendí el ordenador. Ella se tumbó en la
cama mirando por la ventana, que casi siempre tenía abierta, para
poder ver la naturaleza, y que ellos me viesen a mi. Entonces abrí
el correo y descargué la fotografía... Era una foto del cielo, de
la misma noche que tuve el accidente. La foto del lugar donde debería
de haber estado la Luna, solo que estaba conmigo en el hospital.
¿Cómo hacías para sorprenderme siempre?
Pasé
parte de la noche, y toda la mañana siguiente escribiéndote lo que
me había pasado. Creo que fue de las cartas más importantes que te
escribí, pues después de contarte todo sobre el accidente en el
trabajo y mi estancia en el hospital, te expliqué que ese era el
motivo de que la Luna hubiese faltado en el cielo; había pasado la
noche conmigo, cuidándome en mi habitación del hospital.
No te
di más explicaciones, ni lo decoré ni hice ningún chiste. Te dije
la verdad, como era y como la sentía. Le leí la carta a Luna, y
ella lo aceptó. El Domingo en la mañana, lo dedicaría a empezar a
pasar la carta a un documento de texto, pues siempre escribía
primero en papel. Luna me abrazó hasta que me quedé
dormido. Aunque ella sabía que estaba bien, aun no se había
recuperado del todo del accidente, y a mi me gustaba dormir con ella.
Cuando el Domingo te envié el correo, estaba tranquilo. No fue hasta
el Lunes que comencé a ponerme nervioso.
Era le
primera vez que le hablaba a alguien de mis amigos... Es decir, la
primera vez que le hablaba a alguien de que podía hablar con los
elementos. Es verdad que no había dicho mucho, ni dado detalles, ni
lo había dicho abiertamente. Lo único que te dije fue que Luna
había pasado la noche conmigo porque estaba preocupada por mi, y que
ese era el motivo por el cuál no estaba en el cielo. Luego me di
cuenta de que me habías visto "hablar" con el árbol, la
tierra y la ardilla aquella noche. No habías hecho ningún
comentario al respecto, ni habías dejado de escribirme, o
simplemente habías huido. Te quedaste a mi lado, incluso dejaste
que te besara. Me dejaste estar contigo, y creo que nos volvimos más
cercanos incluso. El poder estar contigo sin esconder nada de mi...
Me había sentido tan bien mientras no me daba cuenta, y ahora que lo
pensaba, me entraba el pánico.
Compré
el billete de autobús para el Jueves. El Martes pasé por el trabajo
para despedirme de mis jefes y de los compañeros, que se alegraron
de que estuviese recuperado. Los chicos a los que se le había caído
la viga me volvieron a pedir disculpas un centenar de veces, y de
repetirme lo mucho que se alegraban de que estuviese bien. El
Miércoles mi padre se tomó el día libre para pasarlo conmigo, me
llevó de compras, donde conseguí una libreta nueva, algunos lápices
y algo de ropa. Comimos en un restaurante al que hacía mucho tiempo
que no íbamos, preferíamos hacer de comer en casa. Hablamos de más
de las cosas que nos habían pasado durante el año, acordamos que
nos seguiríamos hablando de vez en cuando, y me recordó la promesa
que le había hecho, de que siempre lo avisaría si necesitaba algo.
-Sabes
que eres mi hijo, y te quiero con toda mi alma. Pero también sabes
que no siempre he sabido hacer las cosas bien. Pero eso no quita que
como mínimo quiera saber que cuentas conmigo.
-Siempre
serás mi padre, eso no va a cambiar nunca. De ti aprendí eso de no
saber muchas veces como hacer las cosas, pero te quiero, y siempre lo
has sabido.
Me
daba pena que mi padre estuviese solo. Es cierto que no creía que
pudiese querer a nadie como a mi madre, y que en cierta manera
egoísta, no quería que eso pasara. Pero me gustaría que tuviese a
alguien más que a su hermana y a sus amigos. Que tuviese un alguien
un poco más especial que el resto, pero no tanto como lo había sido
mi madre.
El
Jueves salí temprano de casa, mi padre me dejó en la estación
antes de ir al trabajo. Es cierto que nos habíamos despedido el día
anterior y por la noche, pero aun así, en la estación volvimos a
abrazarnos con énfasis. Nunca le he guardado tanto respeto a nadie
corpóreo, como se lo guardo a mi padre.
El
viaje se me hizo algo pesado, pero entre las tonterías que hacía el
Viento en la carretera, y que no dejaba de pensar en ti, pude
distraerme gran parte del viaje. Aunque no se si era peor aburrirme o
pensar en ti, estaba muerto de miedo aun, no sabía que iba a pasar.
Había dado de baja al servicio de Internet en el piso durante el
verano, y no iba a tener ese primer fin de semana, seguramente. Así
que decidí que el Sábado iría a un ciber café a ver el correo,
para descargarme tu foto y saber sobre qué tendría que escribirte.
Por ello, el Jueves lo dediqué por completo a descansar y habituarme
otra vez a estar en el piso. No tenía la naturaleza con la que me
había criado, pero al vivir en un 10º piso, la ciudad te queda
lejos, abajo, en la calle. Y la Luna, el Sol y el Viento, mis
principales y mejores amigos, podían acceder a mí a través de mi
ventana, que siempre tenía abierta para ellos.
El
Viernes lo dediqué a instalarme. Guardar la ropa nueva, organizarme
la semana para hacer los trámites de la matrícula, avisar al casero
y a mis compañeros de piso de que ya estaba allí. Y un sin fin de
cosas más, que al principio me parecieron que me llevarían todo el
día, pero después de que fui a hacer la compra y me preparé el
almuerzo... Ya no se me ocurrían más cosas que hacer durante el
resto de la tarde del Viernes. Así que cociné hasta la noche, para
prepararme comida congelada que comer cada vez que no me apeteciera
mucho cocinar. Esperé en la ventana de mi cuarto hasta que la Luna
vino a verme, con un cigarro a medias, el primero que encendía desde
la noche en que te conocí. Le hablé de mi día, de que echaba de
menos a mi padre y estar a solas con ella, ellos, en general, en el
campo. Le pedí que me ayudase a superar esos primeros días. Y, como
muchas noches, le agradecí que estuviese conmigo.
El
Sábado, antes de comer, fui al ciber café a ver tu mensaje... Y por
suerte había ido antes de comer. La foto era de una nota, sobre el
escritorio de tu cuarto. Tenía un breve mensaje escrito, muy claro.
"No
domingo, sábado
19:00
Plaza
de los lobos
No
falles"
Querría
decir que no salí corriendo, pero fue más o menos así. Cerrándolo
todo en el ordenador, cogiendo mis cosas y pagando de más, saliendo
apresuradamente e ir a paso ligero hasta mi piso. Comer
atragantándome con la comida por no masticarla debidamente,
cortándome con la hojilla de afeitar, haciéndome daño en los ojos
con el jabón al ducharme... Hacía muchísimo tiempo que no tardaba
tanto en decidir qué iba a ponerme, cuando la regla general era
ponerme algo que estuviese limpio y a mano en el armario. Antes de
salir por fin, solo hice una cosa más; asegurarme de que llevaba las
10 cartas que te había escrito cada Domingo a lo largo del verano.
Las guardé en la cartera que usaba para llevar los libros a clase,
pues eran más que de costumbre, y no podía simplemente guardarlas
en el bolsillo de mi pantalón.
La
plaza no me quedaba precisamente cerca... Pero no me importaba andar.
Viento fue todo el camino riéndose de mi por lo nervioso que estaba,
pero me gustó su compañía. Si Luna era como mi madre, Viento era
mi hermano pequeño. Miles de años mayor que yo, sí. Pero mi
hermano pequeño.
No
llegué tarde, pero tampoco pronto. En cuanto puse un pie en la
plaza, te encontré sentada en un banco, casi frente a mi. También
me viste, y ambos nos examinamos con la mirada. Nos acercamos el uno
al otro con pasos cortos y calmados. Aunque en ese momento, me moría
de miedo al tenerte una vez más frente a mi.
Como
la última vez, llevabas una mochila de cuero a la espalda, aunque
solo veía las hazas. Llevabas unas zapatillas atadas al tobillo de
cuero negro, y un vestido azul oscuro hasta las rodillas, sin mangas,
sencillo, pero delicado. Llevabas en las manos una chaqueta de tela
gris, y el cabello suelto. Como siempre, andabas con paso firme y
seguro, y me sostenías la mirada sin titubear. Pero aun así, había
algo en ti que me recordaba a una niña. Aunque no era tu hermoso
cuerpo, por supuesto, también me había fijado en él largo tiempo,
tanto la primera noche de todas, como en la foto que me habías
enviado, como esa tarde, en la plaza, mientras nos acercábamos el
uno al otro.
-Hola,
Cristina.
-¿Estás
bien?
Asentí
y te sonreí. Entonces se borró tu mirada fría y te embargó una
profunda pena. Entonces avanzaste el paso que nos separaba y me
abrazaste. Noté como tus lágrimas comenzaban a correr por tus
mejillas.
-De
verdad estoy bien, no tienes que preocuparte.
-Llévame.
-Te separaste y me miraste a los ojos otra vez, suplicante. -Llévame
a tu piso.
Primero
te limpié el rostro de lágrimas, bajo la atenta super-visión de
tus ojos verdes. Volvías a tener tu mirada fija en mis ojos, que
estudiaban tu rostro. Luego te tendí la mano, que tomaste sin
vacilar, como casi todo lo que hacías, y caminaste a mi lado todo el
camino. El paseo duró una media hora, en la cual te conté, más o
menos, como era mi pueblo, y como había crecido allí. Te hablé un
poco más de mi padre, de mi colegio, de mi trabajo en el
aserradero... Y por fin llegamos. Aunque normalmente subía por las
escaleras, esa vez subimos en el ascensor. Viento me lo permitió, y
aunque eran las últimas noches del verano, aun no había oscurecido,
Luna seguía en el otro lado del mundo. Cuando saqué las llaves para
abrir la puerta del piso, me temblaba tanto la mano que tuve que
hacer varios intentos para poder encajar la llave en la cerradura.
Una vez abierta, me hice a un lado y te invité a entrar.
-¿Alguno
de tus compañeros está aquí?
Negué
con la cabeza. Asentiste y te acercaste, volviste a abrazarme y a
esconder el rostro en mi pecho, en mitad del salón.
Muerto
de miedo, retiré la mano de tu espalda, la coloqué en tu mejilla y
te alcé el rostro. Noté como temblaba tu cuerpo, y se extendió al
mío. Esperé un segundo después de que me mirases a los ojos, y
luego me incliné sobre ti y volví a besarte en los labios. No te
apartaste, ni intentaste detenerme. Te limitaste a quedarte quieta
mientras descendía sobre tus labios, y cerraste los ojos cuando yo
cerré los míos. Cuando mis labios rozaron los tuyos, los dos
dejamos de temblar, notaba tus manos sujetando mi camisa, y tu
espalda y tu mejilla bajo la palma de mis manos. No fue un beso
largo, pero desde luego, fue de lo más hermoso y cálido que había
sentido en mucho tiempo por parte de una persona corpórea.
Por
fin me separé y volvimos a coger aire. Notaba la cara ardiendo, y tú
tenías la mejillas coloradas.
-Perdóname,
pero llevaba queriendo hacerlo desde que te bajaste del autobús la
última vez que nos vimos.
-Ceneska,
por lo que te he pedido que me trajeses, es porque hoy no voy a
volver a casa. Si me dejas, quiero pasar esta noche contigo, y quiero
que me lo cuentes todo. Quiero conocer a Luna, y saber porqué deja
el cielo para ir contigo, si se supone que donde debería estar es en
la montaña dónde hablaba con su amado. Quiero entender por qué
sabes esas historias, quiero conocer a quienes te las cuentan...
Quiero que me presentes a tus amigos.
Y,
durante aproximadamente un minuto, tanto Viento como yo nos quedamos
quietos en el sitio, sin respiración. ¿De verdad podía contarte lo
que nunca me había atrevido a contar a nadie?
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