Tercera parte




Desde el principio, me había acostumbrado a no mirar a mis amigos incorpóreos directamente cuando había gente a mi alrededor. Ellos lo entendían aun sin tener que explicárselo, aunque aun así, se los expliqué, y muy de vez en cuando volvía a disculparme por hacer como si no los escuchase o como si no los viese. Por eso, cuando por fin reaccionamos e intercambié una mirada con Viento, a los dos nos sorprendió que nuestras miradas se encontraran.

Viento salió a buscar al Sol y a hablar con los árboles y la Tierra, no te lo conté en ese momento, pero te pedí que esperases, y no dijiste nada más. Te sentaste en mi cama y asentiste con la cabeza sin dejar de mirarme, muy seria. En realidad, yo también esperaba, a la Luna. Aunque todos los elementos me diesen su consentimiento para desvelar nuestro mutuo secreto, si Luna me pedía que lo guardase, jamás te hubiese dicho una palabra... Jamás te hubiese mentido, pero te hubiese pedido que te olvidases de esa pregunta, te hubiese suplicado y rogado por ello.

¿Sabes? En ese momento, tenía aproximadamente un millón de cosas en la cabeza, pero en ningún momento se me ocurrió preguntarte por qué querías saberlo. Era... quizá, demasiado extraño. No tenía ninguna duda sobre ti, a pesar de que no te conocía de nada en absoluto. Solo sabía que me gustabas.

Para ganar tiempo hasta que saliera la Luna, te mostré las cartas. Hablamos de ellas, me agradeciste que también las hubiese escrito a mano, que te gustaba tenerlas en papel, y yo te conté más sobre cada una de ellas. Dónde las escribí, casi siempre en mi cuarto, que había pasado esa semana en el trabajo y en mi casa, y poco más. Aun así, fue más que suficiente. Yo estaba sentado en la silla, de espaldas a la ventana. Por ello, hasta que Viento no me despeinó para llamar mi atención, no me di cuenta de que había empezado a oscurecer, y que Luna ya estaba sentada en el alfeizar de mi ventana. Tú supongo que te diste cuenta porque me quedé en silencio de pronto y me giré para volver el rostro a la noche, para mirar a Luna. Tú esperaste paciente, sin saber bien qué pasaba en la habitación. Y no pronunciaste ni una sola palabra, a pesar de que no podías escuchar nada.

-"Hola pequeño, he venido en cuanto Viento me ha avisado".

Para hablar con ellos, no necesito pronunciar ninguna palabra. Lo único que tengo que hacer es dirigir mis pensamientos hacia a ellos, y ellos los reciben. Pero, hay veces que se me olvida. Hablar con ellos para mi es algo tan normal, que muchas veces acabo hablando en voz alta. Ellos pueden escucharme igualmente, la diferencia es que así también me escucha todo el que ande cerca. En ese momento guardé silencio y solo hablé de forma que Luna y Viento pudiesen escucharme.

- Cristina ha venido hoy aquí, para conocerme, y conoceros a vosotros. Y no se qué hacer. A mi me gustaría contárselo, confío en ella, pero no se por qué. En realidad no la conozco, no se absolutamente nada de ella, y por eso te esperaba, Luna. No se qué debo hacer. ¿Sigo a la razón, o sigo al corazón?

Luna volvió la mirada hacia ti, y sentí pánico. Ya te quería en ese momento, pero Luna era demasiado importante para mi. Ya había perdido a una madre, y sufrí mucho tiempo. No podía volver a perder a otra... Pero desde luego, tampoco quería perderte a ti.

Luna volvió la mirada hacia mi y una lágrima se desprendió de sus hermosos ojos plateados. Me levanté súbitamente y me acerqué a la ventana, ella me detuvo antes de que la abrazase.

-"No es justo que me pidas a mi que decida. No está bien. Tienes que saber que nunca voy a dejar de cuidarte. ¿Recuerdas la primera vez que me viste? En realidad, no era la primera. Yo no elegí mostrarme, lo único que hice fue hacerte verme. Desde que naciste has podido vernos a todos nosotros, solo que no lo sabías. Yo no puedo irme sin más y desaparecer de tu vida, porque siempre vas a poder verme allá a donde vaya, al igual que a todos. Así que hagas lo que hagas, nunca nos vamos a alejar de ti, eres el único que puede tomar esa decisión. Si te equivocas, y esta chica resulta no ser lo que tú creías, el que saldrá peor parado serás tú. Y al igual que tú estás para nosotros, nosotros estaremos para ti. Y tampoco está bien que yo decida por ti, pues conozco más de ella que tú, quizá incluso la conozca mejor que ella a si misma. Por ello, no te diré nada. Guardaré silencio hasta que tomes tu decisión, solo debes saber que para bien o para mal, voy a estar a tu lado".

Entonces, retiró la mano y me dejó acercarme. Apoyé la cabeza en la curva de su cuello, sobre su hombro, y la mano en su pierna. No sabía qué hacer. ¿Lloraba de felicidad o de tristeza? ¿Si la conocía mejor, por qué no me ayudaba? Lo único que tenía claro, es que si ella no me decía por qué no me ayudaba a escoger, era por una buena razón.


-Te quiero Luna.

Ella me besó en la mejilla y me acarició dulcemente el brazo. Tomé la silla y me senté junto a la ventana, otra vez devolviéndote la mirada. Todo parecía más oscuro, y no te veía bien el rostro. El problema de cuando hablo con los elementos, es que el tiempo pasa de forma diferente. A veces pasa muy rápido, y otras muy despacio. Una piedra puede contarme toda su historia de décadas de antigüedad en menos de una hora... Y un ave puede contarme un solo viaje migratorio en varias de ellas. Mientras hablamos, para mi el tiempo trascurre con normalidad, pero mientras yo me detengo a hablar, el mundo sigue en movimiento, y a veces me lo pierdo. Por ello no soy capaz de saber cuánto tiempo estuviste esperando hasta que me giré para devolverte la mirada.

-Cuando tenía 8 años, no tenía muchos amigos. No me gustaban mucho mis compañeros de clase, tan solo llevaba 4 años con mis padres en ese entonces, un poco menos. Me sentía querido, pero sentía que no pertenecía a aquel lugar. Por eso me costaba tanto hacer lazos con más personas... Como te he contado, mi casa está en medio del campo, y no muy lejos empiezan los bosques. Mis padres me habían comprado un reloj y me habían enseñado a leer las horas hacía algún tiempo, por eso siempre me decían que, mientras volviera a la hora establecida, que eran las 20:30, podía salir con amigos y pasear por donde quisiera, mientras tuviese cuidado. Por suerte mi pueblo siempre ha sido muy tranquilo, y son raros los accidentes que allí suceden. No se si fue por el tiempo, o porque le di un golpe, pero el reloj se paró a las 19:00. Y no me di cuenta de que empezaba a oscurecer y yo seguía sin volver a casa. Me giré y eché a correr tanto como me dieron las piernas... Estaba preocupado, porque no quería que mis padres se enfadasen conmigo, pero, al mismo tiempo, tenía una sensación agradable, y estaba convencido de que era por ir corriendo. Esa sensación me inundó tanto, que no dejaba de sonreír, y hubo un momento en el que empecé a reír, y cerré los ojos en una carcajada... Iba muy deprisa, era imposible que no me cayese. Y cuando tropecé, me hice mucho daño. Había caído cuan largo era y me había deslizado por el suelo unos metros, arañándome todo el cuerpo contra el suelo. Mi primer impulso, aun sin haber abierto los ojos, fue llorar. Pero en cuanto los abrí, me quedé mudo, el dolor también enmudeció un rato mientras asimilaba qué era lo que estaba viendo. Una mujer de tez pálida, con el cabello que le llegaba por la cintura, de color plateado, ojos tristes e inmensamente hermosos, también de color plateados. Tenía una nariz delicada, terminada con un poco de punta. Llevaba un vestido blanco que le dejaba al descubierto el cuello y los brazos, y le llegaba hasta las rodillas. Sus piernas eran firmes, pero delgadas, y llevaba los pies descalzos. El dolor había desaparecido y lo había reemplazado la profunda tristeza que me trasmitían sus ojos y la curiosidad. Era la primera vez que me encontraba con alguien en el bosque. Y además iba descalza y sin abrigo, cuando ya había empezado a oscurecer. Se acercó un poco más y me tendió una mano para ayudarme a levantar. Una vez en pie vi que no era tan alta como me había parecido, pero sí increíblemente hermosa. Aunque esté mal decirlo, mucho más que mi madre, que era la mujer a la cual tenía por más hermosa hasta el momento. Sin soltarme la mano, se hizo a un lado y me invitó a continuar. Di un paso, y me di cuenta de que ya había llegado al final del bosque, mi casa se veía no muy lejos de allí. No me di cuenta de cuando me soltó la mano, la miré y ella me sonrió. Di unos pasos en dirección a mi casa, luego me volví, y ya se había ido. La busqué entre los árboles, pero no encontré ni rastro de ella, así que me giré y comencé a correr otra vez. Mi padre me esperaba sentado en los escalones de la entrada. Al principio parecía muy enfadado, era la primera vez que llegaba tarde, pero cuando me acerqué más y la luz me bañó, su rostro se tornó del enfado a la preocupación. No dijo ni una palabra, se acercó y me tendió la mano para acompañarme a casa. Me llevó al baño y me ayudó a desnudarme mientras la bañera se llenaba de agua caliente. En ese momento, mientras me quitaba la ropa, comencé a ser consciente de todas mis heridas, y las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, ni lloré ni sollocé, pero me dolía, y por ello no podía detener mis lágrimas. Solo eran raspones, pero la piel se había levantado en muchos lugares de mi cuerpo, sobretodo en las rodillas y en los brazos. Mi padre me bañó con una esponja y sumo cuidado, sin decir palabra. De vez en cuando me limpiaba el rostro de lágrimas, y luego seguía limpiando la sangre de mi cuerpo. "Ya no tienes tan mal aspecto", me dijo una vez que salí de la tina, me giré para mirar como el agua se iba por el desagüe, era de color marrón sangre. Fue una noche muy larga, casi no conseguí dormir. Las sábanas me hacían daño en las heridas y me escocía, estaba dolorido y apenado por haber preocupado a mis padres, y también sumamente intrigado por saber quien era aquella mujer del bosque. Con la escusa de que estaba castigado, mi padre se había ahorrado el que mi madre me viese aquella noche, me llevó la cena al cuarto y me preguntó si necesitaba algo. Así que por la mañana, cuando mi madre me vino a despertar, se llevó un susto que recordó durante mucho tiempo. Como no había dormido bien, no quería ni tenía fuerzas para despertarme, así que me quitó las sábanas de encima, y entonces vio todas mis heridas. Recuerdo el grito que dio llamando a mi padre para preguntarle por aquello y la cantidad de besos que me dio mezclados con lágrimas que se derramaban sin remedio de sus preocupados ojos. Cuando vino le expliqué a los dos que el reloj me había fallado y que me había tropezado corriendo... pero nada más, no les hablé de la mujer de plata. Ese día me ahorré el ir al bosque, aunque era fin de semana y era lo que solía hacer, solo que no estaba de muy buen humor. Pero el Domingo no resistí la tentación, como aun no tenía reloj, me pidieron que no tardase mucho en regresar, que aun tenía que esperar a que se curasen las heridas. Fui con los nervios a flor de piel hasta el linde del bosque, y en cuanto dejé atrás el primer árbol, empecé a caminar con dificultad, era tan grande la emoción que sentía que me entorpecía el movimiento. Aunque me duró bien poco, la verdad. En cuanto ya no se podía ver más allá de los árboles a mi espalda, me encontré con un niño de mi edad colgado de la rama de un árbol. Iba con el pelo corto revuelto y la ropa mal colocada. Se descolgó y se acercó corriendo a mi. Llevaba una sonrisa de oreja a oreja, era la cara más feliz que había visto en mucho tiempo, me saludó y me preguntó que qué me había pasado, yo no podía dejar de mirar sus ojos, por algún extraño motivo, parecían más viejos que los de mi padre, le conté lo que me había pasado, y él me respondió que alguna vez me había visto de lejos, y que él conocía a la mujer que había visto, no se por qué a él sí se lo había contado. Caminamos un rato el uno al lado del otro, pero no mucho tiempo, pues me dijo que tenía que irse pronto, aun así me pidió que al próximo fin de semana, si me encontraba mejor, lo acompañase y corriésemos juntos... Lo vi alejarse a la carrera mientras escuchaba sus carcajadas cada vez más lejos. No vi a la mujer por ninguna parte de vuelta a casa, pero, después de saber que no me la había inventado yo, que existía de verdad, estaba un poco más calmado. Y poco a poco se me fue pasando la excitación durante la semana, hasta que por fin llegó el Viernes y volví, mucho mejor, al bosque. Mi padre había llevado a arreglar el reloj, y ya funcionaba otra vez perfectamente, así que no tenía riesgo de que me retrasara. Me encontré con el chico en el mismo lugar, solo que esta vez estaba sentado, con los codos sobre las rodillas, sosteniendo su rostro entre sus manos, en cuanto me vio, comenzó a sonreír otra vez de oreja a oreja y se levantó para acercarse. Caminamos el uno al lado del otro un buen rato, me preguntó por mi colegio, porque él iba a otro y no conocía a nadie del pueblo. Me dijo que vivía al otro lado del bosque, y eso me interesó mucho, pues nunca había logrado cruzar hasta allí, me daba miedo perderme, aunque siempre he tenido muy buena orientación. Me preguntó si me encontraba mejor, y si estaba dispuesto a echar una carrera contra él. La verdad es que aun no me había recuperado del todo, así que nos lo tomamos como un entrenamiento ese fin de semana, pues volví a verlo el Sábado y el Domingo, pero ni rastro de la mujer de plata. Y así fue durante casi un año. Todos los fines de semana iba a correr con el chico del bosque, echábamos carreras todos los días, cada vez más lejos. Siempre quedábamos empatados, pero a mi me parecía que él siempre se contenía, pues por más que me esforzara, él siempre iba a mi lado, y si me adelantaba un poco, el me alcanzaba sin esfuerzo, y sin dejar de sonreír siempre. Algunas veces me enfadaba, pero se me pasaba tan pronto como nos deteníamos y lo miraba, su sonrisa me impedía enfadarme con él, era tan feliz... Y me lo contagiaba, me encantaba estar con él en el bosque. Algún que otro día también le preguntaba por la mujer de plata, pero él me decía que no la conocía mucho, y que ella no solía salir, no le gustaba mucho la compañía.

"Una tarde, en la que salíamos a correr, nos encontramos con un pajarito que se agitaba en el suelo, de espaldas, sin dejar de moverse y sin poder emprender el vuelo. El chico me instó a acercarnos a ver qué era lo que le pasaba. En cuanto nos notó, se puso más nervioso e intentó huir, pero se estaba haciendo daño, y sentí la urgente necesidad de ayudarlo. Así que nos acercamos deprisa y lo cogí entre mis manos. Me sugirió que le hablase para tranquilizarlo, y eso fue lo que hice. Lo que más me sorprendió fue que funcionó, el pájaro no dejó de mirarnos a uno y otro muy nervioso, pero por lo menos había dejado de moverse, y entonces me di cuenta de que tenía el ala herida, en una posición en la que no debería estar. Mi amigo me sugirió que me lo llevase a casa para que se curara, y que cuando estuviese mejor, lo llevase de nuevo al bosque para que lo liberásemos juntos. Y así lo hice, pasaron 2 semanas antes de que el pájaro comenzase a mover las alas con normalidad. En casa no me pusieron ningún reparo, y mi madre se alegró mucho de que hubiese ayudado al animalillo a curarse, noté que mis padres se sentían orgulloso por mi, así que me prometí que si volvía a encontrarme en alguna situación del estilo, volvería a ayudar al animal. Cuando creí que ya era tiempo de liberarlo, volví al bosque, un Viernes por la tarde, con el pajarito en su jaula. Mi amigo me esperaba donde siempre, subido a una rama baja de un árbol. Saltó y corrió hasta mi para ver al pajarito. "¡Pajarillo! ¡Al fin te has curado!" Estaba tan feliz, que ambos comenzamos a reírnos a carcajadas. Fue después de serenarnos que le pedí a él que lo liberase. Me miró boquiabierto, y entonces me abrazó. Experimenté una sensación muy extraña al contacto con su cuerpo, nunca había sentido algo parecido, fue como si el viento acariciase todo mi cuerpo por todas partes, colándose por debajo de la ropa y haciéndome cosquillas. Abrimos la jaula con cuidado, y tomó al pajarito en sus manos. Dejé la jaula en el suelo, nos miramos un momento, y a su señal, comenzamos a correr tan rápido como nos daban las piernas. Cuando íbamos a la máxima velocidad, mi amigo extendió las manos abiertas, y el pajarito comenzó a batir sus alas con fuerza. "¡Vuela! ¡Vuela muy alto! ¡Vuela pajarillo!" Él no dejaba de gritar lleno de júbilo, hasta que el pajarito alzó el vuelo de sus manos y se alejó por el cielo. Sin necesidad de mirarnos, bajamos el ritmo de nuestra carrera hasta que nos detuvimos, y nos dejamos caer en el suelo. Allí tendidos, el uno junto al otro, vimos como el pajarito disfrutaba de su libertad recuperada. Se quedó un tiempo volando sobre nosotros, hasta que empezó a oscurecer. Nos despedimos, y cada uno echó a correr en direcciones opuestas, por el camino recogí la jaula y la llevé a casa".

"El Sábado, cuando fui al bosque, no encontré a nadie esperando. Me senté un rato en el suelo, en medio, mirando en la dirección en la que creía que aparecería... Pero después de dos largas horas de espera, me volví a casa, muy triste, era la primera vez desde que nos habíamos conocido que no lo encontraba esperándome. Mis padres se sorprendieron al verme tan temprano en casa, pero no me dijeron nada. Al día siguiente, el primer día de invierno, volví al lugar de siempre, y otra vez allí no había nadie esperándome. La verdad es que me había acostumbrado tanto a verlo todos los días esperándome, que nunca se me había pasado por la cabeza ninguna de las preguntas que me asaltaron ese Domingo mientras esperaba. ¿Quién era aquel niño? Nunca nos habíamos presentado formalmente, por lo que no sabíamos el nombre el uno del otro. No sabía nada a parte de que vivía al otro lado del bosque e iba al colegio del pueblo vecino. Le gustaba la naturaleza y el deporte, siempre iba aparentemente desaliñado, pero a causa de ir corriendo a todas partes. Y era increíblemente feliz. Ya había empezado a oscurecer, aunque aun no era la hora de volver, debido a que era la primera noche del invierno. Estaba mirando el cielo cuando noté un movimiento que captó mi atención, y allí estaba él, riendo. "¡Sígueme!" Y comenzó a correr por donde había venido, me levanté del suelo y seguí sus pasos y sus carcajadas. No se durante cuánto tiempo estuve corriendo siguiendo sus pasos, a veces lo tenía justo frente a mi, y al momento había desaparecido. Hasta que casi me choco con él. Se había detenido en seco delante de mi, y para no llevármelo por delante hice un giro aparatoso y terminé en el suelo. Me senté, un poco dolorido, y lo miré a los ojos. Me devolvió la mirada sonriente, y luego alzó la vista a un punto detrás de mi. Me levanté sacudiéndome las hojas de la ropa, y al girarme, allí estaba ella; la mujer de plata".

"Estaba sentada en el tronco de un árbol caído. Miraba al cielo, como se oscurecía. Mi amigo pasó a mi lado, me dio una palmada en el hombro y se acercó a ella. Se sentó en el suelo, a sus pies, y cerró los ojos. Casi al mismo momento, se quedó dormido, o eso parecía. La mujer de plata le removió el pelo, y entonces se giró para verme. Extendió un brazo con la palma de la mano hacia arriba, invitándome a acercarme. Todo era sumamente extraño, pero no tenía miedo, hervía de emoción. Me acerqué, y tomé su mano, tiró muy suavemente de mi hasta que me senté frente a ella, en el tronco del árbol. Me dejó que la estudiase un rato sin mudar se expresión serena del rostro. Me resultaba tan hermosa... No podía dejar de mirar su rostro. Me daba vergüenza cuánto me atraía, y tan solo tenía 9 años"

-"Tengo entendido que me llamas la mujer de plata".-Tragué saliva y asentí. -"No deberías llamarme así, pues sabes cuál es mi nombre. Al igual que sabes el nombre de nuestro amigo. Sabes más cosas de las que crees, solo que nadie te ha enseñado a verlas, pues nadie es capaz de hacerlo. Eres único, Ceneska. Nunca hemos conocido a nadie como tú, y por eso hemos tardado tanto tiempo en presentarnos; nos dabas miedo. Pero tus actos nos han mostrado que podemos confiar en ti, y por eso, voy a enseñarte. ¿Te gustaría aprender?"

"Se supone que debería haberle hecho un millón de preguntas. Creía que se equivocaba de persona, pues yo no sabía sus nombres, ni esas cosas que se suponía que había hecho, ni me sentía único... Solo diferente. Y eso nunca fue una virtud. Pero, después de volver a tragar saliva, asentí una vez más."

-"Pon tu mano sobre este tronco, y quiero que me digas qué es lo que vez, una vez que cierres tus ojos. Quiero que te imagines qué es lo que deberías ver, y le pidas a este árbol que te cuente todo eso que te pasa por la cabeza. Cualquier cosa que te imagines, está bien. Primero, quiero que lo escuches, por educación vas a guardar silencio. Y una vez que termines de imaginar cómo te cuenta su historia, quiero que me la cuentes a mi. ¿Lo has entendido?"

"Volví a asentir. Coloqué ambas manos sobre el tronco del árbol, y las miré un momento allí, desnudas al contacto de la corteza de aquel árbol caído. "Háblame amigo, cuéntame tu historia". No tuve que esperar mucho tiempo. Noté como si el árbol se desperezara, como si fuese un abuelo que se prepara para contarle una historia a su nieto, colocándose bien la pipa de fumar en la boca y acomodando el cojín de la mecedora antes de empezar a narrar. Y, una vez que estuvo preparado, escuché cómo me contaba su historia, bebiéndome cada palabra. No se cuánto tiempo estuve allí, solo se que, antes de que acabase, tenía la extraña sensación de que, en realidad, no era yo el que se estaba imaginando la historia, sino que era el árbol quien realmente me la estaba contando. Por fin acabó, y le di las gracias por compartir su historia conmigo. Abrí los ojos, y ante mi, Luna me miraba sonriendo. El pajarito al que había ayudado estaba en su hombro posado, mirándome también, y Viento seguía dormido a los pies de Luna. Cuando abrí los ojos, toda la historia del árbol estaba firmemente guardada en mi memoria, y sabía que era él quien me la había contado. Que la mujer de plata era la Luna, que mi mejor amigo era el Viento, que siempre había estado escuchando murmullos en el bosque, y que hasta ese momento no me había dado cuenta de que eran conversaciones entre la tierra, los animales que no podía ver pero sí oír, los árboles y las plantas. Miré al cielo y vi a las nubes, que me sonreían. Las estrellas me guiñaban los ojos amigablemente, y cuando volví a bajar la mirada, Luna también me sonreía.

-"Y ahora, cuéntame su historia, tal y como él te la ha contado".

-Y al igual que hago contigo desde que nos conocimos, le conté a la Luna la historia de aquel árbol. -Guardé unos minutos de silencio mientras te dejaba asimilar mis palabras. -Desde los 9 años, he estado escuchando las historias de todo aquel que quisiera contármela. Tanto personas corpóreas como tú y como yo, como de personas a las que solo yo puedo ver y escuchar. Luna y Viento siempre están conmigo. Éste sigue siendo mi mejor amigo, y cada vez que puedo, me escapo y salimos juntos a correr sin que nadie nos vea. Luna me ha cuidado desde aquel día que me ayudó a levantarme del suelo tras haber tropezado. Ese es el motivo por el que no había en el cielo ni una sombra de su belleza, y por lo que, por primera vez desde que pasó, no fue a la montaña el día más triste del mes para ella. No sabemos por qué, pero soy la única persona que puede verlos y escucharlos, a pesar de que he buscado, nunca he encontrado a mis verdaderos padres para poder preguntarles. Cada una de las historias que me han contado, se queda grabada en mi memoria, y ya no puedo olvidarla. Quizá algún detalle sin importancia, pero, por lo general, lo recuerdo todo de ellos, mis amigos. Las demás cosas las olvido, la verdad es que soy un chico muy despistado. Pero no los olvido a ellos.

Todo estaba a oscuras y en silencio. Yo no podía verte el rostro, apenas intuía tu silueta en la oscuridad. Por el contrario, a mi Luna me iluminaba con su luz, y aunque a oscuras, sí podías verme. Giré el rostro , y miré a Luna a la cara, ella me devolvió la mirada y apoyó su mano sobre mi hombro, reconfortándome. Viento, aunque dormido a mis pies, en el suelo de mi cuarto, sonrió diferente para removerme el cabello.

No se cuánto tardé en contarte mi historia. Así que no se cuánto tiempo estuviste allí sentada escuchando mis palabras, mientras la oscuridad nos arropaba. Por el contrario, sí se durante cuanto tiempo sentí miedo a tu reacción. En cierta manera, aun hoy estoy esperando que al despertarme tú hayas desaparecido y nunca vuelva a verte. Entiende que, para mi, cuando me di cuenta de que Viento era mi mejor amigo, fui feliz en la misma cantidad que sentí miedo. Aun no me había acostumbrado a tener amigos ni a querer a la gente. Al tener a Luna y a Viento, pude darle rienda suelta a mi amor hacia otras personas, y fue entonces cuando me enamoré de mis padres, y por eso hoy los quiero de la forma en la que los quiero. Cuando te desvelé mi secreto, lo único que ni tan si quiera mis padres han sabido nunca de mi, tenía tanto miedo que podía tomar parte de él y darle forma delante de mi, mientras esperaba algo, una palabra, un movimiento, un grito o un desmayo, daba igual, solo quería descubrir, para bien o para mal, cuál sería tu reacción.

Estaba tan tenso, que cuando Luna retiró la mano de mi hombro, casi salté de la silla. Me revolvió el cabello y me besó en la mejilla. Tomó a Viento del suelo, y se fue al cielo, dejándome a solas contigo.

-¿Están aquí?

Tu voz sonó como un rayo partiendo el silencio de la noche, rasgada y triste.

-Acaban de irse. Cristina, yo...

-El buzón dónde me dejas las cartas, es el de mi tía. Mis padres... la verdad es que no se muy bien dónde están. Paso los fines de semana con mi tía desde hace... desde que te conocí, todos los fines de semana. El resto del tiempo vivo en un internado, mis padres no querían ocuparse de mi, y por eso me han dejado aquí y se han ido, viajan mucho como para poder criarme. Quieren que me convierta en una gran empresaria que solo viva para trabajar y ganar dinero, que es lo que hacen ellos, y como fingen ser felices. Pero esa vida no es para mi. Por eso tengo unos horarios tan estrictos, por eso solo puedo verte un rato una vez en semana, porque es casi el único momento que tengo libre. La fotografía... es un trato que tengo con ellos. Si me dejan que tenga la cámara y las fotos como pasatiempo, yo haré lo que ellos me pidan, que es básicamente estar encerrada la mayor parte del tiempo que no estoy en clase estudiando, para sacar las mejores notas y entrar en una universidad privada, que me laven el cerebro y sea como ellos. Lo odio. Por lo que no quiero que se enteren de tu existencia, es porque me prohibirían volver a verte... Ceneska, tengo 16 años. No te he contado nada de mi hasta ahora por miedo. Me gustas... Me gustas mucho. Me paso toda la semana pensando en ti, aguardando tus cartas, porque son mi única vía de escape. Adoro tu forma de escribir, tus historias... Bueno, sus historias. Tengo miedo, de ser una niña y que te rías de mi. De que me veas solo como una niña y me estés usando. De que sea alguna clase de truco de mis padres y al final me digas que me odias, y ya nunca vuelva a confiar en nadie, que es lo que mis padres siempre han querido, que viva sola y solo confíe en mi, para poder concentrarme en la mierda de futuro que quieren para mi. Me da miedo que todo sea una mentira y me partas el corazón. Me da miedo cada vez que te veo, porque todo mi cuerpo palpita de emoción, y me siento tan indefensa cuando me miras... Es como si me vieses desnuda. Siento cuando me miras que todo lo que me cuentas es cierto, por eso confío en ti. Eres la única persona, aunque no he conocido a muchas, que cuando me mira siento que puede saberlo todo de mi si dudo un momento y pierdo la apariencia que he creado al pasarme casi toda mi vida sola. Me dices que Viento y Luna son tus amigos... -Entonces te levantaste y te acercaste a mi, con el rostro surcado de lágrimas que me atravesaron el corazón en su caída. -Y aunque es una locura, y creo que me vuelvo más loca con cada palabra tuya, siento que es verdad. Y me muero de miedo. Ceneska... -No pude evitarlo más, me levanté y te besé en los labios, con lágrimas en los ojos yo también. Luego te abracé y apretaste el rostro contra mi pecho y rompiste a llorar. -Ceneska, te quiero. Te quiero... Por favor, te lo suplico, no me mientas nunca, no me traiciones, no me hagas daño... -Te separaste y nos miramos a los ojos. -Si esto es un sueño, o una mentira, cuando lo descubra, moriré. Por favor...

Volví a abrazarte con fuerzas, no pude contener las primeras lágrimas y cayeron sobre tu cabello. Seguiste abrazada a mi con fuerzas, muerta de miedo, como lo estaba yo. Eras una niña, en el piso de un extraño, que te contaba una locura, y al que le confesabas que lo querías. Me moría de miedo, eras tan inocente... No soportaba la sola idea de que nadie pudiese herirte. Odié a tus padres desde ese día, y me odié por ello. Temí errar alguna vez al estar contigo, más de lo que he temido hacer daño a ningún ser. Giré el rostro, e intercambié una mirada con la Luna.

-Ayúdame a cuidar de ella, como siempre has cuidado de mi.

Luna me sonrió con lágrimas en los ojos y asintió.

-"Te estás haciendo mayor, mi pequeño. Te lo prometo".

Como no conseguías calmarte, ni con caricias, ni con besos, te invité a tomar un baño de agua caliente, al que accediste encantada. Fue la primera vez que sonreíste aquella noche, y a partir de entonces, y solo entonces, comencé a sentirme mejor. Ya había decidido que iba a amarte siempre desde esa noche, pero que siempre antepondría tu bienestar a mi propia felicidad. Por eso, aunque quisiera hacer contigo lo que hacen los amantes, me prometí que hasta que estuvieras preparada, solo cuidaría de ti... Salvo por los besos. Esa noche descubrí cuanto me gusta el contacto de tus labios en los míos. Desde la primera vez, sentí que lo quería hacer por siempre, besar tus labios como si fuese mi última oportunidad de demostrarte cuánto significas para mi. La mejor forma que conozco de emplear los labios, la forma más sincera de demostrarte que te quiero...

Y después de pensar todo eso, apareciste con el cabello suelto y húmedo, llevando solo una de mis camisas puestas, que acentuaba tus pezones y dejaban al descubierto tus increíbles piernas. Te miré a los ojos, y me devolviste una mirada firme. Tenías los ojos algo hinchados, pero no había duda en ellos, y habías escondido el miedo para que nadie lo viese... Aunque yo sabía que seguía ahí. Dejaste la toalla en la silla y te acercaste a mi, sin dejar de mirarme a los ojos, colocaste tus manos en mi cintura y alzaste el rostro. Sonreíste y cerraste los ojos, hasta un ciego podía ver que estaba temblando. Me incliné sobre ti y te besé otra vez. Luego te abracé e hice varias respiraciones profundas.

-Acabo de prometerme que voy a cuidar de ti mientras quieras permanecer a mi lado. Y por lo que tiemblo es del miedo que siento al pensar que si me equivoco, pueda hacerte daño... -Volví a respirar profundamente, y luego me incliné un poco para hablarte directamente al oído. -Y entonces apareces así, y deseo... Lo siento, Cristina. Pero te deseo. -Y me reí. -Presiento que voy a pasar unas noches muy largas a partir de hoy.

Reíste conmigo sin soltarme.

-Ya te lo he dicho. No importa dónde o cómo esté. Si se trata de ti, me siento desnuda. Lo único que te pido, es que no me mientas, y me trates bien. Si deseas tenerme, tómame. -Te separaste para que pudiese mirarte a los ojos directamente y viese que eran ciertas tus palabras... En cierta manera, esa noche me di cuenta de que tenías razón; podía ver a través de ti. -Sabes qué me da miedo y qué no.

-Es cierto, puedo ver la verdad de todo lo que dices. No se si tú puedes verlo en mi, pero te prometo que nunca voy a mentirte. Me encantaría que pudieses ver las cosas como yo, para que pudieses mirar dentro de mi y ver mi verdad. Cristina, te quiero.

-No se si entiendo cómo ves las cosas. Pero cuando me dices que me quieres, creo ver esa verdad de la que me hablas. No te tengo miedo, Ceneska. Temo a la mentira, es lo que más miedo me da en el mundo. Me asusta quererte demasiado, pero puedo manejarlo. Pero, ¿que me hagas el amor? Me has robado mis primeros besos, y me alegro. Cuídame, y no habrá nada de mi que no te regale de buen grado.

Nos mirábamos a los ojos mientras hablábamos, y por ello veía todo de ti. Sabía que cada palabra que pronunciabas era cierta como el suelo que pisábamos, como que estábamos abrazados, como que estábamos enamorados el uno del otro, y como que el Viento es mi mejor amigo y Luna nos cuida desde hace años.

No te hice el amor esa noche, pero dormimos juntos, abrazados en la cama. Quería desnudarte, pero tampoco lo hice. Esa noche, solo disfrutamos de la mutua compañía. Hablamos un rato con la luz apagada, comprendiste sin que te lo explicase que siempre tenía la ventana abierta y que nunca la cerraría, ni esa ni ninguna otra que me separase de esa parte de mi.

Cuándo por fin te quedaste dormida, Luna vino y nos arropó antes de dejarnos descansar.

-¿Lo sabías?

-"No sabía como reaccionaría, pero sí sabía algo de su historia. Siempre he cuidado de ti, si no hubiese intentado averiguar algo de su vida, ¿qué clase de madre sería?"

Sonreí. ¿Cómo no se me había ocurrido? Es cierto que nunca me contaba nada de otras personas, aunque ella viese a todo el mundo en sus momentos más íntimos. Ella conocía mejor que yo a todos mis amigos, a mis compañeros de piso, a mis compañeros de clase, a mis vecinos... Por supuesto que la conocías.

Por la mañana me desperté con la caricia de los primeros rayos del Sol. Antes de volver a salir por la ventana, me dio la enhorabuena. Me quedé un momento observándote antes de despertarte, como la vez anterior. Solo que esta vez estábamos acostados en mi cama, y no sentados en el suelo.

-Cristina, despierta. Ya ha amanecido.

Solo tardaste un momento, como siempre que te despierto. Primero, despiertas tu mente, y luego despiertas al resto de tu cuerpo, unos segundos más tarde. Entonces abres los ojos, y alzas la vista para mirarme directamente a los ojos. Esa mañana, como muchas otras al principio, y aunque no quieras admitirlo, aun te pasa de vez en cuando, te emocionaste y se te humedecieron los ojos, aunque no lloraste. Cerraste los ojos mientras me inclinaba sobre ti y te besé.

Fui a prepararte el desayuno mientras volvías a vestirte, yo aun estaba excitado de haber pasado la noche contigo, y al hacer el desayuno me distraje lo suficiente para que se me pasara. Desayunamos en el salón, el uno frente al otro. Me hablaste de tu tía, de que a pesar de que te quería y cuidaba de ti, de que te entendía y era ella la que había pedido que te dejasen quedarte con ella los fines de semana, para que tuvieses a alguien. Pero, a pesar de ello, siempre le contaba todo lo que hacías a tus padres, por eso no le habías hablado de mi, solo a la amiga a la que había visto en la fiesta, y la que te había recogido aquella mañana. Aunque a ella tampoco le habías contado gran cosa sobre mi, por lo que me dijiste. Pasamos toda la mañana juntos, hablaste tú casi todo el tiempo, contándome todo lo que no me habías contado de ti durante todo el año.

Me confesaste que habías soñado conmigo repetidas veces. Que algunas de las historias que te escribía seguían pareciéndote conocidas. Que habías querido que te besara desde la primera noche. Qué, aunque no me habías reconocido al principio, sí te resultaba familiar, y que al encontrar mi fotografía, no habías dejado de mirarla cuando estabas a solas. Que al verla, un escalofrío te había recorrido todo el cuerpo, y que el miedo se había hecho notar entonces, aunque llevabas tiempo sintiéndolo...

Volvimos a mi cuarto en algún momento, me gustaba mi cuarto, y era allí donde venían a vernos el Viento. Cuando vino la primera vez, se te acercó, y aunque tú no lo viste, te tomó la mano y te besó en la mejilla. Luego vino corriendo al otro lado del cuarto y me abrazó antes de salir corriendo por la ventana. No lo viste, pero notaste el escalofrío característico de cuando te toca, y cuando me volví para encontrarme con tus ojos, te expliqué lo que había pasado. Tomaste tu mano y acariciaste donde habías sentido su roce. Me levanté de la silla y me senté en la cama a tu lado. Entonces te acercaste, y por primera vez, me besaste.

De verdad no sabes cuan feliz me hiciste ese día. El miedo seguía ahí, pero no nos importaba. Ahora estábamos juntos.

Cogí la vela y las cerillas, y la encendí para ti. Me senté en el suelo, tú te tumbaste en la cama. Cuando la llama comenzó a volverse azul, comencé a hablarle al Fuego. Le conté lo que había pasado la noche anterior, el miedo que tenía, y lo feliz que me sentía. Cuando acabé, comenzaste a hablar tú, también le hablaste de tus miedos, le recordaste alguna de las cosas que le habías contado, que me explicaste luego, y por último también le contaste que ahora te sentías libre y feliz. Y le confesaste, sabiendo que te escuchaba, que te sentías profundamente enamorada de mi. Cuando terminaste, apagamos la vela juntos, la dejé en el suelo y me tumbé a tu lado. Me abrazaste y te besé...

Te invité a comer, pero no podías quedarte más, tenías que irte con tu amiga, para que lo nuestro siguiera siendo un secreto. Te acompañé hasta donde me dejaste, nos despedimos con un último beso y me fui. Viento, que nunca se había alejado mucho, se acercó riendo y me felicitó. Le revolví el pelo y eché a correr por las calles, con él a mi lado, ambos riendo, y yo aguantándome las carcajadas para no parecer un loco en mitad de la ciudad riendo sin sentido.

Me preparé la comida más simple del mundo, arroz con atún, salsa de tomate y queso fundido. Comí deprisa, limpié rápidamente, y me encerré en mi cuarto a escribir. Te escribí lo que había supuesto ese día para mi. Esperé a que saliese la Luna, y le pregunté si podía contarte la conversación que habíamos tenido. Asintió. Y por eso sabes cada palabra que intercambiamos aquella noche mientras esperabas una respuesta por mi parte.

El Domingo por la noche, acudí temprano a verte. Caía el Sol, que se había pasado parte del día haciéndome comentarios picantes, pues el Viento le había comentado como habíamos pasado la noche, y me dio, por primera vez, la enhorabuena por ti. Por haber encontrado a una persona en la que podía confiar, al igual que todos ellos confiaban en mi. No tardaste en bajar, salimos corriendo, Viento a la saga, metiéndose entre nosotros y jugando con nuestra ropa y nuestro cabello. Me llevaste a una plaza escondida, no muy lejos, y nos abrazamos y nos besamos. Te leí la carta, y luego volvimos a besarnos. Te despedí en la verja de tu portal, ambos un poco tristes porque no podríamos vernos hasta el próximo fin de semana...

Empezaron las clases, mi último año de universidad. Llevaba tiempo haciendo prácticas en el veterinario. Había tratado a muchos animales diferentes, mi tutor se quedó impresionado por mi forma de entenderme con los animales, y los clientes siempre se iban satisfechos, hasta cierto punto. Había algunos animales que no tenían cura, y tan solo les quedaban algunos días de vida. Sobre todo pequeños roedores y algunas aves. Aun así, los clientes se iban menos tristes, o eso me gustaría pensar, que cuando venían. Al entrar, tenían el miedo de que su mascota fuese a morir... Al salir, el miedo se había convertido en verdad, así que dejaban de temer, solo cabía la tristeza. Lo que hacía en esos casos era contarles cosas buenas de sus mascotas, cosas que no todo veterinario podía saber, de forma que, aun tristes por su pérdida, estuviesen contentos por la vida que le habían brindado.

Nos vimos cada fin de semana. Un Viernes de cada mes, venías a mi piso a pasar la noche. Cenábamos y desayunábamos juntos. Hablábamos como cada fin de semana, que aunque yo solo te escribía los Domingos, sí intentábamos vernos más a menudo. A pesar de que te duchaste más veces y pasamos más noches juntos, seguí sin hacerte el amor. No fue fácil, pero en cierta manera me siento orgulloso por haber aguantado. Recuerdo cada detalle de la primera vez que me dejaste desnudarte. Sonreías y me dejabas desvestirte sin oponer ningún tipo de resistencia. Te tumbaste en la cama y me dejaste verte de cerca, me dejaste besar cada parte de ti, sin dejar de sonreír. Cuando no cabía de felicidad, te abracé y enterré mi rostro entre tu cabello.

-Te quiero Cristina.

Te reíste en mi oreja y nos hiciste girar hasta quedar sobre mi.

-Y yo a ti, Ceneska. Soy tuya, lo he sido y lo seré siempre, porque solo tú me haces feliz.

Cada vez que venías a mi piso, hacíamos el ritual de la vela. Que se ha convertido en costumbre para nosotros. Nos desahogábamos con Fuego y con nosotros mismos. Fuego me contó que, al hacerlo de aquella forma, y luego nos dimos cuenta nosotros, nos hacíamos más fuertes a la vez que más ligeros. Es pura lógica, que al repartir el peso entre tres, es más ligero que si lo carga uno solo. Nos reímos ante tan tonto razonamiento... Y por primera vez, aunque fue amarga, vi al Fuego sonreír antes de apagarse.

Al final nos descubrieron, como no podía ser de otra manera. Tus padres vinieron dispuestos a cambiarte de internado y llevarte lejos de tu tía y de mi, para que te concentraras en tus estudios y las que ellos habían decidido que debían ser tus metas. Eligieron el día de tu cumpleaños, ese fin de semana íbamos a hacer algo especial... En ningún momento fue ni lo que pensé ni lo que habíamos planeado. Tan solo quedaban unas semanas para acabar el curso. Viniste a mi piso, yo ya estaba esperándote, Viento me había avisado. Nos tumbamos abrazados en la cama, me contaste entre sollozos todo lo que había pasado, sobre todo lo que Viento no había podido contarme. Te prometí que iba a protegerte, y te recordé mi promesa. Luna vino en cuanto pudo, y le pedí consejo. Viento iba y venía, contándome qué era de tus padres, y yo te retransmitía la información.

-"Aquí, no puedes quedarte con ella, tiene que volver con sus padres. Aun es menor de edad, y tú, aunque te gustaría, no puedes separarla de ellos".

-¡Pero ellos no la quieren! No puedes pedirme que la deje ir, Luna... Sabes que no puedo dejarla ir...

-"Lo se pequeño, lo único que te he dicho, es que no puedes quedarte aquí con ella. Tenéis que huir".

-¿A dónde?

Luna aguardó hasta que Viento acudió de nuevo.

-"Viento, tengo que preguntarte algo. Tu amigo necesita huir con Cristina, necesitan una nueva vida, una nueva identidad, necesitan un lugar en el que puedan estar juntos donde nadie pueda encontrarlos... Y tú sabes dónde está ese lugar".

Yo aun no sabía a qué se refería Luna, ni lo que significaba lo que le estaba pidiendo a mi amigo. El me miró, y las lágrimas comenzaron a caer por su rostro... Era la primera vez que una sonrisa no atravesaba su hermosa cara de niño.

-No. Sea lo que sea, debe haber otra solución.

Notaste mi preocupación, y te acercaste a abrazarme.

-No puedo ni veros ni oíros, pero sea lo que sea, no me debéis nada. No quiero nada que os haga daño a ninguno solo por ayudarme.

Viento te abrazó y te besó en la mejilla, me sostuvo la mirada un momento, rompiéndome el corazón con una sonrisa, un segundo antes de desaparecer. Luna nos contó esa noche más sobre la ciudad tormenta. Era un lugar al que solo Viento podía llevarnos, pero para ello, él debía cambiar... Tenía que dejar atrás la niñez y convertirse en un hombre, y era algo que no era fácil de hacer. Hice las maletas, y juntos nos fuimos a la casa de mi padre, en el pueblo. Os presenté y le contamos juntos toda nuestra historia. Tú le hablaste sobre tus padres y tu vida, y yo de lo que habíamos decidido hacer.

-En vuestro caso, seguramente haría lo mismo. Pero, como padre, no puedo apoyaros. No me voy a interponer, mientras estés aquí, voy a ayudaros. Te quiero hijo, lo sabes, pero en cuanto te vayas, no podrás volver. Si decides huir, en lugar de esperar a que ella sea mayor de edad y que decida por si misma lo que quiere hacer, no puedo apoyarte, a ninguno. Chiquilla, no puedo pedirte que esperes, no tienes el apoyo de nadie, y tus padres no te pondrán las cosas fáciles para que vuelvas junto a mi hijo, no hay nada que pueda decirte, más que te deseo lo mejor en esta vida. Pero a ti, Ceneska, no puedes arrebatarle su futuro y tirar por el suelo tu trabajo. Es egoísta por tu parte, mucho. Es triste, es duro de aceptar, pero lo que le estás arrebatando al fugaros juntos, quizá sea más de lo que puedas brindarle en tu huida. No tienes dinero, no tienes medios, ni tan siquiera has acabado tu carrera para buscar un trabajo decente... ¿Cómo vas a mantenerla? ¿Cómo vas a mantenerte?

Mi padre me ama, me quiere con locura, siempre lo he sabido. Y por ello siempre supe que sus duras palabras solo eran la preocupación que sentía por mi. El temor de que no pudiese ser feliz y de que estuviese cometiendo el mayor error de mi vida... Pero aun hoy, no creo que sea así. Nos quedamos 2 noches en mi casa, donde me había criado, donde había crecido y donde había conocido a mis mejores amigos. Te enseñé dónde había visto a Luna por primera vez, y dónde me había encontrado con Viento. Te llevé hasta donde había hablado con ellos de verdad por primera vez y donde había conocido mi virtud. Cuando llegamos al tronco caído, no pude más, rompí a llorar. Llevaba 4 días sin ver a mi mejor amigo, sin ver su sonrisa y sin que me revolviese el pelo. Me abrazaste hasta que calló la noche, y Luna vino a consolarme también.

-¿Lo volveré a ver?

-"Por supuesto, solo que para entonces, él habrá cambiado. Sentirá y recordará todo, vas a seguir siendo su mejor amigo, pero... Él es quien da forma a la ciudad tormenta, quien tiene las llaves de la ciudad del agua. Y para ello, tiene que renunciar a su inocencia. Ese es el sacrificio que ha hecho para que tú sigas siendo feliz".

No podía dejar de llorar, y ni Luna ni tú podíais consolarme. Sentía que mi mejor amigo había dado la vida por mi, sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo. Entonces, una racha de viento casi nos levantó del suelo y nos cortó la piel del frío. Me puse en pie y me volví hacia el lugar del que había venido. Era él, me llamaba y me recriminaba que estuviese en aquel estado tan lamentable.

-¡Viento!

Solté todo el aire de mis pulmones gritando su nombre... Luna nos dijo que era la señal. Ya casi estaba preparado y debíamos comenzar nuestro viaje. Pasamos la que fue la última noche en mi cuarto. Nos duchamos juntos, y esa noche, me pediste que te hiciera el amor. Apagamos la luz y encendimos una vela. Nos pasamos casi toda la noche rindo y llorando. Te dolió al principio, pero luego lo disfrutaste. Reímos de felicidad e histeria, y lloramos por lo mismo. Me pediste mil veces perdón por el sacrificio de Viento, y yo te arropé contra mi pecho y te juré amor eterno..."


-El resto, ya lo sabes. Llevamos huyendo 1 año y 8 meses desde esa noche. Sol nos indica la dirección y Luna nos guarda por las noches. Viento sigue criticándome cada vez que decaigo, advirtiéndome que no me queje por lo que me toca, que no desprecie su sacrificio, aunque aun sigo sin verlo. Y no lo veré hasta que lleguemos. No he dejado de quererte ni un solo día, no me arrepiento de nada, te he besado todos los días y hacemos el amor casi todas las noches. Y, cada Domingo por la noche, vuelvo a contarte esta historia. Pues, lo recuerdo todo. Hoy llovió y me olvidé de guardar la ropa, a veces me olvido de cosas y tenemos que volver a por ellas. Pero, en lo que a ti respecta, lo recuerdo todo, mi querida Cristina. Y cada día seguimos rumbo a la ciudad tormenta, donde espero volver a encontrarme con mi mejor amigo, y amarte por siempre.

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