Esa es la historia del primer beso que te di. Nos dimos unos cuantos besos más antes de quedarnos dormidos. Por la mañana también compartimos el desayuno, salí por la ventana después de vestirme y te esperé fuera. Te llevé hasta el instituto, te dejé donde siempre te había dejado, y nos besamos antes de que nos separáramos. Cuando llegué a casa fui directamente al garaje, mi padre me estaba esperando allí. Había calentado por el camino, así que en cuanto me puse los guantes fui derecho a por él. Le gustó, y me lo demostró yendo en serio desde el primer momento.
Me cambié, me duché y fui a recogerte. Fui con bastante antelación, pues no podía estarme quieto esperando, prefería caminar y esperarte allí, junto a la parada del autobús que nadie usaba nunca, donde me habías pedido que me bajara la primera vez que te llevé. Cuando llegaste, te esperaba en pie. Tomé la bicicleta y esperé a que te bajaras, entonces te acercaste y me besaste. Y luego me diste una bofetada.
-Aun te odio.
Te miré a los ojos, y ahí estaba. Tu odio, mi odio. Pero coloqué mi mano en tu mejilla y me acerqué sin dejar de mirarte, y te hiciste diminuta y tu odio me temió mientras cerrabas los ojos y alzabas el rostro para que te besara. Nos separamos y volví a mirarte a los ojos, y ya no me odiabas, pero solo durante un momento. Pestañeaste y el odio volvió, y entonces volviste a darme una bofetada. Luego te subiste detrás y me esperaste para que te llevara a casa.
-¿Qué vas a hacer hoy?
-Tengo clase de violín, y no quiero faltar. ¿Y tú?
-Entrenar, por supuesto. Hoy tengo sesión doble por haberme fugado ayer.
-Lo siento.
-No tiene importancia. Mi padre se toma lo de entrenarme con mucha filosofía.
-No hagas bromas, por favor. Te odio, pero lo de tu padre es demasiado. Mira tu ojo.
-Ya lo tengo mucho mejor.
-Lo se, pero, ¿no va a dejar que se te cure?
-No. Solo no me dará ahí fuerte. No te preocupes, voy a estar bien.
Continuamos el resto del camino hasta su casa en silencio. Cuando desmontamos, te quedaste mirándome, y supe lo que ibas a hacer. Primero una bofetada.
-Te odio.
Y luego te acercaste, te tomé y nos besamos.
-Isabel... Me gustaría repetir.
-Ven, esta noche. Escápate de casa y ven a verme. Espera bajo la ventana hasta que te abra. -Volviste a besarme, luego te separaste y me diste una bofetada. -Te odio.
A pesar de que me pasé todo el tiempo pensando en ti, estuve concentrado durante el entrenamiento y conté los golpes en voz alta. Me duché y cené rápido, para poder irme a mi cuarto temprano. Mis padres nunca habían entrado después de que cenara en mi cuarto, por eso fui a tu casa, a pesar de que tenía miedo de que me descubrieran, y esperé debajo de tu ventana.
Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y abrazado a las rodillas, mirando el cielo. Justo pasó una estrella fugaz por encima, y pensé en que quería verte. En ese momento abriste la ventana. Lo primero que hice fue encogerme, pero luego me di cuenta de que eras tú. Cuando entré y cerré la ventana, tú ya estabas metida debajo de las sábanas dándome la espalda. Me metí debajo y te abracé. Entonces apagaste la luz y te giraste.
Estuvimos un rato despiertos sin movernos. No tardé demasiado en entrar en calor. Por fin separaste tu mano de mi pecho y tanteaste mi rostro. Cuando encontraste mis labios, te acercaste y me besaste. Te abracé con más fuerza para que no pudieras separarte y prolongamos el beso durante un buen rato. Noté como te caían algunas lágrimas mientras nos besábamos, pero no te separaste de mis labios.
Te quedaste dormida sobre mi pecho, y yo te seguí un poco después. Y nos despertamos en la misma forma en la que nos habíamos quedado dormidos, tú sobre mi pecho y yo rodeando tu cuerpo con mis brazos.
-Buenos días, Isabel.
Apenas llevaba unos minutos peinando tu cabello antes de que despertaras. Me sostuviste un momento la mirada, muy seria, luego cerraste tus ojos negros y sonreíste. Te alcé sobre mi pecho y te besé en los labios. Volviste a traer el desayuno mientras te hacía la cama y lo compartiste conmigo. Te cambiaste en el baño mientras yo esperaba sentado en el alfeizar de la ventana. No te escuché salir, y me asusté cuando me abrazaste por la espalda.
-¿Estás listo para llevarme a clase?
Asentí, entonces me diste un beso en la mejilla y me empujaste fuera.Cuando me levanté del suelo, ya habías cerrado la ventana, así que salí deprisa y te esperé en la calle. No tardaste en aparecer con la bicicleta a tu lado.
Fuiste todo el camino abrazada a mi.
-¿Hoy tienes clase de música?
-No, el miércoles es el único día que no. ¿Tú tienes entrenamiento?
-Todos los días de la semana, pero puedo escaquearme cuando quiera.
-¿Por qué lo has preguntado?
Se que no podías verme, pero sonreí. Como cuando me pegas y me río como un tonto. Solté una mano del manillar y te acaricié las tuyas, entrelazadas en mi cintura.
-Porque me gustaría estar contigo. Pensaba que era evidente.
Cuando llegamos a la parada del autobús, me golpeaste antes de irte con la bicicleta.
-Hasta luego, Isabel.
-Te odio, Ceneska.
Entrené con mi padre, me duché y me cambié. Luego fui a recogerte y te llevé hasta la puerta de tu casa. Solo hablamos sobre los deberes, ni acordamos vernos, ni nos besamos. No intercambiamos miradas ni caricias... Salvo por una bofetada antes de que entraras en tu casa. Y, aunque me hizo sentir un poco mal, quizá no hacía falta realmente. No me habías respondido nada, así que no sabía si tú también querías verme a mi o no. No me pediste que fuera a buscarte o que te esperara, nada. Y aun así, aunque tuve que esperarte un rato, apareciste con tu bicicleta. Nos colocamos en nuestras posiciones y te llevé a la playa.
Esta vez habías traído contigo una toalla que extendimos sobre la arena. Me senté, mirando al mar, y luego tú tomaste asiento entre mis piernas, apoyando tu espalda contra mi pecho. Te rodeé con mis brazos y me tomaste de las manos para abrigarte con ellas.
-¿De verdad te gusto?
Se me aceleró un poco el pulso al escuchar la pregunta. Por eso tardé un tiempo en responder.
-Sí.
-¿Desde cuándo?
-Antes de responderte, quiero disculparme de nuevo...
-No. Primero responde. Y si hace falta, luego te disculpas.
-¿Recuerdas la pelea con tu hermano? -Asentiste. -Siempre he ignorado a todo el mundo, desde el colegio. Es verdad, no recuerdo nada del colegio, tampoco a ti. Desde que recuerdo siempre he tratado de que todo me fuese indiferente... Pero nunca lo conseguí del todo contigo. No es que me hayas gustado desde siempre, pero, por decirlo de alguna manera, te ignoraba menos que al resto. Pero era imposible hacer como si no me interesara o como si no quisiera hablar contigo. Recuerdo cuando me hablaste y me preguntaste si te recordaba, pero lo cierto es que no. Me sentí estúpido, y por eso te ignoré, pero desde entonces siempre he estado mirándote, andando cerca de ti, así fue como tuve el altercado con tu hermano. Por desgracia, antes, siempre hemos estado en la misma clase, así que por más que me esforzara, siempre estamos cerca el uno del otro. Creo que me gustas desde ese día, pero siempre tuviste esa mirada que me hacía mantenerme donde estaba, fuera del contacto de todo el mundo, indiferente a los acontecimientos que tenían lugar a mi alrededor... Aunque se tratase de ti.
Estuvimos un rato en silencio, sin que ninguno de los dos se moviese del sitio. Yo volvía a escuchar mis palabras y trataba de imaginar qué era aquello que pensabas tanto. Entonces soltaste mis manos y me aterroricé, que te levantases no me ayudó en nada. ¿Era así de simple estropearlo?
Entonces te diste la vuelta y te sentaste frente a mi, pasaste las piernas por encima de las mías y te acercaste, rodeándome la cintura con ellas y cruzándolas a mi espalda. Yo no me atrevía a tomarte aun, estabas muy seria y no podía leer más que el odio habitual en tus ojos. Intuía que ibas a darme una bofetada, y lo estaba ansiando. Sabía que después todo estaría más claro.
Levantaste la mano y me diste una bofetada. Iba a sonreír, pero no pude más que inclinar la cabeza y mirar al suelo. Quería evitar seguir mirando a esos ojos negros, que siempre parecen que están vacíos de cualquier sentimiento agradable, en los que solo veo odio cuando me miran, pero no me dejaste. Me tomaste el rostro entre tus manos y me besaste en los labios.
-Dime, ¿por qué tienes que pedirme perdón?
-Por hacerte esperar, o por haber sido un capullo. Por ambas y más cosas. Por haberle pegado a tu hermano y a tu novio. Por hacerte enfadar, por molestarte... No se. Supongo que por todo, por cualquier cosa que te haya hecho daño. Por haber provocado que me odies de esa forma.
Volviste a besarme.
-Te odio, Ceneska. Por lo visto, más tiempo del que llevo gustándote. Y sin embargo, no he podido dejar de desear estar contigo. Por eso te odio, por hacerme desear a alguien que no mostraba el más mínimo interés hacia mi. Por eso te miro de esta forma. Pero ahora se, sabemos, que no era realmente así, que tú no me ignorabas, y que yo no te odio. Así que está bien. ¿De acuerdo?
Asentí. Entonces volviste a besarme y por fin me atreví a abrazarte. Disfrutamos del placer de nuestro abrazo con silenciosos besos durante un buen rato. El cielo iba tiñéndose de naranja sobre nosotros.
Llevábamos un rato tumbados el uno abrazado al otro, sin hacer nada más que disfrutar de nuestra compañía.
-Isabel, ¿aun quieres estar conmigo?
Me diste un golpe en el pecho, dónde tenías la mano apoyada. Y luego te incorporaste para besarme. Me miraste muy seria a los ojos, me costaba mantenerte la mirada.
-Llevaba dos años con un chico por el que no sentía nada, para intentar olvidarme de ti. No funcionó. Eres todo cuanto quiero, así que no vuelvas a preguntármelo. Porque te sigo odiando y no harías más que enfadarme.
Asentí y nos besamos. Volviste a tumbarte a mi lado y te abracé.
-Mañana vuelvo a clase.
-Lo se, ¿y?
-Que no se qué tengo que hacer. No como tendré que actuar o dónde deberé de estar.
-Mañana, vas a llevarme a clase como todas las mañanas. Iremos andando juntos desde la parada hasta la clase y me esperarás mientras ato la cadena. En la clase te sentarás en tu sitio de siempre y en el recreo andarás cerca de mi. Yo estaré con mis amigas, hablaremos de nuestras cosas y no quiero que me interrumpas. Cuando termine el instituto, andaremos un rato y luego me traerás en la bici. Te daré una bofetada y un beso, y te diré cuánto te odio. Así terminará la mañana, por la tarde ya no lo se. No se si nos veremos, tengo clase. Si puedes escaparte un rato podemos estar juntos, pero no debo faltar a más clases. ¿Te parece bien así?
Asentí. Se me ocurrió preguntarte si por casualidad éramos algo así como novios. Pero descarté la idea en el momento, seguro que me habrías dado muchos golpes por preguntarlo. Y tampoco te pregunté si podía ir a verte esa noche, fuimos en silencio todo el camino de vuelta, al llegar nos quedamos un rato en la puerta de tu casa besándonos y luego entraste y yo volví a casa. Fui al garaje y entrené con mi padre un rato.
-¿A dónde vas tanto últimamente?
-A la playa, te lo he dicho.
-¿Con esa chica? Y ni se te ocurra mentirme.
-Sí.
-No quiero que te dejes que te pegue solo porque quieras tirártela...
Le lancé un directo a la mandíbula y lo hice callar. Esquivé y aguanté sus golpes sin retroceder, y luego lo hice retroceder yo con mis golpes. Siempre sin dejar de contar.
-No me conoces, padre. No sabes nada de mi, así que no hables como si me conocieras. No estoy a tu altura, no hace falta que me lo digas. Llevo recibiendo tus palizas el tiempo suficiente como para saber con un solo golpe a quien puedo vencer y a quien no. Me has enseñado muchas cosas, y hay otras que he tenido que aprender. Sabes que puedo defenderme, gracias a ti. Pero ni por un momento creas que soy como tú. Se defenderme, se golpear, te lo demuestro todos los días. Y tengo la libertad de decidir cuándo hacerlo. Si quiero que alguien me pegue, no podrás evitarlo. Y si no quiero que me toquen, haré cuanto esté en mi mano por que así sea. Pero seré yo quien decida eso, no tú.
Me di la vuelta y me fui a cenar. Me duché, y sin saber aun si me esperabas o no, fui a tu casa y esperé bajo tu ventana. Otra vez miraba las estrellas apoyado en tu pared, abrazándome las rodillas. La ventana se abrió mientras contaba las estrellas que faltaban para verte, esperé un momento más, sin dejar de contar, para escuchar si había alguien contigo. Me levanté despacio y miré dentro. Estabas sentada en el borde de la cama, mirándome. Nos quedamos así un momento, hasta que te quitaste los zapatos y te metiste bajo las sábanas, entonces entré y cerré la ventana, me quité los zapatos también y te abracé.
Nos tomamos el uno al otro, nos besamos durante muchísimo tiempo, nos dormimos abrazados y así despertamos. Volvimos a besarnos hasta que sonó el despertador. Esa vez no desayunamos juntos, yo aun tenía que recoger mi mochila y cambiarme para ir a clase. Así que me fui en cuanto te hice la cama, después de que fueras a por tu desayuno.
La mañana fue tal y como habías dicho que sería, solo que yo no podía dejar de mirarte más de lo normal. Aun así no importó, no cambió nada. Te llevé hasta tu casa, y me besaste para despedirte, pero haciendo acoplo de todas mis fuerzas, te tomé del brazo y te atraje de nuevo hacia mi, temiendo que podrías golpearme después.
-Isabel, ¿cuánto tiempo más podemos estar así? Porque yo quiero seguir pasando mis noches contigo, mientras tú quieras también. Pero venir a escondidas, colarme por la ventana y pasar la noche contigo sin el consentimiento de tus padres... Sabes que a mi no pueden hacerme nada. Dentro de mi celda, soy increíblemente libre. Pero tú... No quiero que tengas ningún problema por mi culpa. No quiero que puedan quitarte la música o te prohíban verme. No quiero que ahora que estamos bien, pase algo malo.
Colocaste tu mano en mi cuello y tiraste de mi para besarme con delicadeza.
-Llevo esperándote toda la vida, así que no te preocupes. No voy a dejar que te aparten de mi lado ahora que por fin te tengo. Solo necesito que confíes en mi, eso es todo.
Te tomé en brazos y te levanté del suelo, anudaste las piernas en mi cintura y nos besamos y abrazamos unos minutos en la puerta de tu casa. Te retuve un poco más contra mi pecho y luego te dejé entrar en tu casa.
Un par de semanas más tarde, de camino al instituto me confesaste que le habías contado a tus padres que estabas saliendo con otro chico. Cuando llegamos a la parada del autobús y nos bajamos, me giré y te abracé. Llevaba la mitad del camino, desde que me lo dijiste, queriéndote abrazar y besar. Te sostuve un momento la mirada, pidiéndote permiso para besarte. Sonreíste, tomaste mi rostro entre tus manos y me besaste. Mientras andábamos, me dijiste que a tus amigas también se lo habías dicho hacía un poco más. Fue entonces cuando me atreví a preguntarte si éramos novios... Y mis inquietudes se afirmaron, me diste un puñetazo en el abdomen.
-Te odio, no lo olvides.
Seguíamos actuando normal en la clase hasta ese día, en el que, antes de salir con tus amigas, cruzaste la clase para llegar a donde estaba, y me besabas delante del resto de compañeros, todos, incluido el profesor, se quedaron de piedra.
Hasta que acabó el instituto, seguimos siendo un murmullo perpetuo. Tu ex-novio se nos acercó un día, y te dijo algunas cosas un poco feas, a mi también, pero lo que me molestó fue lo que te dijo a ti. Habíamos vuelto a dar un par de clases en la playa de boxeo, sabía cuan fuerte pegabas y cómo te movías. Y aun así eso no evitó que me quedara impresionado cuando comenzaste a golpearlo con todas tus fuerzas, haciendo lo mismo que habías practicado conmigo. Te dejé darle a gusto, hasta que trató de devolverte los golpes, una vez que se recuperó del shock. En cuanto preparó el golpe, te tomé de la cintura y te puse detrás de mi. Acabó golpeándome bajo las costillas, pero no me importó. Tuve que llevarte de allí a rastras mientras alguien lo sujetaba a él. Me echaron la culpa de tu reacción, pero ese día, en dirección, explicaste las peleas anteriores, y se zanjó el asunto. No castigaron a nadie ni hubo avisos a nuestros padres.
Nos pasaron muchas cosas más. Al final tu madre nos pilló una vez en tu cuarto sin que le hubieses dicho que iba a ir. No se lo dijo a tu padre, pero nos arrestó sin poder vernos. Yo discutí con mis padres, por ti. Mi madre se río de mi porque decía que qué sabría yo del amor. Y en parte mi respuesta provocó su divorcio. Les dije, a ambos, que sabía sin lugar a dudas más que ellos. Mi padre solo se había casado porque mi madre se había quedado embarazada, que nunca me había querido, y que en parte era porque nunca había deseado tenerme. Mi madre estalló en cólera y trató de pegarme, pero mi padre la detuvo. A ella le dije que solo seguía con él por el dinero, ella sabía perfectamente que no la quería, y aun así había aguantado todos los días estar con un hombre que no la quería, y por eso lo pagaba conmigo. Ellos solo estaban juntos por mi, y cuando se los dije y se dieron cuenta de que ya no hacía falta, se separaron.
Por raro que parezca, cuando me dieron a elegir, me quedé con mi padre. Pero, si lo piensas bien, toda la vida solo he hecho cosas con él. Mi madre me daba de comer, pero nada más. Si me hubiese ido a vivir con ella, entre otras cosas, me tendría que haber mudado. Y no quería separarme de ti, eso nunca.
Entraste a la universidad, yo empecé a trabajar y entrenar de verdad. Tuvimos muchas discusiones por ello. Querías que lo dejara, era mayor de edad y podía decidir por mi mismo lo que quería hacer. Al final, después de muchas discusiones y de que me golpearas cientos de veces, aun sin aceptarlo, me dejaste hacerlo.
Ha habido días en que no hemos podido vernos. A veces tan solo hemos estado juntos un par de horas a la semana. La música te salvaba de la universidad y de estar lejos de mi. A mi solo me salvaba que mi meta estaba próxima.
-Este es tu último año de carrera en la universidad, y ya está terminando, al fin terminarás lo único que te han pedido tus padres para que te dejaran continuar en el conservatorio, y hacer lo que siempre has querido hacer; dedicarte de lleno al violín y entrar en una sinfónica. Yo por fin reté a mi padre y lo vencí en un combate real, es la única batalla que he querido librar desde que era un niño, y la he ganado. Ya no habrán más combates, me he despedido del boxeo para siempre. El año que viene voy a matricularme en la universidad, quiero dejar de trabajar en el gimnasio y enseñar a niños en el colegio, y evitar que ninguno pase por lo que he pasado yo. Quiero que te vengas a vivir conmigo cerca del conservatorio, para que podamos estar más tiempo juntos y poder cuidarte como he querido hacer desde que te besé aquella noche, muerto de miedo en tu cuarto. Quiero que me odies toda la vida, y que nunca dejes de amarme. Quiero que tus ojos sean lo primero que veo cada mañana y lo último que vea cada noche. Hoy soy dueño de mi pasado, y soy libre para decidir mi futuro desde ahora en adelante. Y quiero que tú lo decidas conmigo. Mañana será un día más, igual que hoy. Y no será más difícil que ningún otro día que no hayamos tenido ya. No quiero más sacrificios en nuestras vidas, solo quiero ser feliz, creo que ambos nos lo merecemos. Así que dime, Isabel, ¿quieres casarte conmigo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario