Lo recuerdo todo... Desde ese primer momento en que nos vimos hasta hoy, varios años después. Desde como fue la primera mirada que cruzamos, las emociones que sentí y el escalofrío que me recorrió la nuca cuando dejaste de mirarme. Lo diferente que me ha sonado tu voz desde la primera vez que me hablaste al día de hoy. Es cierto, se me olvidó apartar la capa de debajo de la lluvia para que no se mojara, ni del vendaje ni de limpiar las patatas antes de ponerlas a cocer. Pero, en lo que a ti se refiere, lo recuerdo absolutamente todo. Y es que desde esa primera mirada, ya sabía que tú ibas a ser mi todo.
Septiembre de 2002, era el cumpleaños de uno de mis compañeros de clase, tú ibas con una amiga de él, pero no lo conocías. Tú estabas allí porque tu amiga quería una carabina, le gustaba un chico. Yo estaba allí, porque no tenía nada mejor que hacer y otro de mis compañeros de clase me había insistido. Entré en la casa, felicité a Jaime, me desabroché la chaqueta mientras iba hacia el salón, y allí, al otro lado, estabas tú. Me hizo gracia verte allí. Pretendías quedarte escondida, pasar desapercibida, pero yo te vi y no iba a dejarte tranquila. Tenías una fanta de naranja en la mano y le sonreías a tu amiga cada vez que te decía algo, para luego volver a mirarlo todo, y no ver nada, bajar la mirada y no volver a levantarla hasta que volvía a decirte algo tu amiga.
Fui por una cerveza y saludé al resto de compañeros de clase, además de a la gente a la que me presentaban, pero yo andaba distraído siempre buscando dónde estabas, no creí que fueras a aguantar mucho en esa fiesta, y no quería que te fueras sin despedirte, aunque aun no me conocías. Iba a aprovechar que te aburrías para intentar animarte y que hablases conmigo, pero justo cuando me acercaba, una chica se me adelantó y te levantaste a saludarla, así que pasé por tu lado y seguí de largo al balcón, donde me quedé un rato para fumarme un cigarro y terminarme la cerveza. Quien me iba a decir a mi que, la segunda vez que salí a fumar, ibas a ser tú quien se asomara al balcón.
Nos miramos el uno al otro, tú sonreíste sorprendida al encontrarte con alguien allí, yo me hice a un lado para dejarte espacio. Me sostuviste la mirada un momento y sentí vértigo. Se me quitaron las ganas de fumar y de beber. El escalofrío empezó en la nuca y se extendió hacia los brazos y piernas, y ya no pude moverme. En cuanto bajaste la mirada aproveché para coger aire y mirar a la calle, escapando de ti.
-Hola.
Tu voz... No sabía si eras una niña o una mujer, tu sonrisa, tu cuerpo y tu voz me enviaban información contradictoria y no podía imaginar tu edad solo por tu aspecto. Así que necesitaba que tu mente me aclarase algo de la situación.
-¿Qué tal? Creo que no nos han presentado, soy Ceneska.
-Encantada, soy Cristina.
-¿Fumas?
-No, gracias. Solo quería coger un poco el aire.
Y seguía sin saber nada de ti. Apagué mi cigarro y bebí de la cerveza, ya casi se me había acabado.
-¿No te gustan las fiestas?
-Sí que me gustan, pero no conozco a nadie. He venido con una amiga, pero salvo a ella y a su compañera de piso, no conozco a nadie más.
-Ahora me conoces a mi, ¿no?
Sonreíste y volviste a mirar al suelo. Eso me hacía pensar en ti como en una niña, o por lo menos menor que yo, pero al hablar me sostenías la mirada sin desviarla, sin miedo ni vacilación, como una mujer segura de si misma que no le teme a lo desconocido, y tus palabras, a pesar de tu melodiosa voz, tenían una fuerza impresa en ellas que casi me golpeaba, al mismo tiempo que resultabas refrescante y juvenil.
-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
-Julián es mi compañero de clase, he venido con otro compañero a felicitarlo.
-Será Jaime, ¿no? O eso es lo que me ha dicho mi amiga.
-Jaime, es verdad. Soy un poco malo para los nombres.
-Ya veo. ¿Aun recuerdas el mío?
-Cristina.
Y volviste a sonreír. Nos quedamos un momento en silencio mirando la luna, casi había desaparecido por completo, y solo se veía un místico halo plateado. Me descuidé y te miré a los ojos, y vi la luna reflejada en ellos. Esa vez no me di cuenta de que tenías unos ojos verdes preciosos. La luna acariciaba el borde de tu pupila mientras danzaba en tu iris... Era como una mano acariciando tu espalda, retorciéndose a cada rato para no despegar los dedos de tu piel cada vez que llegaba a un extremo y no podía girar sin más.
-¿Sabes a dónde va la luna cuando no la vemos aquí?
Por suerte tu pregunta me hizo apartar la mirada antes de que mi pillases estudiándote.
-No tengo ni idea. Te diría que no se va, que lo que sucede es que la trayectoria que recorre la luz del sol para reflejarse en ella se ve interrumpida por la posición de la Tierra. Pero seguro que me gusta más tu explicación.
-Hace mucho tiempo, la Luna tuvo un amante aquí, en la Tierra. Era el amor más puro que ha existido nunca, él trabajaba la mayor parte del día, y aun así se quedaba despierto toda la noche para poder estar con ella. Siempre subía a la montaña más alta al atardecer con una manta para mantener largas conversaciones durante toda la noche con la Luna. Hablaban de cualquier cosa, pero nunca, nunca, se dijeron lo que sentían el uno por el otro... En ese tiempo, la Luna siempre se veía llena. Pero la Luna tiene millones de años, y él era un simple humano, así que llegó un momento en el que tenía que despedirse para morir. La última noche que subió, la Luna no podía ni imaginar lo que iba a contarle esa noche. Le contó como recordaba todo, absolutamente todo de ella, desde la primera vez que la vio siendo un niño, hasta esa noche, le recordó cada cosa que a ella le había gustado escuchar, cada vez que la había visto peinarse el cabello, pintarse los ojos, que había notado que cada vez se ponía más coqueta para verlo... Le dijo el día exacto en el que se habían enamorado el uno del otro, y el día en el que él se había dado cuenta de que su amor sí era correspondido. Le explicó durante toda la noche, mientras la Luna lloraba sabiendo que pasaría cuando terminara, todo lo que significaba ella para él... Cuando terminó de hablar, los dos lloraban. Él no podía sostenerle la mirada, los años le pesaban en los párpados y no se atrevía a mirarla cuando se despidiese de ella. Aun así, haciendo el último esfuerzo de su vida, alzó el rostro para que la luz de la Luna le iluminase la última sonrisa que iba a regalarle. Y le dijo entre los susurros de las nubes que la amaba, y que nunca más podría volver a subir a verla y hablar con ella. Luna se rompió en pedazos a si misma, y le entregó un trozo antes del amanecer para que se lo quedara para siempre en su corazón. Se despidieron y nunca más volvieron a verse, durante el día, él murió. Desde entonces, cada vez que se acerca el momento en el que murió, ella desaparece para que no la veamos llorar, y cuando se le ha pasado vuelve a sonreírnos. Por eso la Luna mengua y crece, porque se va a llorar a la montaña donde hablaba con el único hombre al que amó.
No habías apartado ni una sola vez la vista de la luna, y esta parecía que te prestaba toda su atención, bebiendo tus palabras al igual que yo y agradeciéndote que contaras su historia... Sentí que debía abrazarte, o besarte. La verdad es que me hubiese encantado besarte. Pero, en lugar de ello, me reí.
-¿De dónde has sacado esa historia?
Entonces te sonrojaste y agachaste la mirada, otra vez una niña.
-Perdona, a veces se me va la cabeza.
Te giraste para volver a entrar, entonces te sujeté del brazo y te volviste a mirarme.
-Cristina, ¿te vendrías a dar un paseo conmigo ahora? Va a hacerse tarde, y esta noche va a llover. Puedo acompañarte a casa antes de que empiece la lluvia. Quiero que me cuentes más de esa historia, o si te sabes alguna otra, me encantaría escucharla.
Te solté el brazo, y asentiste.
-Iré a coger mi abrigo.
Caminamos durante una hora el uno al lado del otro en dirección a tu casa. Me contaste que te encantaban ese tipo de historias y que las coleccionabas, y que esa era tu favorita. Me contaste alguna otra sobre el viento, y también sobre el mar, siempre historias de amor. Recuerdo cada una de las historias, cuando llegué a casa las escribí y las volví a leer en voz alta para no olvidarlas. Llegamos al portal de tu casa y entonces te pregunté que si podía volver a verte.
-Antes te mentí, no me gustan las fiestas. Me gusta salir con amigos y hablar, pero no con tantas personas y tanta gente. Así que no se si volveré a verte por ahí.
-Entonces, ¿me dejas que te pida un favor?
-Depende de cual.
-Déjame que te escriba alguna vez. Dime cual es tu buzón, y algún día te escribiré una carta.
-¿Solo para escribirme?
-Lo prometo.
-Primero D.
Te tomé la mano, y la besé.
-Gracias por esta noche, Cristina. Ha sido un placer.
Volviste a sonreír y entraste en tu portal. En cuanto dejé de ver tus piernas subiendo los escalones, empezó a llover. Y me pasé el camino de vuelta a casa hablando con la lluvia. ¿Por qué sabías tú sus historias, si no podías hablar con ellos? Si existiera otra persona que hablaba con los elementos, ellos me lo habrían dicho, pero no era así. Tú no podías escucharlos, pero podías leer sus historias en ellos, y eso me asustaba. ¿Podrías también leerme a mi?
La siguiente vez que te vi, habían pasado casi 3 meses desde aquella noche. Durante ese tiempo, cada Domingo, a la misma hora a la que nos habíamos despedido, yo me colaba en tu portal y te dejaba una historia diferente, historias que por supuesto, no me inventaba yo, sino que me las contaban ellos, los elementos. Esa noche iba susurrándole al Viento mientras él me contaba unos chismes sobre las hojas de un roble que se había escondido hacía mucho tiempo y había crecido más alto que la montaña detrás de la cual se había escondido... Entonces se quedó en completo silencio de pronto y no supe por qué, hasta que te vi, claro. Llevabas las bolsas de la basura y un abrigo que te llegaba por las rodillas. Un gorro de lana que te ocultaba las orejas y unas gruesas medias de colores, tus calcetines y deportivas eran blancas. El silencio era tuyo y los rompiste con una sonrisa, la Luna te acarició los dientes y el Viento te apartó el cabello al alejarse, no sin antes volverse a sonreírme.
-Hola, ¿qué haces por aquí?
-¿Seguro que no lo sabes?
-¿Dejarme un cuento?
Sonreí y asentí.
-¿Me acompañas?
Me tendiste una de las bolsas, la cogí y caminé en silencio a tu lado.
-¿Sabes? Algunas de las historias ya las había escuchado, creo. Hay veces en las que me cuentan algo y yo tengo la sensación de haberlo escuchado antes, pero no se cuando. Y me ha pasado con algunas de tus historias.
La Luna dibujó una sombra como un signo de interrogación gracias a una Nube, que luego me avisó de que también iba a llover más tarde.
-Son cosas que pasan a veces. A mi alguna vez también me ha pasado. Pero nunca recuerdo dónde lo he oído o leído.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Claro.
-¿Por qué siempre me cuentas historias de los elementos? ¿No sería más fácil escribirme sobre ti?
No pude más que reírme.
-Desde luego que no. Es más fácil contar lo que les pasa o lo que piensan otros que explicar lo que sientes y piensas tú mismo. ¿Serías capaz de contarme tú qué es lo que piensas exactamente ahora? O lo que sientes.
-Lo que siento es fácil, frío. La noche está un poco húmeda y el viento se cuela entre mi ropa.
Miré por encima de ella y vi al Viento escondiéndose entre las Nubes, sonriendo. Le gustaba jugar a tu alrededor. Miré a la Luna que me guiñó un ojo, cómplice de sus travesuras.
-A mi me gusta el frío. No en exceso, pero sí un poco. Me hace estar despierto y atento, es como si siempre me estuviese protegiendo, avisándome de lo que pasa a mi alrededor.
-¿Cómo si hablara contigo?
-Algo así. ¿Quedan muy lejos los contenedores de la basura? Hoy también va a llover, y no deberías mojarte, o vas a resfriarte.
Tiramos la basura, por el camino me contaste que te gustaba la fotografía, como la vez anterior. Pero esta vez también me confesaste que hacías fotos, que por algún motivo te gustaban, pero nadie más las entendía.
-¿Crees que haya algo que pueda ofrecerte a cambio de que me enseñes alguna?
-¿Quieres subir a mi casa?
-No se si está bien, pero sí me gustaría ver alguna foto. Es tarde, y es Domingo. Mañana hay clase.
-Tú me has enseñado tus historias, así que lo propio es que yo te enseñe alguna foto. Si me dejas tu correo, te mando alguna.
Yo lo que quería era verte a ti, por supuesto, pero no iba a forzar las cosas. Te acompañé dentro esta vez, hasta las escaleras, te sentaste y te imité. Me hablaste y te escuché, bostezaste, y me levanté.
-Voy a irme ya, tienes pinta de estar cansada.
-Un poco, la verdad. Como has dicho antes, es tarde, Domingo, y mañana hay clase. Gracias por acompañarme esta noche.
Volví a tomar tu mano y la besé.
-Buenas noches Cristina.
Me di la vuelta para irme, pero me tomaste del brazo.
-Aun no me has dado el cuento de hoy ni tu correo.
Saqué el texto de mi bolsillo y un bolígrafo, anoté mi dirección electrónica y te lo tendí. Entonces tomaste mi mano y la besaste.
-Buenas noches, Ceneska.
Nos sostuvimos un momento la mirada, otra vez quise besarte, pero me contuve. Sonreí, asentí y me fui, dejando tu mano y a ti atrás. En cuanto empezaste a subir las escaleras, la lluvia descendió sobre mi, guardé la mano en el bolsillo y di un tranquilo paseo bajo las nubes, que de cuando en cuando me dejaban entrever la Luna, radiante en el cielo.
El Viernes de esa semana, me enviaste una fotografía. Había una fuente y un dibujo sobre esta, el flujo del agua dibujaba hondas en el agua... Lo único que no podías ver tú, pero sí yo, era al Viento. Estaba sentado en la fuente con la mirada perdida en el cielo y una sonrisa tan preciosa en su cara de niño inmortal como pocas veces la había visto yo. Se la mostré, y él se sorprendió, me contó por qué sonreía ese día y qué era lo que miraba. Y eso fue lo que yo te conté a ti en el cuento que te dejé ese Domingo. Esta vez no te encontré, lo suponía. Pero tenía esperanzas de poder volver a verte, y aunque no lo reconocí, me entristeció que no fuera así.
Yo pasaba las semanas con normalidad, hablaba con los elementos cuando paseaba solo y hablaba con mis amigos y compañeros cuando estaba con ellos. Pero, cuando llegaba el Viernes por la tarde, recibía una de tus fotos, en todas ellas aparecía alguien, Viento, como en la primera foto, o Luna, sentada ausente sobre la rama de un árbol, viendo a la gente pasear en la calle, las nubes debatiendo cuando era más apropiado dejar caer el agua que habían acumulado. A veces solo eran las hojas con sus pequeñas inquietudes sobre la luz del sol y como ser más hermosas aun de lo que eran, flores coquetas, gatos vanidosos o canarios que le cantan al viento y a las estaciones... Y yo te contaba sus historias con cada foto...
Habían pasado otros tres meses, hasta que un Viernes, la foto que recibí me dejó en blanco durante unas cuantas horas. Eras tú, con tu cámara delante de un espejo. Estuve una hora entera solo mirando la foto, sin siquiera intentar ver los detalles, solo mirando la foto. La siguiente hora intenté ver más allá, verlo todo, verte a ti. Me detuve en cada parte de tu cuerpo, quizá ahora te de vergüenza, pero es así. Durante una hora te miré fijamente sin pudor, memorizándolo todo de ti. La foto era en escala de grises, pero aun así podía ver tus ojos verdes, tus labios sonrosados, tu pálida piel tan solo algo bronceada, tu pelo lacio, tus manos, tus pechos, tus piernas... Después de una hora más sin saber qué podía contarte, decidí hablarte de la primera noche que nos vimos, de como te vi, de como a pesar de que tú no me viste, tras los primeros segundos en los que entraba en la casa y saludaba a Jaime, el resto de la noche fui entero para ti. Que cuando me viste por primera vez en el balcón, yo ya te había visto un millón de veces, de que no sabía nada de ti, porque todo lo que me habías contado era sobre cosas que le pasaba a otra gente o sobre las historias que yo te escribía, pero que nunca me hablabas sobre ti, y el desconcierto me quitaba el sueño... Hoy me alegro de haberlo escrito, pero cuando el Domingo te vi sentada en lo alto de la escalera, después de que saltara la cancela para dejarte la carta, se me cortó la respiración y me arrepentí de todo.
-Buenas noches Cristina. ¿Qué haces ahí?
-Esperarte, por supuesto. ¿Puedo pedirte algo?
Asentí. Aunque la verdad era que me dabas miedo en ese momento. Ni si quiera la primera vez que escuché la voz de la Luna, que me hablaba mientras la observaba en lo alto del cielo, había sentido tanto miedo como en ese momento. Te pusiste en pie y bajaste las escaleras, para volver a sentarte en el penúltimo escalón.
-Siéntate conmigo. Hoy quiero que seas tú quien me lea el cuento de hoy.
¿Entiendes por qué me arrepentí en ese momento de haber escrito cada una de aquellas palabras? Aun así, me senté frente a ti, abrí la carta y comencé a leer. Solo me detenía para coger aire y continuar leyendo. No me atreví a mirarte ni una sola vez, pero sabía que no me mirabas a mi. Mirabas a la calle, como si no me prestaras atención, pero sabía que estabas memorizando cada palabra. Hasta que terminé de leer, no me atreví a mirarte. Entonces asentiste con un sonrisa dibujada en el rostro.
-Gracias. Sabía que iba a ser una buena idea escucharte narrarme esta historia. ¿Crees que podrías volver a leerme la próxima vez?
Te levantaste, me quitaste la carta de las manos y me diste un beso en la mejilla...
Cierto, nunca te cuento como es el roce de tus labios hasta este momento, para comparar los dos primeros besos que me diste. Lo de besar las manos... No lo suelo hacer muy a menudo, solo en ocasiones especiales, o con gente especial. Pero, sin lugar a dudas, no lo hago a menudo. Cuando te besé la mano la primera vez, noté tus manos cálidas en las mías, pero mi aliento dibujó calor en tus nudillos cuando los besé con mis labios, fríos de hablarle al oído al viento. La segunda vez, a pesar de que habíamos salido a pasear en la noche para tirar la basura, tus manos conservaban tu calor. Tienes manos de niña, pero las mueves como una mujer. Cuando me tomaste, te moviste como una mujer, pero la sujetaste como una niña. Y aun así, a pesar de que eras una niña tomando la mano de un hombre, al besarme, lo hiciste como una mujer. Y de tus cálidos labios resultó un beso de una fría mujer, pero el calor que me recorrió era el de, desde hacía mucho tiempo, el de un niño.
Esa vez, cuando me besaste en la mejilla, solo el gesto había sido como el de una niña, todo, absolutamente todo, desde el momento, el lugar, la hora, el frío y el día, el roce y la forma en la que te apartaste el cabello detrás de la oreja para que no te estorbase al besarme, fue todo, en todo momento, como una mujer. Y me hiciste temerte más aun.
-¿Cuándo?
-Lo sabrás, no te preocupes. Hasta entonces, solo deja las cartas en el buzón.
-Así lo haré. Buenas noches Cristina.
-Buenas noches, Ceneska.
Me fui, y cuando la puerta se cerró a mi espalda, empezó a llover sin avisar.
-Ahora ya sabes cuánto me gustas. Pero yo sigo sin saber nada de ti.
Volvieron a pasar 3 meses. Cada Viernes me enviabas una fotografía en la que salía algún elemento, o alguna de esas cosas que solo yo podía ver. Yo te contaba sus historias y te las dejaba en el buzón cada Domingo por la noche. El curso estaba a punto de acabar, y yo tendría que volver a mi pueblo a pasar el verano trabajando, lejos de ti, pero más cerca de todos los elementos y la naturaleza. Ese Viernes, la foto que me habías enviado, era de mi. Estaba en un paso de peatones, ya atardecía, Viento me revolvía el pelo, el Sol me daba las buenas noches ataviado con una bata de noche, Luna me saludaba en un vestido plateado muy hermoso con cola, una anciana Hoja me contaba sentada en mi hombro como había sido su vida, llena de goce... Y yo sonreía, feliz al estar rodeado de tan buenos amigos, estaba feliz y distraído, de lo contrario nadie, tampoco tú, me hubieses visto sonreír. Eso había sido antes de que nos viésemos la primera vez en la fiesta. Recordaba casi a la perfección ese día, y Viento y Luna me contaron, sentados los dos en mi cama, cosas que a mi se me pasaban por alto y ellos recordaban. Esa hoja la tenía enmarcada en mi cuarto, y la miraba recordándola en sus últimos minutos de vida, tan feliz, como casi todas las hojas justo antes de morir. Ella me había dado permiso para guardarla cerca de mi. De lo contrario la habría dejado cerca del árbol que le dio la vida.
Te conté sobre ese día, de las cosas que había hablado con mis amigos, tanto de carne y hueso como incorpóreos, y luego te conté sobre mi casa en el campo, sobre mi trabajo allí... Y luego empecé a contarte cosas de mi. Que era adoptado, pero que esos padres siempre me dieron el amor que le habrían dado a un hijo de su sangre. Que mi padre en muchos aspectos era mi mejor amigo y la persona en la que más confiaba, aunque no hablásemos mucho. Que mi madre me quiso hasta el último día, y que siempre le he estado agradecido, aunque ya no esté, de que me eligiese a mi para ser su hijo. Siempre me esforcé, sobre todo con mi madre, por demostrarle lo afortunado que me sentía de formar parte de aquella familia... En un descuido, le hablé de mi primer amigo. Es verdad que Luna fue la primera en hablarme, pero el que primero confió para mostrarse delante de mi, fue Viento, con su cuerpo de niño de mi edad, en ese entonces. Pero no le dije en ningún momento quien era ese amigo, no mencioné su nombre ni nada más, salvo que fue mi primer amigo de verdad. Viento me abrazó por la espalda y luego saltó por mi ventana del 10º piso para lanzarse a la carrera por las calles, levantando polvo y hojas sueltas, agitanto los árboles y recordando lo que había sentido al descubrir que alguien volvía a escucharlo. Tras leer la última parte y comprobar que no decía nada comprometido, tanto en mi opinión como en la de Luna, decidí que esa sería la carta de ese Domingo.
Esa vez, fui un poco antes, y me quedé esperando en las escaleras. A pesar de que era oscuro, aun no era muy tarde. Aun así no me encontré con nadie hasta que bajaste las escaleras y te sentaste frente a mi.
-Buenas noches Cristina.
-¿Tienes la carta de hoy?
La saqué del bolsillo, la abrí y comencé a leerte. Como la vez anterior, no me detuve salvo a coger aire, y tú no me interrumpiste. Volvía a estar asustado, pero a penas se notaba mi nerviosismo. Tú mirabas la calle, otra vez, como si no me prestaras atención, pero seguía convencido de que serías capaz de volver a decirme palabra por palabra todo, sin necesidad de que tuvieses que leer.
Nos quedamos un rato en silencio. Yo pensaba en la conversación que había tenido con Luna. Ella creía que, cuando me mandaste la primera foto tuya, lo que me pedías era que te dijese qué sentía por ti, o por qué hacía lo que hacía... En esta ocasión, cuando me enviaste mi fotografía, Luna creía que era una especie de confesión. Sobre que tú te habías cruzado conmigo, que no le había pasado desapercibido y que también pensabas en mi. Y que por ello querías conocerme, querías saber más de mi historia.
-El curso casi ha acabado. ¿Cuándo te irás?
-Normalmente, no suelo retrasarme mucho desde que acabo los exámenes. Me gusta mi piso, así que no me mudaré. Le pediré al casero que me permita dejar mis cosas ahí, como cada año. Haré una maleta con algo de ropa, pues en mi casa tengo más... Supongo que dos semanas. No creo que mucho más.
-¿Cuándo volverás?
-El primer fin de semana antes del primer día del curso. Durante la semana haré la matrícula con tranquilidad y prepararé el año, descansaré del trabajo en mi casa y veré a algunos amigos... Y luego, a clase, como cada año.
-¿Extrañas a tu madre?
La pregunta me quitó el aire de los pulmones... O eso pensé, en realidad, solo se me olvido de volver a tomar. Cuando volví a respirar, ya estaba bien.
-Sí. Pero es extraño, nunca me sentí triste más que al principio. Extraño su atención y su afecto, pero eso no me entristece, ella sabía cuanto la quiero cuando murió, tanto yo como mi padre. Ella no estaba triste, cuando se quedó dormida para siempre, lo hizo con una hermosa sonrisa en el rostro. Mi padre lloró entonces por primera vez, y delante de ella me confesó que, hasta ese momento, había sentido miedo de que ella no supiera cuanto la amaba. Pero que, al verla ahí, sonriente, como si nada malo pasara, lo convencía de que no tenía por qué tener miedo. Ella lo amaba, y él a ella. Pero lo mejor es que ambos eran conscientes de ello. A mi me pasa lo mismo. La extraño en determinados gestos, cosas que hacía en la casa, que me mandara a la ducha o me pidiese que la ayudase a hacer la cena... Pero son eso, solo gestos. Su amor nunca lo he echado en falta, yo siento que sigue ahí.
Te levantaste, y al coger la carta de mi mano, tomaste la otra y me ayudaste a ponerme de pie. Me diste un beso en la mejilla y comenzaste a subir las escaleras.
-Buenas noches Cristina.
Esa noche, cuando empezó a llover, sonreí. Pero lo cierto era que sentía una contradicción de sentimientos en mi pecho. Felicidad, hablarte de mi madre y sentirme bien al hacerlo, la lluvia, que me mojaba y me limpiaba lo malo del día del rostro... Pero la tristeza de sentir que no volvería a verte hasta después del verano... si es que aun querías verme.
El siguiente viernes, me mandaste una fotografía de un árbol, que en su tronco tenía una abertura, y se veía una ardilla mirando a la cámara. Te escribí una historia, pero como no conocía ni a ese árbol ni a esa ardilla, y ni Viento ni Luna la reconocían, fue sobre una ardilla y un árbol que sí conocía... Fue una carta muy banal, no se si tenía miedo por las siguientes cartas, o si es que acaso me había empezado a sentir mal por la carta anterior. No le he encontrado aun hoy el sentido a esa carta, aunque con el paso del tiempo, he empezado a creer que es porque fue la primera en la que la carta no guardaba una estrecha relación con la foto, pues no te contaba su historia, como había hecho en todas las demás. Y creo que te diste cuenta, ¿no?
Al siguiente Viernes, la foto que recibí fue de tu cama, con todas mis cartas sobre esta, y una nota en el medio.
"Espérame"
El Domingo, fui a tu casa antes de que empezara a oscurecer, pero hasta que no se ocultó el Sol no me atreví a saltar la verja de la entrada. Me senté en los escalones y esperé. Esperé hasta que oscureció, Luna se sentó un rato a mi lado en el suelo, apoyando el peso de su cuerpo sobre el mío. Bajaste mucho más temprano de lo normal. Al bajar, en lugar de sentarte frente a mi, me tomaste de la mano, me ayudaste a levantar y te seguí mientras nos alejábamos. Luna me dio un beso en la mejilla y se alejó hacia el cielo.
-"Hoy vas a querer estar solo".
Viento me despeinó y se alejó corriendo no sin antes pararse para guiñarme un ojo, y las Nubes se alejaron de nosotros cuanto pudieron, hasta quedarse escondidas detrás de las montañas, observándonos.
No me atreví a hablar en ningún momento. Solo te seguí a donde quiera que fuéramos a ir. Cogimos un bus, tú pagaste el pasaje de ambos. Me senté a tu lado, tú mirabas por la ventana. Algo dentro de mi hacía mucho ruido, pero parecía que era el único que lo escuchaba. Apenas te había podido observar. Ibas abrigada, llevabas unos vaqueros y unas botas de montaña, un gorro y un abrigo de lana. También llevabas a la espalda una pequeña mochila de cuero. Las mangas de tu abrigo no me dejaban ver tus manos.
En alguna parada, no se cual, me tomaste de la mano y nos bajamos, comenzamos a caminar. Yo te seguía, tú no me soltabas la mano. Estaba completamente perdido, pero tú sabías perfectamente donde estábamos, así que te seguí ciegamente. Aun cuando se acabaron las casas, aun cuando se acabaron las farolas... Te seguí más allá de donde había ruido de humanidad, y te seguiría más allá de a donde alumbren la Luna y el Sol. Y en cuanto lo vi, supe dónde estaba. Viento se paseaba de una rama a otra moviendo todas las hojas, y Luna esperaba sentada en una de ellas, riendo ante los juegos de Viento. Cuando nos vieron acercarnos, Viento bajó corriendo y nos removió el pelo a los dos, y a mi me arañó la piel del cuello con una risa. Te detuviste a una distancia prudente y me esperaste. Yo me acerqué, porque sabía que era eso lo que querías que hiciera, Luna descendió y me acarició donde Viento me había arañado sin querer y volví a estar bien. Apoyé la palma de la mano sobre el tronco del árbol donde vivía la ardilla, a los cuales habías fotografiado.
-Háblame amigo, cuéntame tu historia.
Viento dejó de correr y tiró de mi mano para que me sentara. El árbol se desperezó y despertó de su sueño, y me sonrió, me invitó a sentarme y a descansar mi espalda sobre su tronco. Viento se tumbó entre mis piernas y Luna volvió a sentarse a mi lado, repartiendo su peso entre el tronco del árbol y mi hombro. Cuando empezó a hablarme al oído, todo se quedó callado para que pudiese escucharlo. Mientras me contaba su historia, la ardilla se despertó por el alboroto y bajó hasta mi hombro, donde comenzó a jugar con mi pelo y a reír y correr. Tuve que calmar a Viento para que no se pusiera a jugar con ella, de lo contrario no podría escuchar las historias que tenían que contarme. La tierra que guardaba sus raíces me contó también cosas de su nacimiento que él no recordaba, al igual que el árbol me contó cosas sobre el nacimiento de la ardilla, cosas que ella no recordaba. Luna me sostenía una mano mientras le peinaba el cabello a Viento, siempre despeinado, y ahora dormido en mis piernas. Nos sacaste algunas fotos mientras los escuchaba. Creo que sonreí algunas veces, pero no me pillaste en muchas fotos.
Cuando terminaron de contarme las historias, te miré. Supongo que llevabas todo el tiempo observándome, pero ahora nos manteníamos la mirada. Te tendí la mano con la que peinaba a Viento y te acercaste y te sentaste a mi lado, Luna apoyó su cabeza sobre mi hombro. Entonces, después de una pausa entre el silencio, comencé a contarte su historia verdadera. Casi había pasado una hora mientras ellos me contaban su historia. Pero yo tardé un poco más de una hora en terminarla. La ardilla volvía a estar dormida en su cama dentro del árbol, Luna miraba la noche y lo miraba todo desde el cielo, viento dormía sobre mi regazo como un gato, y con cada respiración en algún lugar del mundo una bocanada de aire agitaba el silencio. Después de un rato, Luna me soltó la mano y me dio un beso en la mejilla antes de irse, llevándose a viento cogido entre sus brazos. Unos minutos más, y entonces me giré y te tomé, me dejaste que te acercase y te tomase entre mis brazos, te apoyaste contra mi pecho. Yo me quité mi chaqueta y te tapé con ella antes de volver a apoyarme contra el tronco del árbol.
-Cristina, ¿quieres que nos vayamos?
-No. Tan solo quiero quedarme aquí. Las noches son cada vez más cálidas, ya a dejado de llover, el viento está en calma y la luna brilla para nosotros. Regálame esta noche.
Me miraste a los ojos por última vez, me incliné sobre ti y te besé en los labios por primera vez. Luego volvimos a acomodarnos y nos quedamos dormidos, el uno abrazado al otro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario