No puede ser tan complicado. Solo es
acercarme en un momento en el que esté sola y decirle: me gustas...
Claro, tan fácil como respirar, como
la vida misma. 5 años de instituto creándome una imagen
atemorizante, pegándome con todos mis compañeros de clase todos los
años, con la mitad del instituto... A penas me falta empezar a
enfrentarme a los profesores, pero no estoy tan loco. Dentro de mi
atormentada cabeza, aun hay cosas que funcionan, a pesar de que todos
crean que estoy majara del todo. En realidad, todo tiene una
explicación. ¡Cómo no la iba a tener! Solo que todos están
ocupados viviendo su mierda de vida de niño mimado... Me pregunto si
me seguirían mirando de esa manera teniendo un padre que te pega
todo el tiempo por cualquier cosa y una madre que nunca te ha
defendido de sus abusos. ¡Doy lo que recibo! Si me peleo en la
escuela y el instituto es porque necesito aprender a defenderme.
¡Estoy harto de que ese cabrón ría de mi cada vez que le da la
gana!
Y, por supuesto, nunca me habría
fijado en una chica, de no ser por aquella tarde. Mi padre volvía a
golpearme, yo intentaba responder, y por cada golpe que acertaba a
darle, yo recibía otros 4. Llegó un momento en el que me cansé de
recibir golpes, no importaba cuán fuerte le diese, el me daba más
fuerte aun, nunca se contenía. Dice que si se contiene, nunca sabré
lo que es la vida, o algo así. Es lo que tiene tener un padre
boxeador. Así que, en cuanto me cansé y encontré una apertura, le
lancé una patada a la entrepierna con todas mis fuerzas. Sabía que
no iba a tardar en recuperarse, y que en cuanto lo hiciese, iba a
darme una paliza “de verdad”. Él nunca ha creído que me
golpeara de verdad. Siempre diciendo eso de “si quisiera, pasarías
más tiempo en el suelo que en pie” y esas cosas. Así que cada vez
que me peleo, el se enorgullece de mi, de que me rompa la cara con
quienes deberían de ser mis amigos... Y mi madre sigue sin decir
nada.
Mi patada alcanza sus pelotas, se le
hinchan los ojos y suelta un mudo alarido. Salgo corriendo mientras me
quito los guantes y escupo el protector bucal por el camino. No he
llegado a la calle cuando lo escucho gritar mi nombre, empiezo a
correr calle abajo, para alejarme cuanto pueda. Por suerte, a pesar
de que tenga resistencia, su peso le impide correr rápido, lo
contrario que yo, aunque con los años he ido ganando casi tanta
resistencia como él, un boxeador de 39 años de los pesos pesados.
Algo bueno tenía que sacar de nuestros “entrenamientos”. Cuando
llego al cruce miro al principio de la calle y lo veo, con la cara
roja de ira y corriendo mientras grita mi nombre. Vuelvo a mirar al
frente, a derecha e izquierda... Y ahí estabas, en tu bicicleta.
¿Cuántas veces no te había adelantado de camino a clase solo por
presumir? O más bien por molestar. Y, sin embargo, cuando me viste
sonreíste, aunque algo colorada. Quizá porque yo iba sin camiseta y
en pantalones cortos. La sonrisa se te cortó cuando llegaste a mi
altura y viste a mi padre caminando deprisa calle abajo.
-Déjame subir, por favor.
Te sentaste detrás y me dejaste
subirme delante. Lancé una última mirada a mi padre antes de
empezar a pedalear tan rápido como pude. Había empezado a correr
cuando vio lo que iba a hacer, pero aun así no llegó a tiempo. Y me
alegré. No le hubiese importado derribarte conmigo solo por que yo
no escapase. Siempre le ha dado igual todo. Por mucho que te hubieses
quejado, él solo tendría su atención puesta en mi y los golpes que
me daría. Y por ello, por si los casos, no dejé de pedalear aunque
dejé de escuchar sus alaridos durante mucho tiempo, quizá
demasiado.
Cuando llegamos al principio de la
avenida de la playa, me detuve. Apoyé los pies en el suelo y me
quedé unos minutos mirando el horizonte.
-Lo siento. Por haberte arrastrado
hasta aquí.
-No te preocupes. ¿Sabes? Es la
primera que vengo aquí son mis padres. Nunca me habría atrevido a
venir en bicicleta.
-¿Por qué no?
-Porque hay unos 20 km hasta aquí del
pueblo. No es precisamente un paseo.
20 Km. Quien lo habría dicho. Sí que
estaban dando buenos resultados los entrenamientos. O por lo menos
las huidas de sus palizas. Algo era.
-No, la verdad es que no.
-¿Quieres que descansemos un poco en
la arena?
Me pareció la idea más maravillosa
del mundo. Me bajé de la bicicleta y te miré, no sabía si ayudarte
a bajar o no, pero no hizo falta, desmontaste antes que yo y ya
caminabas hacia las escaleras. Bajamos en silencio, cuando llegamos
al último peldaño, te descalzaste y pisaste la arena con tus pies
descalzos. Fue la primera vez que me fijé en los dedos de los pies
de una persona. Pero no le di importancia hasta mucho después, cosa
que me hizo gracia. Llegamos a unos 20 metros de la orilla, tú ibas
delante y fuiste quien decidió donde sentarnos, yo solo te seguí
sin decir nada.
Me senté a tu lado y entonces también
me descalcé. Y nos quedamos en silencio escuchando la música que
producía el sonido de las olas al llegar a la orilla. Hasta ese
momento, no me había dado cuenta de lo raro de la situación, y por
eso me puse nervioso y el silencio me empezó a incomodar. Era la
primera vez que estaba a solas con una chica, y a pesar de que habías
sido mi compañera de clase casi toda la vida, apenas habíamos
hablado un par de veces contadas.
-Entonces, ¿es verdad?
-¿El qué?
-¿Tu padre te pega?
-¿Quién dice eso?
-Casi todo el mundo. ¿Es cierto?
-Depende de a quien le preguntes. Si
me preguntas a mi, sí. Me da unas palizas de muerte, por eso siempre
tengo heridas por todo el cuerpo, no son de mis peleas en el
instituto. Pero si le preguntas a mis padres, tanto mi madre como mi
padre te dirán que solo son entrenamientos, que mi padre quiere que
me convierta en un gran boxeador como él y por eso tengo una dura
tabla de entrenamientos, porque es lo que quiero.
-Pero, a ti te gusta, ¿no? Por eso
siempre te estás metiendo en problemas.
Te miré, incrédulo. Me sostuviste la
mirada, y por eso tuve que apartar yo la vista.
-¿Eso es lo que piensan todos?
-Sí.
-Entonces será verdad.
-Pero yo creo que no. De lo contrario,
no estaríamos aquí hoy.
Sonreí y agaché la cabeza para
esconder el rostro entre las rodillas.
-¿Y qué sabrás tú?
-Quizá nada. Pero supongo que no te
importa en realidad lo que sepa o no. No eres de los que se suele
interesar por la vida de los demás.
-Bueno. Entonces, cuéntame. ¿Qué es
lo que sabes tú?
-Que si no te gusta, deberías
decírselo a tus padres. Y que le digas qué es lo que te gustaría
ser de verdad y te dediques a ello por completo.
-¿Ves? Lo que yo decía, no tienes ni
idea. ¿De verdad crees que me gusta que me peguen? ¿Qué soy,
masoquista? Mi padre lleva dándome palos desde que tengo memoria.
-Y tú llevas dando y llevándote
palos en la escuela y el instituto desde que tengo memoria. A lo mejor
recibes lo que das.
No pude más que mirarte boquiabierto.
¿Qué es lo que te había hecho yo a ti para que me desearas el mal
que ya tenía? A diferencia de mi padre, yo si distinguía los
géneros de las personas. Nunca le había pegado a nadie mucho menor
que yo, ni a gente que no pudiese defenderse. Tampoco a las chicas.
Solo buscaba a aquellos tipos que pudiesen suponerme un desafío,
buscaba volverme fuerte para poder defenderme de mi padre, no lo
hacía por diversión. Después de 16 años, había dado y recibido
golpes más que suficientes como para aborrecerlos.
-No puedes estar hablando enserio.
¿Alguna vez te he golpeado para que me desees un vida llena de
palizas?
-A mi directamente no. Pero cuanto te
peleas con alguien que me importa, también me haces daño
indirectamente. Y detesto esa actitud de desprecio que sientes hacia
todo el mundo. Estás entre nosotros como si no fuésemos más que
basura a tu alrededor. Cuando nos miras lo haces con desprecio y
jamás has intentado ser uno más, siempre llamando la atención,
siempre en peleas.. Y en cuanto llega un profesor te vuelves un
gallina y no dices ni una sola palabra. Ni si quiera te defiendes o
tratas de mentir, como todo el mundo. No, tú te crees mejor que
nadie.
Te escuché al detalle, no me perdí
palabra. Estuve un momento pensando en tus palabras, y entonces me
entró la risa. Me dejé caer de espaldas y empecé a reír a
carcajadas. ¿Podías tener razón y a la vez estar tan equivocada?
Entonces me golpeaste con el puño en el estómago y me cortaste la
risa. Te miré, volvías a sostenerme la mirada. Me odiabas.
Realmente me odiabas. Nunca había visto que una persona mostrara
tanto desprecio por otra como tú me lo mostrabas en ese momento.
Volví la cabeza al cielo y me quedé mirando las escasas nubes que
había. Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas y cayeron
a la arena.
-¿De verdad? ¿Te vas a poner a
llorar para darme pena?
Volví a reír y me sequé las
lágrimas.
-No, perdona. Por supuesto que no.
Dime, ¿me contarías tu historia? Quizá, después de saber algo
sobre ti, puedo mostrarte el debido desprecio del que hablas. Si
quieres, solo si quieres, luego te cuento yo la mía. A lo mejor así
comprendes también como soy y puedes despreciarme como me merezco.
¿Quieres?
Por toda respuesta, comenzaste a
hablar.
-En realidad, ahora debería estar en
clase de canto, o de solfeo. No tengo ni idea de qué hora es.
Estudio música en el conservatorio, es lo que me gusta y a lo que me
gustaría dedicarme. Me gustan mis amigos del instituto, mi novio, que
por cierto, te has peleado con él unas cuantas veces, y la vida que
tengo ahí. Pero no quiero ir a la universidad. Ni si quiera quería
hacer bachiller, pero mis padres me obligan. Es el acuerdo al que
hemos llegado. Termino bachiller y hago el magisterio de música
mientras continúo mis estudios en el conservatorio. Mientras pueda
compaginar ambas cosas, me dejan seguir tocando el violín. Pero si
suspendo o lo dejo, me lo quitarán. A pesar de que me gusta la
música, hay asignaturas que no me gustan, por supuesto. Pero se que
para tocar bien el violín, son necesarias. Tanto para tocar el
violín como para ser una gran persona en cuanto a música se
refiere. Quiero ser una gran profesional, y me encantaría tocar en
una sinfónica alguna vez. Y por ello estoy dispuesta a terminar el
bachiller y estudiar la dichosa carrera para que mis padres estén
satisfechos. Sacrificios, por las cosas que quiero hacer. Apuesto a que
en toda tu vida has oído hablar de esa palabra, pero existe. Y
algunas personas la tenemos que sufrir, y nos revienta que una
persona nos mire como si fuéramos basura, cuando nos esforzamos
tanto por nuestros sueños. Cada ves que nos cruzamos es como si me
escupieses a la cara. Hay quien simplemente te ignora, pero yo no. Yo
te odio por ello.
-Vaya, siento mucho escupirte tanto.
Debo de estar quedándome sin saliva...
Y volviste a golpearme en el estómago.
Te pusiste de rodillas para continuar golpeándome y tuve que
sujetarte los brazos. Pero te soltaste y me abofeteaste.
-¡Te odio, niñato de mierda!
Te volví a sujetar de las muñecas.
Pero como no te estabas quieta, te hice girar y me puse sobre ti.
Coloqué mis piernas sobre las tuyas para que no pudieses moverte y
te sujeté los brazos contra la arena por encima de la cabeza.
-¡Para ya! Vas a hacernos daños. Por
favor.
-¡Suéltame de una vez! ¡Voy a
borrar a golpes esa cara tuya de prepotente! ¿No es eso lo que
siempre andas buscando? ¿Qué te golpeen? ¡Suéltame!
Por suerte, la playa estaba desierta.
Nadie paseaba por esas fechas por la playa. Y quizá tampoco era la
mejor hora. Así que no me importó quedarme así un tiempo, sobre
ti, inmovilizándote para que dejases de golpearme. Hasta que por
fin, jadeando, dejaste de mirarme con todo ese odio y giraste la
cabeza, rendida.
-¿Me prometes que vas a estarte
quieta si te suelto?
-Vete a la mierda, no voy a prometerte
nada. Suéltame de una vez, estoy cansada de estar así.
Me senté y te ayudé a incorporarte.
Y en cuanto te solté las manos, lo primero que hiciste fue darme
otra bofetada. Intenté sujetarte de nuevo, pero no hizo falta. Me
señalaste con el dedo y me miraste otra vez con todo tu odio.
-Ni se te ocurra volver a tocarme. Te
he contado mi historia, ahora te toca a ti hablar.
Sonreí, me senté otra vez a tu lado,
y volví a mirar al mar.
-Sacrificio... Tiene gracia. Quizá
tengas razón, y no tengo ni idea de lo que significa. A lo mejor
también tienes razón en lo de que os miro a todos con desprecio en
el instituto... -Volviste a darme otro bofetón, pero cuando giré la
cara para mirarte, tras sostenerme un segundo la mirada, volviste a
abrazarte las rodillas. -Pero creo que tengo una excusa para hacer
las cosas que hago y ser como soy. ¿Qué es lo que quiero ser? La
verdad, no tengo ni idea. O sí, quiero ser libre. Quiero escapar...
Perdona que me haga gracia tu sacrificio, eso de que tienes que ir al
instituto para que tus papás te dejen seguir estudiando música...
Que te paguen las clases y te compren un violín a cambio de que
vayas a clase. Perdona si te miro con desprecio aun más ahora que se
tu historia -y volviste a abofetearme-, pero, a lo mejor, soy yo el que
siente que le escupen en la cara cuando me hablas de tu gran
sacrificio. La escuela, el instituto, son mi santuario. Es el único
lugar donde estoy lejos de los golpes de mi padre y de las críticas
de mi madre, el único lugar en el que no me siento una mierda de
verdad. ¿Qué siempre estoy buscando pelea? ¿Que siempre me parto
la cara con alguien? No se si será o no un sacrificio, pero lo hago
con el único propósito de que llegue un día, en el que los golpes
de mi padre no me duelan tanto, en el que sea yo el que pegue con más
fuerza y pueda defenderme de sus abusos. ¿Te crees que lo del
instituto son peleas de verdad? Al principio, mi padre no sabía
medir su fuerza, y me rompió 4 veces las costillas “entrenando”
de un solo puñetazo. La primera vez tenía unos 6 años, la última
fue con 14. No es que ahora me golpee con más suavidad, ni de broma.
Es solo que me he vuelto más duro, es lo que tiene que me golpeen el
abdomen todos los días de la semana, al final te vuelves duro. Aun
así, cada vez que me acierta un directo, sigo cayendo de rodillas
al suelo. Cuando estoy en el instituto, estoy lejos de él. Es el
único lugar donde puedo estar a salvo, y aun así, como tú dices,
siempre estoy metiéndome en problemas. ¿Sabes qué es lo más
ridículo? Cada vez que llego a casa, y me han roto el labio o
cualquier cosa, mis padres me están esperando, porque por supuesto
los han llamado para darles la noticia. Esos días, son los únicos
en los que mi padre se siente orgulloso de mi. Porque me he peleado,
porque me he enfrentado a alguien y le he ganado. Mi madre sí que me
escupe a la cara con sus miradas, y apuesto a que no tienes ni idea
de lo que se siente. Me mira y le parezco patético, piensa que cómo
puedo dejar que me hagan algo así, que tiro por tierra la reputación
de mi padre, que mi aspecto es un insulto hacia él. Pero él se
alegra de que me pelee. ¿Qué padre del mundo se enorgullece de su
hijo por partirse la cara con los que deberían de ser sus amigos? Mi
padre se alegra y lo celebra conmigo, ¿sabes como? Entrenando, vamos
al garaje y me enseña como pegar para hacer esas heridas y como
defenderme. ¿Y acaso te crees que me enseña mostrándome dibujos o
vídeos? ¡No! Me lo demuestra con prácticas. Me golpea y me dice
“defiéndete chaval”. Y luego me hace golpearlo para que vea como se
defiende y contraataca. Eso quiere decir que después de partirme la
cara en el instituto, llego a casa para que un tío de 120 kilos me la
parta dándome los mismos golpes que en un combate real de los pesos
pesados del boxeo, un hombre de 39 años a su hijo de 16... Llego a
clase todas las mañanas, os veo a todos medio dormidos y hablando
entre vosotros, y no es que lo piense, es que lo se. A ninguno su
padre le ha roto las costillas, a ninguno lo han dejado sin sentido.
Ninguno de vosotros no ha podido moverse del sitio porque el dolor no
le permite pensar. Ninguno se ha meado encima hasta los 9 años
porque su padre lo pilla con la guardia baja y le golpea en el
estómago tirándolo un par de metros hacia atrás. Pero te
equivocas, lo que siento no es desprecio ni mucho menos. Es envidia,
es pura envidia. No me interesa la vida de ninguno de vosotros,
porque os la cambiaría con los ojos cerrados, independientemente de
los sacrificios que tuviera que hacer. Os miro, a ti y a tu novio, a
todos, y os veo como una panda de niñatos mimados, con vuestra
cómoda vida. Antes de saber tu historia ya sabía que estaba
equivocado, sabia que seguro que tenéis vuestros problemas y que
vuestra vida no es fácil, pero... En fin, la vida es una mierda y
todo eso. Lo único que hago es lamentarme de la vida triste que
tengo y me regodeo en mi mierda porque soy un egoísta que solo piensa
en si mismo. Por eso me importa un carajo la vida de los demás, por
eso no me importa con quien me parto la cara, o la opinión que pueda
generar a mi alrededor. Lo único que importa es hacer que mi madre
esté orgullosa de mi y ser un digno sucesor de mi padre en el mundo
del boxeo. Cuando sea mayor, me habré olvidado de todos vosotros y
de tu sacrificio. Saldré en la tele y seré una estrella, y entonces
seré feliz, haciendo lo que más me gusta; retar a alguien a que me
parta la cara mientras intento partírsela yo a él.
Nos quedamos un rato en silencio. A mi
se me habían vuelvo a saltar las lágrimas mientras hablaba, y tuve
que volver a secarme la cara. No te miré, en ese momento no me
apetecía ver a nadie, solo estar solo, escapar de todo. Seguía
mirando el horizonte, que ya estaba un poco más anaranjado y oscuro.
No faltaba mucho para que se hiciera de noche, y faltaban 20 km para
volver a casa a que mi padre me castigase por dar un golpe ilegal. Se
enfadaba, pero solo lo justo, al fin y al cabo, solo me estaba
defendiendo, él mismo me había golpeado más de una vez en la
entrepierna para que siempre estuviese preparado. Pero eso no
quitaría una sesión extra de entrenamiento en la que iba a darme
hasta quedarse a gusto.
-¿Sabes? No me das nada de pena.
Sigues siendo un capullo y te sigo odiando. Te has peleado con mi
hermano mayor y con mi novio, y les has roto el labio y la nariz a
los dos. Y ninguno te había hecho nada para merecérselo. Lo siento
si te molesta, pero te jodes.
-No te preocupes, yo sigo pensando que
eres una niña caprichosa y consentida. -Me volviste a abofetear, te
miré y me reí.-Te acabarás haciendo daño en la mano de tanto
golpearme.
-No te preocupes, aun estoy bien para
seguir golpeándote.
-¿Te gustaría desahogarte? ¿Quieres
pegarme a gusto?
-Lo estoy haciendo, no necesito tu
consentimiento.
-Ven, ponte en pie. -Me levanté y te
tendí la mano para ayudarte a levantar. Pero me miraste con ese odio
tuyo y te levantaste por ti misma. -Bien, cierra el puño. -Me
acerqué a ti y te coloqué los brazos en posición. -Bien, ahora,
estira así el brazo. -Me coloqué a tu lado y te mostré como se
hacía. -Cuando tengas el brazo completamente estirado, el brazo
tiene que estar en horizontal, también el puño. Y la muñeca tiene
que estar recta y firme, si no puedes hacerte mucho daño. -Te
coloqué el brazo en la forma en la que tenías que dar los golpes.
-Bien, ahora separa un poco las piernas, deja la derecha por detrás
de la izquierda. -Te ayudé a colocar las piernas. -Cuando estires el
brazo, acompaña el movimiento con la pierna y la cadera, así. -Y te
mostré moviéndome despacio cómo se hacía.
-¿Es esto lo que te enseña tu padre?
-Sí, pero no así. Mi padre solo me
golpea y me dice que me fije en cómo me da golpes. Cada vez que lo
hago mal me golpea para que preste atención y luego seguimos
golpeándonos. Nunca se ha parado a explicarme las cosas como lo
estoy haciendo contigo. Mi padre nunca a mostrado delicadeza conmigo.
-Sigues sin darme pena.
Te mostré un par de veces cómo lo
hacía yo, y luego te corregí mientras tú lo hacías un par de
veces, despacio.
-Ahora hazlo más rápido, golpea con
fuerza.
-¿Así?
Golpeaste al aire un par de veces.
-Bien, no lo haces nada mal. Ahora,
golpéame a mi. Dame con fuerzas, ódiame con golpes.
Me puse delante de ti y me sujeté las
manos por detrás del cuerpo, dejándote el torso y el abdomen
completamente descubierto.
-¿Y ya está? ¿Me vas a dejar que te
golpee sin más?
-Tú me odias, ¿no? Y ningún golpe
que me des me hará más daño de lo que me lo han hecho ya. Así que
dame sin miedo, si me canso te lo diré.
Sonreíste de tal manera que hasta
sentí miedo. Pero fue solo un momento, te acercaste y me diste el
primer golpe en el pecho. Te felicité porque lo hiciste bien, pero
te animé a golpearme más fuerte. Cada vez me golpeabas más rápido
y yo te iba corrigiendo si hacías algo mal. Te iba dando
instrucciones y tú ibas asimilándolas sin dejar de golpearme. Llegó
un punto en el que no te contenías en absoluto, me diste algún
golpe en la mandíbula, y empecé a esquivar esos golpes que me
lanzabas a la cara, habías hecho que me mordiese la lengua, y habías
sonreído cuando te lo dije, por ello habías seguido intentando
golpearme de nuevo, pero como no me acertabas, seguiste golpeándome
el pecho y el abdomen, porque esos nos los esquivaba.
Por fin te cansaste y te dejaste caer
al suelo. A mi me dolía todo el cuerpo de tus golpes y de hacer
fuerza en los abdominales y los pectorales para asimilar el impacto de tus golpes. Tenías una sonrisa de oreja a oreja. Y mientras mirabas al
cielo tan sonriente, me fijé en tus ojos sin querer. Negros. Eres la
primera persona que conozco que tiene los ojos negros. Dejé de
mirarte antes de que te dieras cuenta. El sol casi se había ocultado
por completo.
-Va a hacerse de noche. Deberíamos
volver cuanto antes.
Cogiste tus zapatos y comenzaste a
andar hacia las escaleras. Yo cogí mis zapatos también y la
bicicleta y te seguí. Al principio fuimos en silencio, como cuando
habíamos venido.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Sí, lo que no puedes es exigir que
te responda. Pero puedes preguntarme sin miedo.
-¿Por qué nunca te defiendes de las
acusaciones de los chicos con los que te peleas ni de los profesores?
-Porque de verdad, lo que busco no es
la pelea. Solo me pego con los que son de mi edad o mayores, los que
pueden hacerme frente o hacerme daño, siempre ha sido así. No me
interesan los castigos ni las venganzas ni toda esa parafernalia.
Para mi, solo es un entrenamiento, golpes que me hacen más duro, más
rápido, más ágil, más listo. Que me odien, que me castiguen, que
me prometan la muerte o me juren una paliza me trae sin cuidado, si
vuelven, los acepto sin miramientos. Nos damos unas cuantas tortas y
otra vez lo mismo, hasta que se cansan.
-Yo sigo pensando que de verdad eres
un gilipollas. ¿Por eso me has dejado pegarte ahora? ¿Era un
entrenamiento?
-No se qué ha sido. Me odias y lo
acepto. Querías pegarme y te he ayudado a hacerlo, eso es todo. No
tiene ni significado ni más sentido que el que tiene. ¿Puedo
hacerte yo una pregunta a ti?
-Sí, pero no esperes que te responda.
-¿Por qué te detuviste? ¿Por qué
no seguiste de largo? ¿Por qué me ayudaste?
Pero no me respondiste. Seguimos en
silencio hasta que llegamos al final de la cuesta donde nos habíamos
encontrado. Aprovechaste para ponerte una chaqueta y luego tomaste la
bicicleta.
-Gracias, Isabel. Por haberme ayudado
a escapar hoy. Siento que te hayas perdido tus clases de hoy.
-Lo de hoy no cambia nada. Te odio,
Ceneska. Eso no cambiará.
-Eso espero, voy a seguir escupiendo a
tu cara cada mañana.
Me diste un último bofetón y te
fuiste, con tu odio en tus ojos negros.
Al llegar a casa, mi madre me recibió
a gritos y me prohibió la cena por haberme escapado. Mi padre, por
el contrario, me llevó al garaje un bocadillo. Me dejó que me lo
comiera y luego comenzó a entrenarme. Me recordó que no estaba bien
lo que había hecho, ni el golpe bajo ni la huida. Me felicitó por
haberlo pillado con la guardia baja, me confesó que no se lo había
esperado. Y me felicitó con una sucesión de golpes que me dejaron
en el suelo sin respiración. Me dejó descansar solo después de que
le conté que había estado en la playa. Los 40 km que había hecho en
bicicleta le parecían un buen ejercicio. Ni me preguntó por ti ni
me preguntó si estaba bien, solo se quitó los guantes y se fue a
dar una ducha antes de acostarse a dormir. Así que no supo cuanto
tardé en levantarme del suelo ni lo dolorido que estaba. ¿Cuándo
le había importado a él eso?
Por suerte, como los domingos siempre
se los tomaba con calma, el lunes fui ileso a clase. Creí que sería
un día normal, como cualquier otro, y salvo porque nuestras miradas
se cruzaron un momento, así fue. Incluso te adelanté con la
bicicleta tanto a la ida como a la vuelta como de costumbre. Ya ves,
un día normal.
La excusa de que tenía deberes nunca
había funcionado con mi padre para saltarme los entrenamientos,
aunque fuese verdad. Muchas veces tenía que quedarme despierto hasta
tarde para poder terminarlos. Pero de domingo a jueves mi padre lo
tomaba con calma. Sí me exigía que los hiciera, por ello los
entrenamientos eran más cortos, pero eso no me libraba de mis
asaltas diarios con él. Ya no acababa por los suelos como siempre,
pero él siempre me daba más golpes y más fuertes de los que le
daba yo a él. Para colmo, me hacía contar cuantos golpes
acertábamos, y me hacía llevar la cuenta de ambos en voz alta. Por
si estar todo el tiempo pendiente de sus puños no era suficiente.
Pero al final era costumbre, me había acostumbrado de tal forma que
era casi algo inconsciente. Me salía de forma natural.
Por la noche, después de cenar y
ducharme, volví a mi cuarto para terminar los deberes, y entonces
encontré tu nota. Espérame. Era todo cuanto habías escrito,
ni un motivo, ni un lugar, ni un día ni una hora. Ni tan siquiera tu
nombre. Pero sabía que la nota era tuya. Aun así no te hice caso y
fui como cualquier otro día al instituto. No te adelanté por el
camino, ni te vi. Pero, a la hora del descanso, cuando salí del
servicio, me estabas esperando fuera. Te acercaste con tu mirada
llena de odio y me abofeteaste con todas tus fuerzas. Te sonreí y
traté de mirarte de esa forma que decías, aunque la verdad es que
no tengo ni idea de como miro a la gente. Te volviste a darme otra
bofetada y te fuiste.
Comí tranquilo mientras mis padres
veían la televisión, hice algo de ejercicios antes del
entrenamiento. Fue una tarde cotidiana, como cualquier otra. Salvo
porque, como la noche anterior, tenía una nota tuya en mitad del
libro, otra vez con la palabra “espérame” escrita en
ella.
El miércoles por la mañana no me
atreví a ignorarte, y por eso esperé al final de la calle con mi
bicicleta. No tardaste mucho en aparecer. Venías en tu bicicleta, me
mirabas con desprecio.
-Deja tu bici en tu casa. Vas a
llevarme, y para eso es mejor la mía.
Te habías parado a mi lado, te habías
bajado y sentado detrás, sujetando la bicicleta por el sillín. Y no
pude más que reírme. Te acercaste entonces y me diste un bofetón.
-Date prisa o me harás llegar tarde.
Incapaz de creerte, subí a toda prisa
la cuesta de mi calle y dejé la bicicleta en la entrada, pero antes
le había desinflado la rueda de delante, para que mi padre no me
dijese nada. Bajé corriendo y allí seguías, esperando en la calle,
sentada en la parte de detrás de tu bicicleta. Me puse la mochila por
delante y subí.
-¿Y por qué tengo que llevarte?
-Aun tengo agujetas en los brazos del
otro día. No pude practicar con el violín el domingo porque me
dolían las manos, y el lunes me regañaron en la clase por no haber
practicado lo suficiente y haber faltado a una clase. Han llamado a
mis padres y me han castigado por haber faltado a clase y ser una
persona irresponsable, y les he mentido para no decirles que estaba
contigo. ¿Te parecen pocos motivos?
-No, son suficientes. La verdad es que
no creo que ninguno sea motivo por el que te tenga que llevar a
clase, pero bueno.
Me golpeaste en los riñones con el
puño.
-Te odio. Si ningún motivo te parece
suficiente, ¿qué tal ese?
Me reí y volviste a golpearme. Poco
antes de llegar, me pediste que parara y que me bajara. Te subiste
delante y te fuiste sin mi hasta el instituto. Me quedé perplejo un
momento, pero luego comencé a caminar con las manos en los
bolsillos.
Ese día ni me miraste ni me esperaste
para golpearme. Pero cuando terminaron las clases y salí corriendo
para casa, para no retrasarme, me encontré conque me estabas
esperando. Y cuando me acerqué, me diste una bofetada.
-¿Por qué has tardado tanto? ¿No
ves que voy a llegar tarde a casa?
Alucinando, volví a subir delante
tras haberme colocado la mochila por el pecho, y te llevé hasta mi
calle.
-¿Mañana también te tengo que
llevar?
Me diste una bofetada y te fuiste.
-Supongo que eso es un sí.
Y no me equivocaba. No me molesté ni
en bajar la bicicleta por si los casos, en cuanto llegaste, me cambié
la mochila mientras te sentabas detrás y te llevé hasta el mismo
sitio del día anterior. Tampoco me miraste ni me abofeteaste, en
clase. Y como esa vez me di aun más prisa en salir, tampoco me
golpeaste cuando llegué para llevarte a casa.
-Hasta mañana, Isabel.
Me miraste, con ese odio tuyo tan
característico, y me abofeteaste. Yo no podía más que reír cada
vez que lo hacías. Y eso conllevaba a que me dieses otra bofetada.
Luego te fuiste.
El viernes parecía ser un día más,
pero no fue así. Te recogí por la mañana, o más bien tú a mi,
como de costumbre, fuimos sin decirnos nada y sin que me golpeases.
Me detuve donde siempre.
-Hasta luego Isabel.
Me diste una bofetada, e iba a reírme
justo cuando alguien gritó a nuestras espaldas. Tu cara al girarte
fue un poema, y por eso me reí, quizá más que de costumbre y de lo
que debía. Tenía que ser tu novio. Lo miré, pero no lo reconocí.
¿De verdad me había pegado con él? Aunque creo que no recuerdo
especialmente a nadie con el que me haya peleado, pero bueno.
Llegó a la carrera y me empujó.
-¿Se puede saber qué haces con mi
novia? -Se giró y te miró, te acarició el hombro, como si fuera
algo... no se. Como si fuera algo. -¿Estás bien? ¿Te ha hecho
algo?
-Sí, estoy bien. No tiene importancia.
Solo se me ha cruzado delante y casi me caigo al frenar.
Yo no podía dejar de sonreír de
incredulidad. Tu novio se giró otra vez y mi expresión debió de
cabrearlo mucho.
-¡A caso te hace gracia!
-Sí, no tienes ni idea de cuanta.
Te miré y me devolviste esa mirada
tuya.
-Deja de mirarla.
-¿Cómo?
-¡Que no la mires!
Incapaz de continuar, me puse a andar
de camino al instituto. Cuando llamaste a tu novio miré por encima
del hombro y vi que había comenzado a acercarse a mi, pero se había
vuelto al escucharte. Así que llegué sin altercados al instituto,
cosa que no continuó más que hasta el descanso. Tu novio, que
estaba en otro bachiller, vino a buscarme a la hora del almuerzo para
buscar pelea, habían venido un par de amigos suyos. Me estaba
emocionando, la verdad es que llevaba tiempo sin pelearme, y a pesar
de que es cierto de que lo detestaba, esa vez, me apetecía de verdad
golpear a la otra persona. Y aunque lo pensaba como otro
entrenamiento, no lo sentía así. Así que cuando acepté sus
exigencias y salí al patio, nos colocamos el uno delante del otro
como en una pelea normal, rodeados de gente de todo el instituto. No
teníamos mucho tiempo antes de que llegase un profesor, así que
comenzamos a acercarnos el uno al otro, y en cuanto trató de
golpearme, esquivé su derecha y comencé a darle por todas partes,
sin darle tiempo a reaccionar. ¿A caso nadie recordaba nunca, que al
final siempre ganaba yo? No solo eso, sino que ganaba por goleada.
Pocos me acertaban un par de golpes, que no me hacían nada. Pero
esta vez fue diferente, por supuesto, apenas había empezado cuando
alguien me tiró del cuello de la camisa desde detrás. Pensé que
sería uno de sus amigos, y me giré dispuesto a destrozarle la cara.
Pero eras tú. Dejé caer el brazo, y me diste una bofetada. Ni si
quiera traté de esquivarla. Me mirabas con todo tu odio concentrado.
Pero esta vez no me reí, te devolví tu mirada. Pero no me duró ni
un segundo, que fue todo lo que tardaste en empezar a llorar. Me
quedé boquiabierto y volviste a darme otra bofetada mientras tus
lágrimas se derramaban, luego me empujaste para pasar a mi lado y te
acercaste a tu novio, que estaba de rodillas en el suelo. ¿Tan
fuerte le había dado?
Llegó el profesor y nos fuimos al
despacho del director los tres. Él no se encontraba muy bien para
andar por si solo. El director nos interrogó en busca de respuestas,
para saber qué había ocurrido y por qué. Como siempre, me quedé
callado. Ni traté de defenderme ni dije nada al respecto. No tengo
ni idea de qué fue lo que dijo tu novio, solo se que tú no dijiste
tampoco ni una palabra, te limitaste a decir que habías llegado
cuando ya había acabado. El veredicto fue expulsión durante 3 días.
No me incorporaría a las clases hasta el jueves de la siguiente
semana. Me hicieron volver a la clase a por mis cosas antes de que
acabara el recreo. Lo encontré todo tirado por el suelo, me reí
ante aquella situación. Había basura tirada también sobre mis
cosas. Lo recogí todo, lo guardé dentro de la mochila y volví a la
dirección. No se que fue de ti ni de tu novio, cuando volví solo
estaba el director. Volvió a preguntarme si tenía algo que decir,
pero negué.
-Siempre ha sido así. Te encuentran
metido en medio de una pelea, unas veces estas en pie y otras por los
suelos, y nunca dices nada. Todo lo que sabemos de tus peleas es lo
que nos cuenta la otra parte; siempre empiezas tú, sin ningún
motivo, los atacas por la espalda y sin avisar. ¿Acaso te crees que
me lo creo? No es que me fuera a creer lo que me contaras tú, pero
por lo menos mostrarías un poco de interés en decir que no eres el
culpable. Seas o no el que empieza, eres el que lo acaba, y siempre
te llevas la culpa por no tratar de demostrar lo contrario. Eres un
buen alumno, sacas buenas notas. No eres ni de lejos el mejor de la
clase, pero hay la misma distancia respecto al peor de la clase. Los
profesores solo tienen una queja, si puedes evitarlo, nunca
participas en las clases, y aunque estás atento y tomas notas, nunca
muestras interés por nada. ¿De verdad te da todo igual?
No respondí, nunca lo hago. El
director se cansó y se marchó, dejándome solo. Quería odiarte de
verdad, todo era culpa tuya, y no habías dicho ni una sola palabra
en mi defensa. Tampoco lo esperaba, pero... Solo quería odiarte,
pero cuando te vi llorar, no pude hacerlo. Y por ello quise odiarte
más aun, sin conseguirlo.
Terminaron las clases, el director me
dio una carta para que se la entregase a mis padres. Todo el
instituto se apartó de mi mientras salía, muchos me miraban. El
rumor no había tardado en extenderse, a saber lleno de mentiras y
exageraciones. Solo había sido una pelea más.
Cuando llegué a donde siempre, allí
estabas tú, esperando. Mostrándome todo tu desprecio y arrogancia.
Niña mimada y consentida... Y seguía sin poder odiarte, y eso me
enfurecía.
Me puse la mochila por delante y subí
a la bicicleta. No esperé a que te preparases ni te agarrases,
comencé a pedalear con fuerza, y pronto ganamos velocidad.
-¿Por qué? -Pero no respondiste. Así
que bajé la velocidad. -Quiero saberlo. Me debes una respuesta. Tu
novio ha venido a pegarme, me he defendido y me han expulsado 3 días.
Y a él solo lo han arrestado 1 día sin recreo, y no has dicho ni
una sola palabra. ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo? ¿Tan profundo
es tu odio hacia mi? ¿Tanto me desprecias?
-Vete a la mierda.
-Vete tú a la mierda, Isabel. Te he
llevado todos estos días a clase como un esclavo, he aguantado todos
tus golpes sin queja, todos tus insultos, todo tu desprecio y tu
odio. Y lo único que recibo es más desprecio y odio, de ti, de tus
amigos, del instituto.
-Te odio.
-Eso ya lo se. No te preocupes, puedo
seguir soportándolo.
Continuamos en silencio hasta mi
calle. Se nos hizo un poco tarde, pero no dijiste nada. Cuando me
detuve y me bajé, te miré y me sostuviste la mirada.
-Te odio.
-Pues estás de suerte, vas a tener un
largo fin de semana sin verme. -Me diste una bofetada, y me pusiste
más furioso. -Siento no poder llevarte a clase estos días que voy a
faltar por culpa tuya, espero que no te lastimes las piernas haciendo
algo de ejercicio. -Y me diste otra bofetada llena de odio. -Que
descanses, vas a necesitarlo. Pero no te preocupes, si lo deseas, el
jueves seguiré con mi trabajo mal pagado de taxista.
Me mirabas a los ojos, con tanto odio
que casi me golpeaba. Me diste más bofetadas, yo te dejé hacerlo,
no te interrumpí ni traté de esquivarte. Solo te dejé golpearme.
Entonces paraste sin más, jadeando.
-Te odio Ceneska.
Y te fuiste tan rápido como pudiste.
No podía borrar la sonrisa de mi cara dolorida. Todo aquello era un
jodido chiste, la chica que me gustaba no paraba de decirme que me
odiaba, me había metido en una pelea por su culpa, me habías
golpeado e insultado, y seguía sin poder odiarte, a pesar de todo el
daño que me hacías. Pero el chiste perdió su gracia cuando me di
la vuelta y vi a mi padre, en lo alto de la calle, con los brazos
cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada sobre la pared de la
entrada. En cuanto lo vi, asintió sonriente y entró.
No hizo ni un solo comentario mientras
comíamos, solo se escuchaba la tele de fondo, lo que aun me asustaba
más. Mi madre, aunque no estaba seguro de si sabía lo que pasaba o
no, tampoco dijo nada. Respetaba y compartía el silencio de su
marido.
Después de comer fui a mi cuarto a
hacer los deberes, aunque lo cierto era que iba a tener tiempo de
sobra para hacerlos. No podía dejar de mirar el reloj, temiendo la
hora en la que tendría que ir a entrenar con mi padre.
Cuando fui al garaje, llevaba el sobre
en la mano que contenía la carta del director.
-No te preocupes por eso, déjalo ahí.
De todas formas ya me lo ha contado por teléfono. Al parecer, vamos
a tener tiempo para entrenar. -Yo me había quitado la camisa y me
estaba poniendo los guantes. Mi padre acostumbraba a lanzarme golpes
durante el calentamiento para comprobar que estaba en guardia. -Mira
que pensaba, que por lo que me había contado el director, te había
enseñado bien. Dice que te has peleado con un chico de tu edad, de
tu misma altura y peso. Según el director, el otro chico dice que ha
sido una pelea igualada, solo que tú lo atacaste por la espalda y lo
pillaste desprevenido. Pero yo se que eso no ha sido así, ¿me
equivoco? -Negué con la cabeza mientras hacia rotaciones en las
articulaciones. -No eres un cobarde, tú vas de frente, como tu
padre. Eso es lo que te he enseñado. El director también me ha
contado que el otro chico tenía que andar con ayuda, y que tú no
presentabas ningún golpe ni ningún dolor. ¿Cuantos golpes te dio
antes de caer al suelo?
-Ninguno.
-¡Ese es mi hijo! ¿Ves? Eso es lo
que te he enseñado. Esquivas y golpeas. Esquivas y golpeas. -Me
lanzó un golpe directo a la cara, lo esquivé y le lancé uno yo,
que también esquivo. -¿Ves? Justo así. Eres bueno, hijo mío, te
mueves bien, como tu padre. Tienes un buen centro, buenos reflejos,
velocidad... -Me lanzó dos golpes más que esquivé y respondí.
-Así que explícame, -y entonces se le borró la sonrisa de la cara
y se puso serio. Con una expresión en el rostro que hacía mucho
tiempo había aprendido su significado; dolor. -¿Cómo es posible
que una niña te de todos esas bofetadas sin que tú hagas nada? No
esquivas y no respondes. Eso, no es lo que yo te he enseñado. -Me
lanzó un golpe que esquivé, pero el siguiente me dio en la guardia
del codo- ¿A mi no me dejas que te pegue? -Me lanzó más golpes,
esquivaba algunos y otros los desviaba, alguno me llegaba a las
guardias. -¿Tampoco vas a responderme a mi? ¿Tienes miedo de que te
acierte un golpe? ¿Tienes miedo del dolor?
Mi padre dejó de hablar entonces.
Había comenzado el combate real. Sus golpes eran cada vez más
seguidos y más certeros, el también estaba calentando al principio.
Ahora los dos nos lanzábamos golpes el uno al otro con la intención
de noquearnos.
-¡Cuenta en voz alta! -Pero no lo
hice, llevaba la cuenta mentalmente, pero no lo decía en voz alta.-
O cuentas tú, o voy a buscar a tu amiga para que lo haga ella.
-No.
-¿Cómo?
Mi padre, si te traía, te haría
daño. Fuese del modo que fuese. Y no quería que te acercases más
que al final de la calle a mi casa. Mi padre perdió la concentración
un momento con mi respuesta. Nunca le había negado nada en toda mi
vida, no se lo esperaba para nada en absoluto. Bajó la guardia un
instante, y fue cuanto necesité. Le di un directo en la cara, y
cuando subió la guardia le di una sucesión de golpes bajo las
costillas. Trató de golpearme y lo esquivé, volví a golpearle en
la cara.
No era la primera vez que le golpeaba,
pero era la primera vez que me sentía capaz de ganar un combate, de
enfrentarlo. Es cierto, se había distraído. Eso era lo que me había
dado la ventaja, pero eso era cuanto necesitaba. Y por primera vez,
sentí que podía plantarle cara.
Continuamos el combate, mi padre me
acertó unos cuantos golpes importantes, pero fui yo quien, por
primera vez, consiguió tumbarlo.
-Primer asalto, he acertado más
golpes y te he tirado al suelo. Puedes remontarme con facilidad,
puedes darme otra paliza mientras seguimos entrenando. Puedes dejarme KO., ambos los sabemos. Pero por primera vez, te he ganado un asalto,
padre. Y te prometo que no será el último.
Antes de que pudiese levantarse, me
quité los guantes y los tiré por el camino. Salí corriendo calle
abajo, y como el viernes anterior, te vi, esta vez yo a ti.
-¡Isabel! -Te giraste para verme y
casi te caes. Frenaste y me esperaste mientras corría hacia ti.
Cuando estuve cerca, me diste una bofetada, no había forma de que
borrases esa expresión de odio de tu rostro, casi me dolía mirar
tus ojos negros. -Déjame subir, por favor.
Volviste a darme una bofetada. Pero te
sentaste detrás y me dejaste subir. Fuimos en silencio todo el
camino, otra vez a la playa. Bajamos y nos sentamos donde la vez
anterior. Llevábamos 2 horas en silencio desde que nos habíamos
encontrado bajo mi calle. No me atrevía a mirarte si quiera.
-Hoy, volvía a entrenar con mi padre.
Le ha dado igual que me peleara con tu novio y que me expulsaran. ¿Te
das cuenta? Aun así, estaba raro. Y yo sabía más o menos por qué.
Estaba hablando conmigo, conteniéndose, pero con ganas de golpearme.
Estaba en la puerta cuando llegamos, y te vio golpearme y a mi
quedarme quieto. Mi padre no entiende de sexos o de diferencias, para
él todo el mundo es un rival. Tengo 16 años, y te aseguro que no
mide su fuerza. Para él, lo que ha visto es un insulto. Para él,
que te deje golpearme y ni te esquive ni te golpee es un insulto a su
trabajo, su profesión y pasión, y al entrenamiento que tan
duramente se ha esforzado por darme. Estaba realmente enfadado por
ello, y quería castigarme. Pero... -Miré al cielo un momento, para
coger aire y poder continuar. Luego volví a mirar al horizonte. -Me
preguntó varias veces que por qué no me había defendido. Que si en
el instituto lo había hecho tan bien, y que con él sí que esquivaba
y golpeaba, porqué no lo había hecho contigo. Y como no le he
respondido, sugirió que iba a llamarte para que participaras en
nuestros entrenamientos. Y me he negado. Por primera vez en toda mi
vida le he negado algo a mi padre, y los dos hemos sido consientes.
Se sorprendió y se despistó un momento, y lo he aprovechado para
darle con todas mis ganas. He conseguido tirarlo al suelo. En boxeo,
cuando tiras a tu oponente al suelo, es un gran logro. No significa
que vayas a ganar el combate, en este caso, mi padre seguramente me
habría dado una paliza de muerte. Pero, el primero que lanza al otro
al suelo, tiene más posibilidades de ganar. En este caso, he vuelto
a huir de mi padre, porque sabía que me mandaría al hospital. Pero
le he ganado un asalto, por primera vez. Y todo porque quería
protegerte. Y quería protegerte por lo mismo que aguanto tus golpes,
tus insultos, que me utilices para llevarte a clase en bicicleta y
que mientas y te burles de mi. Porque me gustas.
Te miré entonces, y me sostuviste la
mirada.
-Te odio. -Te acercaste y me diste una
bofetada. Y luego otra más. Conté seis bofetadas, la séptima,
apoyaste la mano en mi mejilla y comenzaste a llorar. Entonces te
tomé en mis brazos y dejaste que te acunara en mi pecho. -Te odio.
No dejaste de repetirlo mientras
llorabas. Pero en cuanto te calmaste, no volvimos a decir ni una sola
palabra hasta que oscureció. Nos fuimos de la playa y te llevé de
regreso a mi calle. Al llegar, me bajé y me quedé sujetando el
manillar mientras tú te bajabas.
-Isabel. ¿Por qué me odias tanto? De
verdad que no entiendo qué es lo que he hecho para que me desprecies de esa forma.
-Te peleaste con mi hermano, y te has
vuelto a pelear con mi novio.
-Y una mierda. No es eso. No recuerdo
las veces anteriores, pero sabes que no ha sido culpa mía. Pudiste
haberlo evitado, pero decidiste que era mejor que yo cargara con la
culpa y que tu novio quisiera partirme la cara.
-Ya no es mi novio, deja de llamarlo
así. La última vez fue igual, íbamos los dos andando, yo llevaba
la bici a mi lado, pasaste a toda velocidad a nuestro lado, yo me
distraje al mirarte, perdí el equilibrio y me caí. Él decidió
echarte la culpa y yo no dije nada para impedirlo, así que cuando
fue a pegarse contigo, le diste una paliza. Y pasó lo mismo con mi
hermano, de eso hace aun más tiempo. Me estaba gritando por algo, no
recuerdo el qué, y tú estabas cerca. Evidentemente, ni te acuerdas,
y no sabías que era mi hermano, claro está. Te acercaste y lo
empujaste, y como mi hermano estaba enfadado conmigo, te golpeó.
Eras bastante más pequeño, que ahora y que él, y aun así le
hiciste frente. Os expulsaron a los dos.
-¿Me odias porque... ? No, estoy
intentando buscarle sentido y no lo entiendo. Las dos veces que le he
pegado a tu novio, no fue culpa mía. Y la única vez que me peleé
con tu hermano, fue para defenderte. ¿Me estás diciendo que me
odias, por que sí? ¿Eres estúpida?
Me diste una bofetada. Quizá me la
merecía por haberte insultado. Pero, entonces, ¿qué es lo que
merecías tú? Y entonces, cuando más deseaba odiarte, con la misma
mano que me habías golpeado, te apoyaste en mi pecho y me besaste.
Te separaste y nos miramos a los ojos. Trataste de mirarme con el
desprecio habitual, pero no te funcionó, ahora sabía que no me
odiabas, pero todo seguía sin tener sentido. Empezaste a llorar de
nuevo y te apoyaste en mi pecho.
-Te odio. Maldita sea, te odio con
toda mi alma. Te odio.
Volviste a separarte de mi pecho, me
besaste otra ves, más breve que la vez anterior, te subiste en tu
bicicleta y te fuiste tan rápido como te dieron las piernas.
Al llegar a casa mi padre me esperaba
con los guantes puestos, entré directamente en el garaje y me puse
los guantes. Me dio una paliza.
-Mañana contarás los golpes en voz
alta. ¿Entendido?
Asentí. Me di una ducha y me fui a
dormir.
Al día siguiente, conté los golpes
es voz alta, como me había dicho. Y la paliza fue menor. Tanto por
la mañana como por la noche terminé los deberes. Ni mi padre ni mi
madre hablaban conmigo. No creía que mi padre siguiese enfadado
conmigo, pero tampoco sabía que le pasaba por la cabeza.
El domingo no tenía deberes, así
que, todo el tiempo que no estaba con mi padre, lo pasaba leyendo,
tratando de no pensar en ti. Pero no lo conseguía. Normalmente mi
padre se toma los domingos más a la ligera, pero como estaba
expulsado hasta el jueves, no tendría descanso hasta el miércoles,
para que hubiese tiempo de que se disimulasen las secuelas de
nuestros entrenamientos.
Como no dejaba de pensar en ti, recibí
más golpes que de costumbre, uno de ellos me dejó el ojo morado. Y
como no podía dejar de pensar en ti, te esperé debajo de la calle
cuando terminó el instituto hasta que por fin pasaste. No traté ni
de detenerte, ni si quiera podía mirarte. Pero te detuviste de todas
formas.
-Qué te ha pasado en el ojo.
-He estado entrenando.
-Llévame.
-¿A dónde?
-A mi casa.
Te sentaste detrás y me subí
delante.
-No se donde vives.
-Yo te guío. No está lejos.
Y era cierto. Vivías a 10 minutos de
mi casa. Cuando llegamos, nos bajamos de la bicicleta y te la ofrecí
para que pudieses entrar a casa.
-Quédate.
-No puedo. Me esperan para comer, así
que tengo que volver deprisa.
-No quiero que te vayas, no quiero que
te quedes allí para que tu padre te siga golpeando.
-¿Y a dónde quieres que vaya? Tengo
16 años, no tengo dinero para huir ni familia que pueda encargarse
de mi.
-Quédate conmigo. Espérame en tu
calle a las 5, pasaré para ir a clase y nos iremos a la playa. Y
luego vendrás aquí conmigo.
No me dejaste decir nada más.
Entraste en tu casa y yo tuve que irme.
Comí, mis padres seguían sin
dirigirme la palabra, cosa que no me sorprendía, era lo habitual.
Pero, cuando terminamos de comer, detuve a mi padre antes de que se
fuese al salón.
-Voy a ir con un amigo, para tomar
nota de las clases que me he perdido y hacer los deberes que han
mandado.
-Tienes huevos para mentirme. Pero
está bien, mientras no vuelvas tarde para entrenar.
Me fui a mi cuarto, cogí un par de
cuadernos, una sudadera y un pantalón corto. Antes de salir, le dejé
una nota en el garaje a mi padre.
“Hoy no volveré a
dormir, mañana entrenaremos el doble”
Bajé a la calle y esperé hasta que
llegaste. Fuimos en silencio hasta la playa, bajamos y nos sentamos
el uno al lado del otro.
-¿Te duele?
-¿Sabes que tengo un millón de
preguntas que hacerte?
-¿Te duele o no?
-No.
Te acercaste y te sentaste entre mis
piernas, y dejaste caer el peso de tu cuerpo sobre el mío.
-Las preguntas del primer día, aun no
las respondí. Yo sí he sabido siempre dónde vivías, y ese día al
acercarme iba pensando en cuanto te odiaba, y preguntándome por qué
serías tan arrogante, tan detestable, y justo te vi allí parado. Me
hizo gracia la coincidencia y sonreí como una idiota. Supongo que te
diste cuenta. Me miraste, y por primera vez no estabas siendo
arrogante, sentí curiosidad y me detuve por ese motivo. Entonces vi
a tu padre en lo alto de la calle, sentí miedo. Entonces me pediste
ayuda, noté en tu voz que también tenías miedo, y por eso te
ayudé. Esa es la respuesta a esas preguntas. ¿Por qué te odio? Eso
es más complicado.
-Creo que no me odias.
-¡Pues claro que te odio! Te odio,
cada vez más, sobre todo estos últimos años. Llevamos juntos desde
la guardería. Siempre en la misma clase. Ya, no lo recuerdas, yo
tampoco. Pero tengo fotos, fotos contigo desde que teníamos 4 años.
Tengo una foto en la que apareces de cada curso que hemos estado
juntos, y han sido todos desde la guardería. Mi madre me contó que,
con 4 años, éramos novios. Me lo contó cuando empezamos el
instituto, al ver de nuevo tu foto. Yo no me lo creía, pero me
enseñó las fotos, y en una de ellas salimos los dos sonriendo, el
uno al lado del otro. Traté de hablar contigo una vez, para
contártelo, y preguntarte por qué motivo habíamos dejado de ser
amigos. Pero no te molestaste en mirarme mientras te hablaba. Ya,
supongo que tampoco lo recuerdas. Lo intenté un par de veces,
siempre con el mismo resultado. Y por desgracia, todos estos años
hemos compartido clase, y he tenido que ver como me ignorabas año
tras año. Al principio me hacía daño, pero luego comencé a
odiarte. Mirabas a todo el mundo con tanto desprecio... Y entonces
comenzaste a pelearte con todo el mundo. No tenías respeto por nada
ni por nadie. Solo buscabas que, como tu dices, te partieran la cara.
Pero pasaron 2 años y entonces eras tú el que le partía la cara a
todo el mundo, no importaba que fueran mayores que tú, ni más altos
ni más fuertes. Tú aguantabas los golpes y los devolvías con más
fuerza. Uno de esos chicos fue mi hermano, y mi odio se
intensificó... Pero no, no fue porque le pegases a mi hermano, se lo
merecía. Fue porque, por un momento, pensé que todo había sido
fingido, que en realidad sí sabías quien era, y no me habías
ignorado todo ese tiempo, me alegré y me enfadé a la vez. Pero
traté otra vez de hablar contigo, y obtuve el mismo resultado, así
que te odié más aun por ello, si acaso era posible. Y te odio
porque llevas toda la vida a mi lado como si no existiese. Y no hay
nada más doloroso que ver que no existes para la persona de la que
llevas toda la vida enamorada. Así que sí, te odio. Te odio con
toda mi alma. Te odio, Ceneska, como nunca he odiado a nadie. Te odio
porque te quiero como nunca he querido a nadie, a pesar de que me
encantaría odiarte por toda la eternidad.
Yo te abrazaba y tú llorabas. Quizá
ahora las cosas tenían un poco más de sentido, pero solo un poco.
Te giraste y me diste una bofetada.
-Te odio.
Luego me besaste. Te tomé en mis
brazos y te acuné en mi pecho. Estuviste un largo rato llorando,
mientras seguías diciéndome cuanto me odiabas, abofeteándome y
besándome. No te calmaste hasta el anochecer. Yo me pasé todo el
tiempo limpiando tu rostro de lágrimas. Y cada vez que me quedaba
mirando tus ojos negros, veía toda esa furia contenida, que se iba
deshaciendo con cada bofetada, con cada palabra tuya y cada beso.
Ya no llorabas, tampoco hablabas, ni
me besabas. Solo me sostenías la mirada, abrazada a mi, acunada
entre mis brazos y mi pecho. Me seguías mirando con ese odio, pero
yo llevaba toda la tarde estudiándote; y es cierto, me odiabas, pero
solo porque estabas enamorada de mi. No había más sentido que ese
para tu mirada. Y sabía entonces que nunca dejarías de mirarme de
esa forma. Me acariciaste la mejilla que llevabas todo el tiempo
golpeándome, me besaste y entonces te levantaste. Te imité, era el
momento de ir a casa.
Fuimos todo el camino en silencio.
Ibas abrazada a mi y por eso fui tan despacio. Estaba disfrutando de
la brisa de la noche y tu compañía. No sabía que iba a pasar una
vez que llegásemos a tu casa, y por miedo a separarnos iba despacio,
alargando el momento.
Me detuve en la entrada de tu casa y
nos bajamos, tomaste la bicicleta y me pediste que fuera en silencio
hasta la ventana de tu habitación, por fuera de la casa, y que te
esperase allí. Y así lo hice en cuanto entraste. Esperé un buen
rato, pero no me importó, abriste por fin la ventana y me dejaste
entrar. Compartimos tu cena, evidentemente tus padres no sabían que
iba a pasar la noche contigo, no me distraje mucho tiempo estudiando
tu cuarto aquella noche, por suerte tenías un baño para ti sola en
la habitación y no tenía que salir ni exponerme a que nos
descubriesen, y mientras te lavabas los dientes yo aproveché para
estudiar tu cuarto, y aprender más de ti. También había
aprovechado para cambiarme de pantalones y descalzarme, estaba
sentado en la cama de espaldas a ti cuando saliste. Te acercaste y te
metiste debajo de las sábanas, y antes de darme la espalda, las
apartaste por mi lado, invitándome a entrar. Apagaste la luz en
cuanto me metí dentro.
-Abrázame, y no me sueltes hasta que
despierte.
Permaneciste de espaldas a mi un buen
rato. Pero sabía que no dormías, por el mismo motivo por el que yo
no podía hacerlo. Así que te diste la vuelta, tanteaste mi rostro
con tu mano y acercaste tus labios a los míos. Luego te agarraste a
mi pecho y escondiste allí tu rostro. Yo, muerto de miedo, lo
rescaté de allí también con mi mano, busqué tus labios con mis
dedos, los acaricié por primera vez, y allí, en tu cama, en la
oscuridad de la noche, te besé por primera vez.
-Te quiero, Isabel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario