La historia del primer beso

No puede ser tan complicado. Solo es acercarme en un momento en el que esté sola y decirle: me gustas...

Claro, tan fácil como respirar, como la vida misma. 5 años de instituto creándome una imagen atemorizante, pegándome con todos mis compañeros de clase todos los años, con la mitad del instituto... A penas me falta empezar a enfrentarme a los profesores, pero no estoy tan loco. Dentro de mi atormentada cabeza, aun hay cosas que funcionan, a pesar de que todos crean que estoy majara del todo. En realidad, todo tiene una explicación. ¡Cómo no la iba a tener! Solo que todos están ocupados viviendo su mierda de vida de niño mimado... Me pregunto si me seguirían mirando de esa manera teniendo un padre que te pega todo el tiempo por cualquier cosa y una madre que nunca te ha defendido de sus abusos. ¡Doy lo que recibo! Si me peleo en la escuela y el instituto es porque necesito aprender a defenderme. ¡Estoy harto de que ese cabrón ría de mi cada vez que le da la gana!

Y, por supuesto, nunca me habría fijado en una chica, de no ser por aquella tarde. Mi padre volvía a golpearme, yo intentaba responder, y por cada golpe que acertaba a darle, yo recibía otros 4. Llegó un momento en el que me cansé de recibir golpes, no importaba cuán fuerte le diese, el me daba más fuerte aun, nunca se contenía. Dice que si se contiene, nunca sabré lo que es la vida, o algo así. Es lo que tiene tener un padre boxeador. Así que, en cuanto me cansé y encontré una apertura, le lancé una patada a la entrepierna con todas mis fuerzas. Sabía que no iba a tardar en recuperarse, y que en cuanto lo hiciese, iba a darme una paliza “de verdad”. Él nunca ha creído que me golpeara de verdad. Siempre diciendo eso de “si quisiera, pasarías más tiempo en el suelo que en pie” y esas cosas. Así que cada vez que me peleo, el se enorgullece de mi, de que me rompa la cara con quienes deberían de ser mis amigos... Y mi madre sigue sin decir nada.

Mi patada alcanza sus pelotas, se le hinchan los ojos y suelta un mudo alarido. Salgo corriendo mientras me quito los guantes y escupo el protector bucal por el camino. No he llegado a la calle cuando lo escucho gritar mi nombre, empiezo a correr calle abajo, para alejarme cuanto pueda. Por suerte, a pesar de que tenga resistencia, su peso le impide correr rápido, lo contrario que yo, aunque con los años he ido ganando casi tanta resistencia como él, un boxeador de 39 años de los pesos pesados. Algo bueno tenía que sacar de nuestros “entrenamientos”. Cuando llego al cruce miro al principio de la calle y lo veo, con la cara roja de ira y corriendo mientras grita mi nombre. Vuelvo a mirar al frente, a derecha e izquierda... Y ahí estabas, en tu bicicleta. ¿Cuántas veces no te había adelantado de camino a clase solo por presumir? O más bien por molestar. Y, sin embargo, cuando me viste sonreíste, aunque algo colorada. Quizá porque yo iba sin camiseta y en pantalones cortos. La sonrisa se te cortó cuando llegaste a mi altura y viste a mi padre caminando deprisa calle abajo.

-Déjame subir, por favor.

Te sentaste detrás y me dejaste subirme delante. Lancé una última mirada a mi padre antes de empezar a pedalear tan rápido como pude. Había empezado a correr cuando vio lo que iba a hacer, pero aun así no llegó a tiempo. Y me alegré. No le hubiese importado derribarte conmigo solo por que yo no escapase. Siempre le ha dado igual todo. Por mucho que te hubieses quejado, él solo tendría su atención puesta en mi y los golpes que me daría. Y por ello, por si los casos, no dejé de pedalear aunque dejé de escuchar sus alaridos durante mucho tiempo, quizá demasiado.

Cuando llegamos al principio de la avenida de la playa, me detuve. Apoyé los pies en el suelo y me quedé unos minutos mirando el horizonte.

-Lo siento. Por haberte arrastrado hasta aquí.

-No te preocupes. ¿Sabes? Es la primera que vengo aquí son mis padres. Nunca me habría atrevido a venir en bicicleta.

-¿Por qué no?

-Porque hay unos 20 km hasta aquí del pueblo. No es precisamente un paseo.

20 Km. Quien lo habría dicho. Sí que estaban dando buenos resultados los entrenamientos. O por lo menos las huidas de sus palizas. Algo era.

-No, la verdad es que no.

-¿Quieres que descansemos un poco en la arena?

Me pareció la idea más maravillosa del mundo. Me bajé de la bicicleta y te miré, no sabía si ayudarte a bajar o no, pero no hizo falta, desmontaste antes que yo y ya caminabas hacia las escaleras. Bajamos en silencio, cuando llegamos al último peldaño, te descalzaste y pisaste la arena con tus pies descalzos. Fue la primera vez que me fijé en los dedos de los pies de una persona. Pero no le di importancia hasta mucho después, cosa que me hizo gracia. Llegamos a unos 20 metros de la orilla, tú ibas delante y fuiste quien decidió donde sentarnos, yo solo te seguí sin decir nada.

Me senté a tu lado y entonces también me descalcé. Y nos quedamos en silencio escuchando la música que producía el sonido de las olas al llegar a la orilla. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo raro de la situación, y por eso me puse nervioso y el silencio me empezó a incomodar. Era la primera vez que estaba a solas con una chica, y a pesar de que habías sido mi compañera de clase casi toda la vida, apenas habíamos hablado un par de veces contadas.

-Entonces, ¿es verdad?

-¿El qué?

-¿Tu padre te pega?

-¿Quién dice eso?

-Casi todo el mundo. ¿Es cierto?

-Depende de a quien le preguntes. Si me preguntas a mi, sí. Me da unas palizas de muerte, por eso siempre tengo heridas por todo el cuerpo, no son de mis peleas en el instituto. Pero si le preguntas a mis padres, tanto mi madre como mi padre te dirán que solo son entrenamientos, que mi padre quiere que me convierta en un gran boxeador como él y por eso tengo una dura tabla de entrenamientos, porque es lo que quiero.

-Pero, a ti te gusta, ¿no? Por eso siempre te estás metiendo en problemas.

Te miré, incrédulo. Me sostuviste la mirada, y por eso tuve que apartar yo la vista.

-¿Eso es lo que piensan todos?

-Sí.

-Entonces será verdad.

-Pero yo creo que no. De lo contrario, no estaríamos aquí hoy.

Sonreí y agaché la cabeza para esconder el rostro entre las rodillas.

-¿Y qué sabrás tú?

-Quizá nada. Pero supongo que no te importa en realidad lo que sepa o no. No eres de los que se suele interesar por la vida de los demás.

-Bueno. Entonces, cuéntame. ¿Qué es lo que sabes tú?

-Que si no te gusta, deberías decírselo a tus padres. Y que le digas qué es lo que te gustaría ser de verdad y te dediques a ello por completo.

-¿Ves? Lo que yo decía, no tienes ni idea. ¿De verdad crees que me gusta que me peguen? ¿Qué soy, masoquista? Mi padre lleva dándome palos desde que tengo memoria.

-Y tú llevas dando y llevándote palos en la escuela y el instituto desde que tengo memoria. A lo mejor recibes lo que das.

No pude más que mirarte boquiabierto. ¿Qué es lo que te había hecho yo a ti para que me desearas el mal que ya tenía? A diferencia de mi padre, yo si distinguía los géneros de las personas. Nunca le había pegado a nadie mucho menor que yo, ni a gente que no pudiese defenderse. Tampoco a las chicas. Solo buscaba a aquellos tipos que pudiesen suponerme un desafío, buscaba volverme fuerte para poder defenderme de mi padre, no lo hacía por diversión. Después de 16 años, había dado y recibido golpes más que suficientes como para aborrecerlos.

-No puedes estar hablando enserio. ¿Alguna vez te he golpeado para que me desees un vida llena de palizas?

-A mi directamente no. Pero cuanto te peleas con alguien que me importa, también me haces daño indirectamente. Y detesto esa actitud de desprecio que sientes hacia todo el mundo. Estás entre nosotros como si no fuésemos más que basura a tu alrededor. Cuando nos miras lo haces con desprecio y jamás has intentado ser uno más, siempre llamando la atención, siempre en peleas.. Y en cuanto llega un profesor te vuelves un gallina y no dices ni una sola palabra. Ni si quiera te defiendes o tratas de mentir, como todo el mundo. No, tú te crees mejor que nadie.

Te escuché al detalle, no me perdí palabra. Estuve un momento pensando en tus palabras, y entonces me entró la risa. Me dejé caer de espaldas y empecé a reír a carcajadas. ¿Podías tener razón y a la vez estar tan equivocada? Entonces me golpeaste con el puño en el estómago y me cortaste la risa. Te miré, volvías a sostenerme la mirada. Me odiabas. Realmente me odiabas. Nunca había visto que una persona mostrara tanto desprecio por otra como tú me lo mostrabas en ese momento. Volví la cabeza al cielo y me quedé mirando las escasas nubes que había. Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas y cayeron a la arena.

-¿De verdad? ¿Te vas a poner a llorar para darme pena?

Volví a reír y me sequé las lágrimas.

-No, perdona. Por supuesto que no. Dime, ¿me contarías tu historia? Quizá, después de saber algo sobre ti, puedo mostrarte el debido desprecio del que hablas. Si quieres, solo si quieres, luego te cuento yo la mía. A lo mejor así comprendes también como soy y puedes despreciarme como me merezco. ¿Quieres?

Por toda respuesta, comenzaste a hablar.

-En realidad, ahora debería estar en clase de canto, o de solfeo. No tengo ni idea de qué hora es. Estudio música en el conservatorio, es lo que me gusta y a lo que me gustaría dedicarme. Me gustan mis amigos del instituto, mi novio, que por cierto, te has peleado con él unas cuantas veces, y la vida que tengo ahí. Pero no quiero ir a la universidad. Ni si quiera quería hacer bachiller, pero mis padres me obligan. Es el acuerdo al que hemos llegado. Termino bachiller y hago el magisterio de música mientras continúo mis estudios en el conservatorio. Mientras pueda compaginar ambas cosas, me dejan seguir tocando el violín. Pero si suspendo o lo dejo, me lo quitarán. A pesar de que me gusta la música, hay asignaturas que no me gustan, por supuesto. Pero se que para tocar bien el violín, son necesarias. Tanto para tocar el violín como para ser una gran persona en cuanto a música se refiere. Quiero ser una gran profesional, y me encantaría tocar en una sinfónica alguna vez. Y por ello estoy dispuesta a terminar el bachiller y estudiar la dichosa carrera para que mis padres estén satisfechos. Sacrificios, por las cosas que quiero hacer. Apuesto a que en toda tu vida has oído hablar de esa palabra, pero existe. Y algunas personas la tenemos que sufrir, y nos revienta que una persona nos mire como si fuéramos basura, cuando nos esforzamos tanto por nuestros sueños. Cada ves que nos cruzamos es como si me escupieses a la cara. Hay quien simplemente te ignora, pero yo no. Yo te odio por ello.

-Vaya, siento mucho escupirte tanto. Debo de estar quedándome sin saliva...

Y volviste a golpearme en el estómago. Te pusiste de rodillas para continuar golpeándome y tuve que sujetarte los brazos. Pero te soltaste y me abofeteaste.

-¡Te odio, niñato de mierda!

Te volví a sujetar de las muñecas. Pero como no te estabas quieta, te hice girar y me puse sobre ti. Coloqué mis piernas sobre las tuyas para que no pudieses moverte y te sujeté los brazos contra la arena por encima de la cabeza.

-¡Para ya! Vas a hacernos daños. Por favor.

-¡Suéltame de una vez! ¡Voy a borrar a golpes esa cara tuya de prepotente! ¿No es eso lo que siempre andas buscando? ¿Qué te golpeen? ¡Suéltame!

Por suerte, la playa estaba desierta. Nadie paseaba por esas fechas por la playa. Y quizá tampoco era la mejor hora. Así que no me importó quedarme así un tiempo, sobre ti, inmovilizándote para que dejases de golpearme. Hasta que por fin, jadeando, dejaste de mirarme con todo ese odio y giraste la cabeza, rendida.

-¿Me prometes que vas a estarte quieta si te suelto?

-Vete a la mierda, no voy a prometerte nada. Suéltame de una vez, estoy cansada de estar así.

Me senté y te ayudé a incorporarte. Y en cuanto te solté las manos, lo primero que hiciste fue darme otra bofetada. Intenté sujetarte de nuevo, pero no hizo falta. Me señalaste con el dedo y me miraste otra vez con todo tu odio.

-Ni se te ocurra volver a tocarme. Te he contado mi historia, ahora te toca a ti hablar.

Sonreí, me senté otra vez a tu lado, y volví a mirar al mar.

-Sacrificio... Tiene gracia. Quizá tengas razón, y no tengo ni idea de lo que significa. A lo mejor también tienes razón en lo de que os miro a todos con desprecio en el instituto... -Volviste a darme otro bofetón, pero cuando giré la cara para mirarte, tras sostenerme un segundo la mirada, volviste a abrazarte las rodillas. -Pero creo que tengo una excusa para hacer las cosas que hago y ser como soy. ¿Qué es lo que quiero ser? La verdad, no tengo ni idea. O sí, quiero ser libre. Quiero escapar... Perdona que me haga gracia tu sacrificio, eso de que tienes que ir al instituto para que tus papás te dejen seguir estudiando música... Que te paguen las clases y te compren un violín a cambio de que vayas a clase. Perdona si te miro con desprecio aun más ahora que se tu historia -y volviste a abofetearme-, pero, a lo mejor, soy yo el que siente que le escupen en la cara cuando me hablas de tu gran sacrificio. La escuela, el instituto, son mi santuario. Es el único lugar donde estoy lejos de los golpes de mi padre y de las críticas de mi madre, el único lugar en el que no me siento una mierda de verdad. ¿Qué siempre estoy buscando pelea? ¿Que siempre me parto la cara con alguien? No se si será o no un sacrificio, pero lo hago con el único propósito de que llegue un día, en el que los golpes de mi padre no me duelan tanto, en el que sea yo el que pegue con más fuerza y pueda defenderme de sus abusos. ¿Te crees que lo del instituto son peleas de verdad? Al principio, mi padre no sabía medir su fuerza, y me rompió 4 veces las costillas “entrenando” de un solo puñetazo. La primera vez tenía unos 6 años, la última fue con 14. No es que ahora me golpee con más suavidad, ni de broma. Es solo que me he vuelto más duro, es lo que tiene que me golpeen el abdomen todos los días de la semana, al final te vuelves duro. Aun así, cada vez que me acierta un directo, sigo cayendo de rodillas al suelo. Cuando estoy en el instituto, estoy lejos de él. Es el único lugar donde puedo estar a salvo, y aun así, como tú dices, siempre estoy metiéndome en problemas. ¿Sabes qué es lo más ridículo? Cada vez que llego a casa, y me han roto el labio o cualquier cosa, mis padres me están esperando, porque por supuesto los han llamado para darles la noticia. Esos días, son los únicos en los que mi padre se siente orgulloso de mi. Porque me he peleado, porque me he enfrentado a alguien y le he ganado. Mi madre sí que me escupe a la cara con sus miradas, y apuesto a que no tienes ni idea de lo que se siente. Me mira y le parezco patético, piensa que cómo puedo dejar que me hagan algo así, que tiro por tierra la reputación de mi padre, que mi aspecto es un insulto hacia él. Pero él se alegra de que me pelee. ¿Qué padre del mundo se enorgullece de su hijo por partirse la cara con los que deberían de ser sus amigos? Mi padre se alegra y lo celebra conmigo, ¿sabes como? Entrenando, vamos al garaje y me enseña como pegar para hacer esas heridas y como defenderme. ¿Y acaso te crees que me enseña mostrándome dibujos o vídeos? ¡No! Me lo demuestra con prácticas. Me golpea y me dice “defiéndete chaval”. Y luego me hace golpearlo para que vea como se defiende y contraataca. Eso quiere decir que después de partirme la cara en el instituto, llego a casa para que un tío de 120 kilos me la parta dándome los mismos golpes que en un combate real de los pesos pesados del boxeo, un hombre de 39 años a su hijo de 16... Llego a clase todas las mañanas, os veo a todos medio dormidos y hablando entre vosotros, y no es que lo piense, es que lo se. A ninguno su padre le ha roto las costillas, a ninguno lo han dejado sin sentido. Ninguno de vosotros no ha podido moverse del sitio porque el dolor no le permite pensar. Ninguno se ha meado encima hasta los 9 años porque su padre lo pilla con la guardia baja y le golpea en el estómago tirándolo un par de metros hacia atrás. Pero te equivocas, lo que siento no es desprecio ni mucho menos. Es envidia, es pura envidia. No me interesa la vida de ninguno de vosotros, porque os la cambiaría con los ojos cerrados, independientemente de los sacrificios que tuviera que hacer. Os miro, a ti y a tu novio, a todos, y os veo como una panda de niñatos mimados, con vuestra cómoda vida. Antes de saber tu historia ya sabía que estaba equivocado, sabia que seguro que tenéis vuestros problemas y que vuestra vida no es fácil, pero... En fin, la vida es una mierda y todo eso. Lo único que hago es lamentarme de la vida triste que tengo y me regodeo en mi mierda porque soy un egoísta que solo piensa en si mismo. Por eso me importa un carajo la vida de los demás, por eso no me importa con quien me parto la cara, o la opinión que pueda generar a mi alrededor. Lo único que importa es hacer que mi madre esté orgullosa de mi y ser un digno sucesor de mi padre en el mundo del boxeo. Cuando sea mayor, me habré olvidado de todos vosotros y de tu sacrificio. Saldré en la tele y seré una estrella, y entonces seré feliz, haciendo lo que más me gusta; retar a alguien a que me parta la cara mientras intento partírsela yo a él.

Nos quedamos un rato en silencio. A mi se me habían vuelvo a saltar las lágrimas mientras hablaba, y tuve que volver a secarme la cara. No te miré, en ese momento no me apetecía ver a nadie, solo estar solo, escapar de todo. Seguía mirando el horizonte, que ya estaba un poco más anaranjado y oscuro. No faltaba mucho para que se hiciera de noche, y faltaban 20 km para volver a casa a que mi padre me castigase por dar un golpe ilegal. Se enfadaba, pero solo lo justo, al fin y al cabo, solo me estaba defendiendo, él mismo me había golpeado más de una vez en la entrepierna para que siempre estuviese preparado. Pero eso no quitaría una sesión extra de entrenamiento en la que iba a darme hasta quedarse a gusto.

-¿Sabes? No me das nada de pena. Sigues siendo un capullo y te sigo odiando. Te has peleado con mi hermano mayor y con mi novio, y les has roto el labio y la nariz a los dos. Y ninguno te había hecho nada para merecérselo. Lo siento si te molesta, pero te jodes.

-No te preocupes, yo sigo pensando que eres una niña caprichosa y consentida. -Me volviste a abofetear, te miré y me reí.-Te acabarás haciendo daño en la mano de tanto golpearme.

-No te preocupes, aun estoy bien para seguir golpeándote.

-¿Te gustaría desahogarte? ¿Quieres pegarme a gusto?

-Lo estoy haciendo, no necesito tu consentimiento.

-Ven, ponte en pie. -Me levanté y te tendí la mano para ayudarte a levantar. Pero me miraste con ese odio tuyo y te levantaste por ti misma. -Bien, cierra el puño. -Me acerqué a ti y te coloqué los brazos en posición. -Bien, ahora, estira así el brazo. -Me coloqué a tu lado y te mostré como se hacía. -Cuando tengas el brazo completamente estirado, el brazo tiene que estar en horizontal, también el puño. Y la muñeca tiene que estar recta y firme, si no puedes hacerte mucho daño. -Te coloqué el brazo en la forma en la que tenías que dar los golpes. -Bien, ahora separa un poco las piernas, deja la derecha por detrás de la izquierda. -Te ayudé a colocar las piernas. -Cuando estires el brazo, acompaña el movimiento con la pierna y la cadera, así. -Y te mostré moviéndome despacio cómo se hacía.

-¿Es esto lo que te enseña tu padre?

-Sí, pero no así. Mi padre solo me golpea y me dice que me fije en cómo me da golpes. Cada vez que lo hago mal me golpea para que preste atención y luego seguimos golpeándonos. Nunca se ha parado a explicarme las cosas como lo estoy haciendo contigo. Mi padre nunca a mostrado delicadeza conmigo.

-Sigues sin darme pena.

Te mostré un par de veces cómo lo hacía yo, y luego te corregí mientras tú lo hacías un par de veces, despacio.

-Ahora hazlo más rápido, golpea con fuerza.

-¿Así?

Golpeaste al aire un par de veces.

-Bien, no lo haces nada mal. Ahora, golpéame a mi. Dame con fuerzas, ódiame con golpes.

Me puse delante de ti y me sujeté las manos por detrás del cuerpo, dejándote el torso y el abdomen completamente descubierto.

-¿Y ya está? ¿Me vas a dejar que te golpee sin más?

-Tú me odias, ¿no? Y ningún golpe que me des me hará más daño de lo que me lo han hecho ya. Así que dame sin miedo, si me canso te lo diré.

Sonreíste de tal manera que hasta sentí miedo. Pero fue solo un momento, te acercaste y me diste el primer golpe en el pecho. Te felicité porque lo hiciste bien, pero te animé a golpearme más fuerte. Cada vez me golpeabas más rápido y yo te iba corrigiendo si hacías algo mal. Te iba dando instrucciones y tú ibas asimilándolas sin dejar de golpearme. Llegó un punto en el que no te contenías en absoluto, me diste algún golpe en la mandíbula, y empecé a esquivar esos golpes que me lanzabas a la cara, habías hecho que me mordiese la lengua, y habías sonreído cuando te lo dije, por ello habías seguido intentando golpearme de nuevo, pero como no me acertabas, seguiste golpeándome el pecho y el abdomen, porque esos nos los esquivaba.

Por fin te cansaste y te dejaste caer al suelo. A mi me dolía todo el cuerpo de tus golpes y de hacer fuerza en los abdominales y los pectorales para asimilar el impacto de tus golpes. Tenías una sonrisa de oreja a oreja. Y mientras mirabas al cielo tan sonriente, me fijé en tus ojos sin querer. Negros. Eres la primera persona que conozco que tiene los ojos negros. Dejé de mirarte antes de que te dieras cuenta. El sol casi se había ocultado por completo.

-Va a hacerse de noche. Deberíamos volver cuanto antes.

Cogiste tus zapatos y comenzaste a andar hacia las escaleras. Yo cogí mis zapatos también y la bicicleta y te seguí. Al principio fuimos en silencio, como cuando habíamos venido.


-¿Puedo preguntarte algo?

-Sí, lo que no puedes es exigir que te responda. Pero puedes preguntarme sin miedo.

-¿Por qué nunca te defiendes de las acusaciones de los chicos con los que te peleas ni de los profesores?

-Porque de verdad, lo que busco no es la pelea. Solo me pego con los que son de mi edad o mayores, los que pueden hacerme frente o hacerme daño, siempre ha sido así. No me interesan los castigos ni las venganzas ni toda esa parafernalia. Para mi, solo es un entrenamiento, golpes que me hacen más duro, más rápido, más ágil, más listo. Que me odien, que me castiguen, que me prometan la muerte o me juren una paliza me trae sin cuidado, si vuelven, los acepto sin miramientos. Nos damos unas cuantas tortas y otra vez lo mismo, hasta que se cansan.

-Yo sigo pensando que de verdad eres un gilipollas. ¿Por eso me has dejado pegarte ahora? ¿Era un entrenamiento?

-No se qué ha sido. Me odias y lo acepto. Querías pegarme y te he ayudado a hacerlo, eso es todo. No tiene ni significado ni más sentido que el que tiene. ¿Puedo hacerte yo una pregunta a ti?

-Sí, pero no esperes que te responda.

-¿Por qué te detuviste? ¿Por qué no seguiste de largo? ¿Por qué me ayudaste?

Pero no me respondiste. Seguimos en silencio hasta que llegamos al final de la cuesta donde nos habíamos encontrado. Aprovechaste para ponerte una chaqueta y luego tomaste la bicicleta.

-Gracias, Isabel. Por haberme ayudado a escapar hoy. Siento que te hayas perdido tus clases de hoy.

-Lo de hoy no cambia nada. Te odio, Ceneska. Eso no cambiará.

-Eso espero, voy a seguir escupiendo a tu cara cada mañana.

Me diste un último bofetón y te fuiste, con tu odio en tus ojos negros.

Al llegar a casa, mi madre me recibió a gritos y me prohibió la cena por haberme escapado. Mi padre, por el contrario, me llevó al garaje un bocadillo. Me dejó que me lo comiera y luego comenzó a entrenarme. Me recordó que no estaba bien lo que había hecho, ni el golpe bajo ni la huida. Me felicitó por haberlo pillado con la guardia baja, me confesó que no se lo había esperado. Y me felicitó con una sucesión de golpes que me dejaron en el suelo sin respiración. Me dejó descansar solo después de que le conté que había estado en la playa. Los 40 km que había hecho en bicicleta le parecían un buen ejercicio. Ni me preguntó por ti ni me preguntó si estaba bien, solo se quitó los guantes y se fue a dar una ducha antes de acostarse a dormir. Así que no supo cuanto tardé en levantarme del suelo ni lo dolorido que estaba. ¿Cuándo le había importado a él eso?

Por suerte, como los domingos siempre se los tomaba con calma, el lunes fui ileso a clase. Creí que sería un día normal, como cualquier otro, y salvo porque nuestras miradas se cruzaron un momento, así fue. Incluso te adelanté con la bicicleta tanto a la ida como a la vuelta como de costumbre. Ya ves, un día normal.

La excusa de que tenía deberes nunca había funcionado con mi padre para saltarme los entrenamientos, aunque fuese verdad. Muchas veces tenía que quedarme despierto hasta tarde para poder terminarlos. Pero de domingo a jueves mi padre lo tomaba con calma. Sí me exigía que los hiciera, por ello los entrenamientos eran más cortos, pero eso no me libraba de mis asaltas diarios con él. Ya no acababa por los suelos como siempre, pero él siempre me daba más golpes y más fuertes de los que le daba yo a él. Para colmo, me hacía contar cuantos golpes acertábamos, y me hacía llevar la cuenta de ambos en voz alta. Por si estar todo el tiempo pendiente de sus puños no era suficiente. Pero al final era costumbre, me había acostumbrado de tal forma que era casi algo inconsciente. Me salía de forma natural.

Por la noche, después de cenar y ducharme, volví a mi cuarto para terminar los deberes, y entonces encontré tu nota. Espérame. Era todo cuanto habías escrito, ni un motivo, ni un lugar, ni un día ni una hora. Ni tan siquiera tu nombre. Pero sabía que la nota era tuya. Aun así no te hice caso y fui como cualquier otro día al instituto. No te adelanté por el camino, ni te vi. Pero, a la hora del descanso, cuando salí del servicio, me estabas esperando fuera. Te acercaste con tu mirada llena de odio y me abofeteaste con todas tus fuerzas. Te sonreí y traté de mirarte de esa forma que decías, aunque la verdad es que no tengo ni idea de como miro a la gente. Te volviste a darme otra bofetada y te fuiste.

Comí tranquilo mientras mis padres veían la televisión, hice algo de ejercicios antes del entrenamiento. Fue una tarde cotidiana, como cualquier otra. Salvo porque, como la noche anterior, tenía una nota tuya en mitad del libro, otra vez con la palabra “espérame” escrita en ella.

El miércoles por la mañana no me atreví a ignorarte, y por eso esperé al final de la calle con mi bicicleta. No tardaste mucho en aparecer. Venías en tu bicicleta, me mirabas con desprecio.

-Deja tu bici en tu casa. Vas a llevarme, y para eso es mejor la mía.

Te habías parado a mi lado, te habías bajado y sentado detrás, sujetando la bicicleta por el sillín. Y no pude más que reírme. Te acercaste entonces y me diste un bofetón.

-Date prisa o me harás llegar tarde.

Incapaz de creerte, subí a toda prisa la cuesta de mi calle y dejé la bicicleta en la entrada, pero antes le había desinflado la rueda de delante, para que mi padre no me dijese nada. Bajé corriendo y allí seguías, esperando en la calle, sentada en la parte de detrás de tu bicicleta. Me puse la mochila por delante y subí.

-¿Y por qué tengo que llevarte?

-Aun tengo agujetas en los brazos del otro día. No pude practicar con el violín el domingo porque me dolían las manos, y el lunes me regañaron en la clase por no haber practicado lo suficiente y haber faltado a una clase. Han llamado a mis padres y me han castigado por haber faltado a clase y ser una persona irresponsable, y les he mentido para no decirles que estaba contigo. ¿Te parecen pocos motivos?

-No, son suficientes. La verdad es que no creo que ninguno sea motivo por el que te tenga que llevar a clase, pero bueno.

Me golpeaste en los riñones con el puño.

-Te odio. Si ningún motivo te parece suficiente, ¿qué tal ese?

Me reí y volviste a golpearme. Poco antes de llegar, me pediste que parara y que me bajara. Te subiste delante y te fuiste sin mi hasta el instituto. Me quedé perplejo un momento, pero luego comencé a caminar con las manos en los bolsillos.

Ese día ni me miraste ni me esperaste para golpearme. Pero cuando terminaron las clases y salí corriendo para casa, para no retrasarme, me encontré conque me estabas esperando. Y cuando me acerqué, me diste una bofetada.

-¿Por qué has tardado tanto? ¿No ves que voy a llegar tarde a casa?

Alucinando, volví a subir delante tras haberme colocado la mochila por el pecho, y te llevé hasta mi calle.

-¿Mañana también te tengo que llevar?

Me diste una bofetada y te fuiste.

-Supongo que eso es un sí.

Y no me equivocaba. No me molesté ni en bajar la bicicleta por si los casos, en cuanto llegaste, me cambié la mochila mientras te sentabas detrás y te llevé hasta el mismo sitio del día anterior. Tampoco me miraste ni me abofeteaste, en clase. Y como esa vez me di aun más prisa en salir, tampoco me golpeaste cuando llegué para llevarte a casa.

-Hasta mañana, Isabel.

Me miraste, con ese odio tuyo tan característico, y me abofeteaste. Yo no podía más que reír cada vez que lo hacías. Y eso conllevaba a que me dieses otra bofetada. Luego te fuiste.

El viernes parecía ser un día más, pero no fue así. Te recogí por la mañana, o más bien tú a mi, como de costumbre, fuimos sin decirnos nada y sin que me golpeases. Me detuve donde siempre.

-Hasta luego Isabel.

Me diste una bofetada, e iba a reírme justo cuando alguien gritó a nuestras espaldas. Tu cara al girarte fue un poema, y por eso me reí, quizá más que de costumbre y de lo que debía. Tenía que ser tu novio. Lo miré, pero no lo reconocí. ¿De verdad me había pegado con él? Aunque creo que no recuerdo especialmente a nadie con el que me haya peleado, pero bueno.

Llegó a la carrera y me empujó.

-¿Se puede saber qué haces con mi novia? -Se giró y te miró, te acarició el hombro, como si fuera algo... no se. Como si fuera algo. -¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?

-Sí, estoy bien. No tiene importancia. Solo se me ha cruzado delante y casi me caigo al frenar.

Yo no podía dejar de sonreír de incredulidad. Tu novio se giró otra vez y mi expresión debió de cabrearlo mucho.

-¡A caso te hace gracia!

-Sí, no tienes ni idea de cuanta.

Te miré y me devolviste esa mirada tuya.

-Deja de mirarla.

-¿Cómo?

-¡Que no la mires!

Incapaz de continuar, me puse a andar de camino al instituto. Cuando llamaste a tu novio miré por encima del hombro y vi que había comenzado a acercarse a mi, pero se había vuelto al escucharte. Así que llegué sin altercados al instituto, cosa que no continuó más que hasta el descanso. Tu novio, que estaba en otro bachiller, vino a buscarme a la hora del almuerzo para buscar pelea, habían venido un par de amigos suyos. Me estaba emocionando, la verdad es que llevaba tiempo sin pelearme, y a pesar de que es cierto de que lo detestaba, esa vez, me apetecía de verdad golpear a la otra persona. Y aunque lo pensaba como otro entrenamiento, no lo sentía así. Así que cuando acepté sus exigencias y salí al patio, nos colocamos el uno delante del otro como en una pelea normal, rodeados de gente de todo el instituto. No teníamos mucho tiempo antes de que llegase un profesor, así que comenzamos a acercarnos el uno al otro, y en cuanto trató de golpearme, esquivé su derecha y comencé a darle por todas partes, sin darle tiempo a reaccionar. ¿A caso nadie recordaba nunca, que al final siempre ganaba yo? No solo eso, sino que ganaba por goleada. Pocos me acertaban un par de golpes, que no me hacían nada. Pero esta vez fue diferente, por supuesto, apenas había empezado cuando alguien me tiró del cuello de la camisa desde detrás. Pensé que sería uno de sus amigos, y me giré dispuesto a destrozarle la cara. Pero eras tú. Dejé caer el brazo, y me diste una bofetada. Ni si quiera traté de esquivarla. Me mirabas con todo tu odio concentrado. Pero esta vez no me reí, te devolví tu mirada. Pero no me duró ni un segundo, que fue todo lo que tardaste en empezar a llorar. Me quedé boquiabierto y volviste a darme otra bofetada mientras tus lágrimas se derramaban, luego me empujaste para pasar a mi lado y te acercaste a tu novio, que estaba de rodillas en el suelo. ¿Tan fuerte le había dado?

Llegó el profesor y nos fuimos al despacho del director los tres. Él no se encontraba muy bien para andar por si solo. El director nos interrogó en busca de respuestas, para saber qué había ocurrido y por qué. Como siempre, me quedé callado. Ni traté de defenderme ni dije nada al respecto. No tengo ni idea de qué fue lo que dijo tu novio, solo se que tú no dijiste tampoco ni una palabra, te limitaste a decir que habías llegado cuando ya había acabado. El veredicto fue expulsión durante 3 días. No me incorporaría a las clases hasta el jueves de la siguiente semana. Me hicieron volver a la clase a por mis cosas antes de que acabara el recreo. Lo encontré todo tirado por el suelo, me reí ante aquella situación. Había basura tirada también sobre mis cosas. Lo recogí todo, lo guardé dentro de la mochila y volví a la dirección. No se que fue de ti ni de tu novio, cuando volví solo estaba el director. Volvió a preguntarme si tenía algo que decir, pero negué.

-Siempre ha sido así. Te encuentran metido en medio de una pelea, unas veces estas en pie y otras por los suelos, y nunca dices nada. Todo lo que sabemos de tus peleas es lo que nos cuenta la otra parte; siempre empiezas tú, sin ningún motivo, los atacas por la espalda y sin avisar. ¿Acaso te crees que me lo creo? No es que me fuera a creer lo que me contaras tú, pero por lo menos mostrarías un poco de interés en decir que no eres el culpable. Seas o no el que empieza, eres el que lo acaba, y siempre te llevas la culpa por no tratar de demostrar lo contrario. Eres un buen alumno, sacas buenas notas. No eres ni de lejos el mejor de la clase, pero hay la misma distancia respecto al peor de la clase. Los profesores solo tienen una queja, si puedes evitarlo, nunca participas en las clases, y aunque estás atento y tomas notas, nunca muestras interés por nada. ¿De verdad te da todo igual?

No respondí, nunca lo hago. El director se cansó y se marchó, dejándome solo. Quería odiarte de verdad, todo era culpa tuya, y no habías dicho ni una sola palabra en mi defensa. Tampoco lo esperaba, pero... Solo quería odiarte, pero cuando te vi llorar, no pude hacerlo. Y por ello quise odiarte más aun, sin conseguirlo.

Terminaron las clases, el director me dio una carta para que se la entregase a mis padres. Todo el instituto se apartó de mi mientras salía, muchos me miraban. El rumor no había tardado en extenderse, a saber lleno de mentiras y exageraciones. Solo había sido una pelea más.

Cuando llegué a donde siempre, allí estabas tú, esperando. Mostrándome todo tu desprecio y arrogancia. Niña mimada y consentida... Y seguía sin poder odiarte, y eso me enfurecía.

Me puse la mochila por delante y subí a la bicicleta. No esperé a que te preparases ni te agarrases, comencé a pedalear con fuerza, y pronto ganamos velocidad.

-¿Por qué? -Pero no respondiste. Así que bajé la velocidad. -Quiero saberlo. Me debes una respuesta. Tu novio ha venido a pegarme, me he defendido y me han expulsado 3 días. Y a él solo lo han arrestado 1 día sin recreo, y no has dicho ni una sola palabra. ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo? ¿Tan profundo es tu odio hacia mi? ¿Tanto me desprecias?

-Vete a la mierda.

-Vete tú a la mierda, Isabel. Te he llevado todos estos días a clase como un esclavo, he aguantado todos tus golpes sin queja, todos tus insultos, todo tu desprecio y tu odio. Y lo único que recibo es más desprecio y odio, de ti, de tus amigos, del instituto.

-Te odio.

-Eso ya lo se. No te preocupes, puedo seguir soportándolo.

Continuamos en silencio hasta mi calle. Se nos hizo un poco tarde, pero no dijiste nada. Cuando me detuve y me bajé, te miré y me sostuviste la mirada.

-Te odio.

-Pues estás de suerte, vas a tener un largo fin de semana sin verme. -Me diste una bofetada, y me pusiste más furioso. -Siento no poder llevarte a clase estos días que voy a faltar por culpa tuya, espero que no te lastimes las piernas haciendo algo de ejercicio. -Y me diste otra bofetada llena de odio. -Que descanses, vas a necesitarlo. Pero no te preocupes, si lo deseas, el jueves seguiré con mi trabajo mal pagado de taxista.

Me mirabas a los ojos, con tanto odio que casi me golpeaba. Me diste más bofetadas, yo te dejé hacerlo, no te interrumpí ni traté de esquivarte. Solo te dejé golpearme. Entonces paraste sin más, jadeando.

-Te odio Ceneska.

Y te fuiste tan rápido como pudiste. No podía borrar la sonrisa de mi cara dolorida. Todo aquello era un jodido chiste, la chica que me gustaba no paraba de decirme que me odiaba, me había metido en una pelea por su culpa, me habías golpeado e insultado, y seguía sin poder odiarte, a pesar de todo el daño que me hacías. Pero el chiste perdió su gracia cuando me di la vuelta y vi a mi padre, en lo alto de la calle, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda apoyada sobre la pared de la entrada. En cuanto lo vi, asintió sonriente y entró.

No hizo ni un solo comentario mientras comíamos, solo se escuchaba la tele de fondo, lo que aun me asustaba más. Mi madre, aunque no estaba seguro de si sabía lo que pasaba o no, tampoco dijo nada. Respetaba y compartía el silencio de su marido.

Después de comer fui a mi cuarto a hacer los deberes, aunque lo cierto era que iba a tener tiempo de sobra para hacerlos. No podía dejar de mirar el reloj, temiendo la hora en la que tendría que ir a entrenar con mi padre.

Cuando fui al garaje, llevaba el sobre en la mano que contenía la carta del director.

-No te preocupes por eso, déjalo ahí. De todas formas ya me lo ha contado por teléfono. Al parecer, vamos a tener tiempo para entrenar. -Yo me había quitado la camisa y me estaba poniendo los guantes. Mi padre acostumbraba a lanzarme golpes durante el calentamiento para comprobar que estaba en guardia. -Mira que pensaba, que por lo que me había contado el director, te había enseñado bien. Dice que te has peleado con un chico de tu edad, de tu misma altura y peso. Según el director, el otro chico dice que ha sido una pelea igualada, solo que tú lo atacaste por la espalda y lo pillaste desprevenido. Pero yo se que eso no ha sido así, ¿me equivoco? -Negué con la cabeza mientras hacia rotaciones en las articulaciones. -No eres un cobarde, tú vas de frente, como tu padre. Eso es lo que te he enseñado. El director también me ha contado que el otro chico tenía que andar con ayuda, y que tú no presentabas ningún golpe ni ningún dolor. ¿Cuantos golpes te dio antes de caer al suelo?

-Ninguno.

-¡Ese es mi hijo! ¿Ves? Eso es lo que te he enseñado. Esquivas y golpeas. Esquivas y golpeas. -Me lanzó un golpe directo a la cara, lo esquivé y le lancé uno yo, que también esquivo. -¿Ves? Justo así. Eres bueno, hijo mío, te mueves bien, como tu padre. Tienes un buen centro, buenos reflejos, velocidad... -Me lanzó dos golpes más que esquivé y respondí. -Así que explícame, -y entonces se le borró la sonrisa de la cara y se puso serio. Con una expresión en el rostro que hacía mucho tiempo había aprendido su significado; dolor. -¿Cómo es posible que una niña te de todos esas bofetadas sin que tú hagas nada? No esquivas y no respondes. Eso, no es lo que yo te he enseñado. -Me lanzó un golpe que esquivé, pero el siguiente me dio en la guardia del codo- ¿A mi no me dejas que te pegue? -Me lanzó más golpes, esquivaba algunos y otros los desviaba, alguno me llegaba a las guardias. -¿Tampoco vas a responderme a mi? ¿Tienes miedo de que te acierte un golpe? ¿Tienes miedo del dolor?

Mi padre dejó de hablar entonces. Había comenzado el combate real. Sus golpes eran cada vez más seguidos y más certeros, el también estaba calentando al principio. Ahora los dos nos lanzábamos golpes el uno al otro con la intención de noquearnos.

-¡Cuenta en voz alta! -Pero no lo hice, llevaba la cuenta mentalmente, pero no lo decía en voz alta.- O cuentas tú, o voy a buscar a tu amiga para que lo haga ella.

-No.

-¿Cómo?

Mi padre, si te traía, te haría daño. Fuese del modo que fuese. Y no quería que te acercases más que al final de la calle a mi casa. Mi padre perdió la concentración un momento con mi respuesta. Nunca le había negado nada en toda mi vida, no se lo esperaba para nada en absoluto. Bajó la guardia un instante, y fue cuanto necesité. Le di un directo en la cara, y cuando subió la guardia le di una sucesión de golpes bajo las costillas. Trató de golpearme y lo esquivé, volví a golpearle en la cara.

No era la primera vez que le golpeaba, pero era la primera vez que me sentía capaz de ganar un combate, de enfrentarlo. Es cierto, se había distraído. Eso era lo que me había dado la ventaja, pero eso era cuanto necesitaba. Y por primera vez, sentí que podía plantarle cara.

Continuamos el combate, mi padre me acertó unos cuantos golpes importantes, pero fui yo quien, por primera vez, consiguió tumbarlo.

-Primer asalto, he acertado más golpes y te he tirado al suelo. Puedes remontarme con facilidad, puedes darme otra paliza mientras seguimos entrenando. Puedes dejarme KO., ambos los sabemos. Pero por primera vez, te he ganado un asalto, padre. Y te prometo que no será el último.

Antes de que pudiese levantarse, me quité los guantes y los tiré por el camino. Salí corriendo calle abajo, y como el viernes anterior, te vi, esta vez yo a ti.

-¡Isabel! -Te giraste para verme y casi te caes. Frenaste y me esperaste mientras corría hacia ti. Cuando estuve cerca, me diste una bofetada, no había forma de que borrases esa expresión de odio de tu rostro, casi me dolía mirar tus ojos negros. -Déjame subir, por favor.

Volviste a darme una bofetada. Pero te sentaste detrás y me dejaste subir. Fuimos en silencio todo el camino, otra vez a la playa. Bajamos y nos sentamos donde la vez anterior. Llevábamos 2 horas en silencio desde que nos habíamos encontrado bajo mi calle. No me atrevía a mirarte si quiera.

-Hoy, volvía a entrenar con mi padre. Le ha dado igual que me peleara con tu novio y que me expulsaran. ¿Te das cuenta? Aun así, estaba raro. Y yo sabía más o menos por qué. Estaba hablando conmigo, conteniéndose, pero con ganas de golpearme. Estaba en la puerta cuando llegamos, y te vio golpearme y a mi quedarme quieto. Mi padre no entiende de sexos o de diferencias, para él todo el mundo es un rival. Tengo 16 años, y te aseguro que no mide su fuerza. Para él, lo que ha visto es un insulto. Para él, que te deje golpearme y ni te esquive ni te golpee es un insulto a su trabajo, su profesión y pasión, y al entrenamiento que tan duramente se ha esforzado por darme. Estaba realmente enfadado por ello, y quería castigarme. Pero... -Miré al cielo un momento, para coger aire y poder continuar. Luego volví a mirar al horizonte. -Me preguntó varias veces que por qué no me había defendido. Que si en el instituto lo había hecho tan bien, y que con él sí que esquivaba y golpeaba, porqué no lo había hecho contigo. Y como no le he respondido, sugirió que iba a llamarte para que participaras en nuestros entrenamientos. Y me he negado. Por primera vez en toda mi vida le he negado algo a mi padre, y los dos hemos sido consientes. Se sorprendió y se despistó un momento, y lo he aprovechado para darle con todas mis ganas. He conseguido tirarlo al suelo. En boxeo, cuando tiras a tu oponente al suelo, es un gran logro. No significa que vayas a ganar el combate, en este caso, mi padre seguramente me habría dado una paliza de muerte. Pero, el primero que lanza al otro al suelo, tiene más posibilidades de ganar. En este caso, he vuelto a huir de mi padre, porque sabía que me mandaría al hospital. Pero le he ganado un asalto, por primera vez. Y todo porque quería protegerte. Y quería protegerte por lo mismo que aguanto tus golpes, tus insultos, que me utilices para llevarte a clase en bicicleta y que mientas y te burles de mi. Porque me gustas.

Te miré entonces, y me sostuviste la mirada.

-Te odio. -Te acercaste y me diste una bofetada. Y luego otra más. Conté seis bofetadas, la séptima, apoyaste la mano en mi mejilla y comenzaste a llorar. Entonces te tomé en mis brazos y dejaste que te acunara en mi pecho. -Te odio.

No dejaste de repetirlo mientras llorabas. Pero en cuanto te calmaste, no volvimos a decir ni una sola palabra hasta que oscureció. Nos fuimos de la playa y te llevé de regreso a mi calle. Al llegar, me bajé y me quedé sujetando el manillar mientras tú te bajabas.

-Isabel. ¿Por qué me odias tanto? De verdad que no entiendo qué es lo que he hecho para que me desprecies de esa forma.

-Te peleaste con mi hermano, y te has vuelto a pelear con mi novio.

-Y una mierda. No es eso. No recuerdo las veces anteriores, pero sabes que no ha sido culpa mía. Pudiste haberlo evitado, pero decidiste que era mejor que yo cargara con la culpa y que tu novio quisiera partirme la cara.

-Ya no es mi novio, deja de llamarlo así. La última vez fue igual, íbamos los dos andando, yo llevaba la bici a mi lado, pasaste a toda velocidad a nuestro lado, yo me distraje al mirarte, perdí el equilibrio y me caí. Él decidió echarte la culpa y yo no dije nada para impedirlo, así que cuando fue a pegarse contigo, le diste una paliza. Y pasó lo mismo con mi hermano, de eso hace aun más tiempo. Me estaba gritando por algo, no recuerdo el qué, y tú estabas cerca. Evidentemente, ni te acuerdas, y no sabías que era mi hermano, claro está. Te acercaste y lo empujaste, y como mi hermano estaba enfadado conmigo, te golpeó. Eras bastante más pequeño, que ahora y que él, y aun así le hiciste frente. Os expulsaron a los dos.

-¿Me odias porque... ? No, estoy intentando buscarle sentido y no lo entiendo. Las dos veces que le he pegado a tu novio, no fue culpa mía. Y la única vez que me peleé con tu hermano, fue para defenderte. ¿Me estás diciendo que me odias, por que sí? ¿Eres estúpida?

Me diste una bofetada. Quizá me la merecía por haberte insultado. Pero, entonces, ¿qué es lo que merecías tú? Y entonces, cuando más deseaba odiarte, con la misma mano que me habías golpeado, te apoyaste en mi pecho y me besaste. Te separaste y nos miramos a los ojos. Trataste de mirarme con el desprecio habitual, pero no te funcionó, ahora sabía que no me odiabas, pero todo seguía sin tener sentido. Empezaste a llorar de nuevo y te apoyaste en mi pecho.

-Te odio. Maldita sea, te odio con toda mi alma. Te odio.

Volviste a separarte de mi pecho, me besaste otra ves, más breve que la vez anterior, te subiste en tu bicicleta y te fuiste tan rápido como te dieron las piernas.

Al llegar a casa mi padre me esperaba con los guantes puestos, entré directamente en el garaje y me puse los guantes. Me dio una paliza.

-Mañana contarás los golpes en voz alta. ¿Entendido?

Asentí. Me di una ducha y me fui a dormir.

Al día siguiente, conté los golpes es voz alta, como me había dicho. Y la paliza fue menor. Tanto por la mañana como por la noche terminé los deberes. Ni mi padre ni mi madre hablaban conmigo. No creía que mi padre siguiese enfadado conmigo, pero tampoco sabía que le pasaba por la cabeza.

El domingo no tenía deberes, así que, todo el tiempo que no estaba con mi padre, lo pasaba leyendo, tratando de no pensar en ti. Pero no lo conseguía. Normalmente mi padre se toma los domingos más a la ligera, pero como estaba expulsado hasta el jueves, no tendría descanso hasta el miércoles, para que hubiese tiempo de que se disimulasen las secuelas de nuestros entrenamientos.

Como no dejaba de pensar en ti, recibí más golpes que de costumbre, uno de ellos me dejó el ojo morado. Y como no podía dejar de pensar en ti, te esperé debajo de la calle cuando terminó el instituto hasta que por fin pasaste. No traté ni de detenerte, ni si quiera podía mirarte. Pero te detuviste de todas formas.

-Qué te ha pasado en el ojo.

-He estado entrenando.

-Llévame.

-¿A dónde?

-A mi casa.

Te sentaste detrás y me subí delante.

-No se donde vives.

-Yo te guío. No está lejos.

Y era cierto. Vivías a 10 minutos de mi casa. Cuando llegamos, nos bajamos de la bicicleta y te la ofrecí para que pudieses entrar a casa.

-Quédate.

-No puedo. Me esperan para comer, así que tengo que volver deprisa.

-No quiero que te vayas, no quiero que te quedes allí para que tu padre te siga golpeando.

-¿Y a dónde quieres que vaya? Tengo 16 años, no tengo dinero para huir ni familia que pueda encargarse de mi.

-Quédate conmigo. Espérame en tu calle a las 5, pasaré para ir a clase y nos iremos a la playa. Y luego vendrás aquí conmigo.

No me dejaste decir nada más. Entraste en tu casa y yo tuve que irme.

Comí, mis padres seguían sin dirigirme la palabra, cosa que no me sorprendía, era lo habitual. Pero, cuando terminamos de comer, detuve a mi padre antes de que se fuese al salón.

-Voy a ir con un amigo, para tomar nota de las clases que me he perdido y hacer los deberes que han mandado.

-Tienes huevos para mentirme. Pero está bien, mientras no vuelvas tarde para entrenar.

Me fui a mi cuarto, cogí un par de cuadernos, una sudadera y un pantalón corto. Antes de salir, le dejé una nota en el garaje a mi padre.

“Hoy no volveré a dormir, mañana entrenaremos el doble”

Bajé a la calle y esperé hasta que llegaste. Fuimos en silencio hasta la playa, bajamos y nos sentamos el uno al lado del otro.

-¿Te duele?

-¿Sabes que tengo un millón de preguntas que hacerte?

-¿Te duele o no?

-No.

Te acercaste y te sentaste entre mis piernas, y dejaste caer el peso de tu cuerpo sobre el mío.

-Las preguntas del primer día, aun no las respondí. Yo sí he sabido siempre dónde vivías, y ese día al acercarme iba pensando en cuanto te odiaba, y preguntándome por qué serías tan arrogante, tan detestable, y justo te vi allí parado. Me hizo gracia la coincidencia y sonreí como una idiota. Supongo que te diste cuenta. Me miraste, y por primera vez no estabas siendo arrogante, sentí curiosidad y me detuve por ese motivo. Entonces vi a tu padre en lo alto de la calle, sentí miedo. Entonces me pediste ayuda, noté en tu voz que también tenías miedo, y por eso te ayudé. Esa es la respuesta a esas preguntas. ¿Por qué te odio? Eso es más complicado.

-Creo que no me odias.

-¡Pues claro que te odio! Te odio, cada vez más, sobre todo estos últimos años. Llevamos juntos desde la guardería. Siempre en la misma clase. Ya, no lo recuerdas, yo tampoco. Pero tengo fotos, fotos contigo desde que teníamos 4 años. Tengo una foto en la que apareces de cada curso que hemos estado juntos, y han sido todos desde la guardería. Mi madre me contó que, con 4 años, éramos novios. Me lo contó cuando empezamos el instituto, al ver de nuevo tu foto. Yo no me lo creía, pero me enseñó las fotos, y en una de ellas salimos los dos sonriendo, el uno al lado del otro. Traté de hablar contigo una vez, para contártelo, y preguntarte por qué motivo habíamos dejado de ser amigos. Pero no te molestaste en mirarme mientras te hablaba. Ya, supongo que tampoco lo recuerdas. Lo intenté un par de veces, siempre con el mismo resultado. Y por desgracia, todos estos años hemos compartido clase, y he tenido que ver como me ignorabas año tras año. Al principio me hacía daño, pero luego comencé a odiarte. Mirabas a todo el mundo con tanto desprecio... Y entonces comenzaste a pelearte con todo el mundo. No tenías respeto por nada ni por nadie. Solo buscabas que, como tu dices, te partieran la cara. Pero pasaron 2 años y entonces eras tú el que le partía la cara a todo el mundo, no importaba que fueran mayores que tú, ni más altos ni más fuertes. Tú aguantabas los golpes y los devolvías con más fuerza. Uno de esos chicos fue mi hermano, y mi odio se intensificó... Pero no, no fue porque le pegases a mi hermano, se lo merecía. Fue porque, por un momento, pensé que todo había sido fingido, que en realidad sí sabías quien era, y no me habías ignorado todo ese tiempo, me alegré y me enfadé a la vez. Pero traté otra vez de hablar contigo, y obtuve el mismo resultado, así que te odié más aun por ello, si acaso era posible. Y te odio porque llevas toda la vida a mi lado como si no existiese. Y no hay nada más doloroso que ver que no existes para la persona de la que llevas toda la vida enamorada. Así que sí, te odio. Te odio con toda mi alma. Te odio, Ceneska, como nunca he odiado a nadie. Te odio porque te quiero como nunca he querido a nadie, a pesar de que me encantaría odiarte por toda la eternidad.

Yo te abrazaba y tú llorabas. Quizá ahora las cosas tenían un poco más de sentido, pero solo un poco. Te giraste y me diste una bofetada.

-Te odio.

Luego me besaste. Te tomé en mis brazos y te acuné en mi pecho. Estuviste un largo rato llorando, mientras seguías diciéndome cuanto me odiabas, abofeteándome y besándome. No te calmaste hasta el anochecer. Yo me pasé todo el tiempo limpiando tu rostro de lágrimas. Y cada vez que me quedaba mirando tus ojos negros, veía toda esa furia contenida, que se iba deshaciendo con cada bofetada, con cada palabra tuya y cada beso.

Ya no llorabas, tampoco hablabas, ni me besabas. Solo me sostenías la mirada, abrazada a mi, acunada entre mis brazos y mi pecho. Me seguías mirando con ese odio, pero yo llevaba toda la tarde estudiándote; y es cierto, me odiabas, pero solo porque estabas enamorada de mi. No había más sentido que ese para tu mirada. Y sabía entonces que nunca dejarías de mirarme de esa forma. Me acariciaste la mejilla que llevabas todo el tiempo golpeándome, me besaste y entonces te levantaste. Te imité, era el momento de ir a casa.

Fuimos todo el camino en silencio. Ibas abrazada a mi y por eso fui tan despacio. Estaba disfrutando de la brisa de la noche y tu compañía. No sabía que iba a pasar una vez que llegásemos a tu casa, y por miedo a separarnos iba despacio, alargando el momento.

Me detuve en la entrada de tu casa y nos bajamos, tomaste la bicicleta y me pediste que fuera en silencio hasta la ventana de tu habitación, por fuera de la casa, y que te esperase allí. Y así lo hice en cuanto entraste. Esperé un buen rato, pero no me importó, abriste por fin la ventana y me dejaste entrar. Compartimos tu cena, evidentemente tus padres no sabían que iba a pasar la noche contigo, no me distraje mucho tiempo estudiando tu cuarto aquella noche, por suerte tenías un baño para ti sola en la habitación y no tenía que salir ni exponerme a que nos descubriesen, y mientras te lavabas los dientes yo aproveché para estudiar tu cuarto, y aprender más de ti. También había aprovechado para cambiarme de pantalones y descalzarme, estaba sentado en la cama de espaldas a ti cuando saliste. Te acercaste y te metiste debajo de las sábanas, y antes de darme la espalda, las apartaste por mi lado, invitándome a entrar. Apagaste la luz en cuanto me metí dentro.

-Abrázame, y no me sueltes hasta que despierte.

Permaneciste de espaldas a mi un buen rato. Pero sabía que no dormías, por el mismo motivo por el que yo no podía hacerlo. Así que te diste la vuelta, tanteaste mi rostro con tu mano y acercaste tus labios a los míos. Luego te agarraste a mi pecho y escondiste allí tu rostro. Yo, muerto de miedo, lo rescaté de allí también con mi mano, busqué tus labios con mis dedos, los acaricié por primera vez, y allí, en tu cama, en la oscuridad de la noche, te besé por primera vez.

-Te quiero, Isabel.



Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario