Desde
el principio, me había acostumbrado a no mirar a mis amigos
incorpóreos directamente cuando había gente a mi alrededor. Ellos
lo entendían aun sin tener que explicárselo, aunque aun así, se
los expliqué, y muy de vez en cuando volvía a disculparme por hacer
como si no los escuchase o como si no los viese. Por eso, cuando por
fin reaccionamos e intercambié una mirada con Viento, a los dos nos
sorprendió que nuestras miradas se encontraran.
Viento
salió a buscar al Sol y a hablar con los árboles y la Tierra, no te
lo conté en ese momento, pero te pedí que esperases, y no dijiste
nada más. Te sentaste en mi cama y asentiste con la cabeza sin dejar
de mirarme, muy seria. En realidad, yo también esperaba, a la Luna.
Aunque todos los elementos me diesen su consentimiento para desvelar
nuestro mutuo secreto, si Luna me pedía que lo guardase, jamás te
hubiese dicho una palabra... Jamás te hubiese mentido, pero te
hubiese pedido que te olvidases de esa pregunta, te hubiese suplicado
y rogado por ello.
¿Sabes?
En ese momento, tenía aproximadamente un millón de cosas en la
cabeza, pero en ningún momento se me ocurrió preguntarte por qué
querías saberlo. Era... quizá, demasiado extraño. No tenía
ninguna duda sobre ti, a pesar de que no te conocía de nada en
absoluto. Solo sabía que me gustabas.
Para
ganar tiempo hasta que saliera la Luna, te mostré las cartas.
Hablamos de ellas, me agradeciste que también las hubiese escrito a
mano, que te gustaba tenerlas en papel, y yo te conté más sobre
cada una de ellas. Dónde las escribí, casi siempre en mi cuarto,
que había pasado esa semana en el trabajo y en mi casa, y poco más.
Aun así, fue más que suficiente. Yo estaba sentado en la silla, de
espaldas a la ventana. Por ello, hasta que Viento no me despeinó
para llamar mi atención, no me di cuenta de que había empezado a
oscurecer, y que Luna ya estaba sentada en el alfeizar de mi ventana.
Tú supongo que te diste cuenta porque me quedé en silencio de
pronto y me giré para volver el rostro a la noche, para mirar a
Luna. Tú esperaste paciente, sin saber bien qué pasaba en la
habitación. Y no pronunciaste ni una sola palabra, a pesar de que no
podías escuchar nada.
-"Hola
pequeño, he venido en cuanto Viento me ha avisado".
Para
hablar con ellos, no necesito pronunciar ninguna palabra. Lo único
que tengo que hacer es dirigir mis pensamientos hacia a ellos, y
ellos los reciben. Pero, hay veces que se me olvida. Hablar con ellos
para mi es algo tan normal, que muchas veces acabo hablando en voz
alta. Ellos pueden escucharme igualmente, la diferencia es que así
también me escucha todo el que ande cerca. En ese momento guardé
silencio y solo hablé de forma que Luna y Viento pudiesen
escucharme.
-
Cristina ha venido hoy aquí, para conocerme, y conoceros a vosotros.
Y no se qué hacer. A mi me gustaría contárselo, confío en ella,
pero no se por qué. En realidad no la conozco, no se absolutamente
nada de ella, y por eso te esperaba, Luna. No se qué debo hacer.
¿Sigo a la razón, o sigo al corazón?
Luna
volvió la mirada hacia ti, y sentí pánico. Ya te quería en ese
momento, pero Luna era demasiado importante para mi. Ya había
perdido a una madre, y sufrí mucho tiempo. No podía volver a perder
a otra... Pero desde luego, tampoco quería perderte a ti.
Luna
volvió la mirada hacia mi y una lágrima se desprendió de sus
hermosos ojos plateados. Me levanté súbitamente y me acerqué a la
ventana, ella me detuvo antes de que la abrazase.
-"No
es justo que me pidas a mi que decida. No está bien. Tienes que
saber que nunca voy a dejar de cuidarte. ¿Recuerdas la primera vez
que me viste? En realidad, no era la primera. Yo no elegí mostrarme,
lo único que hice fue hacerte verme. Desde que naciste has podido
vernos a todos nosotros, solo que no lo sabías. Yo no puedo irme sin
más y desaparecer de tu vida, porque siempre vas a poder verme allá
a donde vaya, al igual que a todos. Así que hagas lo que hagas,
nunca nos vamos a alejar de ti, eres el único que puede tomar esa
decisión. Si te equivocas, y esta chica resulta no ser lo que tú
creías, el que saldrá peor parado serás tú. Y al igual que tú
estás para nosotros, nosotros estaremos para ti. Y tampoco está
bien que yo decida por ti, pues conozco más de ella que tú, quizá
incluso la conozca mejor que ella a si misma. Por ello, no te diré
nada. Guardaré silencio hasta que tomes tu decisión, solo debes
saber que para bien o para mal, voy a estar a tu lado".
Entonces,
retiró la mano y me dejó acercarme. Apoyé la cabeza en la curva
de su cuello, sobre su hombro, y la mano en su pierna. No sabía qué
hacer. ¿Lloraba de felicidad o de tristeza? ¿Si la conocía mejor,
por qué no me ayudaba? Lo único que tenía claro, es que si ella no
me decía por qué no me ayudaba a escoger, era por una buena razón.
-Te
quiero Luna.
Ella
me besó en la mejilla y me acarició dulcemente el brazo. Tomé la
silla y me senté junto a la ventana, otra vez devolviéndote la
mirada. Todo parecía más oscuro, y no te veía bien el rostro. El
problema de cuando hablo con los elementos, es que el tiempo pasa de
forma diferente. A veces pasa muy rápido, y otras muy despacio. Una
piedra puede contarme toda su historia de décadas de antigüedad en
menos de una hora... Y un ave puede contarme un solo viaje migratorio
en varias de ellas. Mientras hablamos, para mi el tiempo trascurre
con normalidad, pero mientras yo me detengo a hablar, el mundo sigue
en movimiento, y a veces me lo pierdo. Por ello no soy capaz de saber
cuánto tiempo estuviste esperando hasta que me giré para devolverte
la mirada.
-Cuando
tenía 8 años, no tenía muchos amigos. No me gustaban mucho mis
compañeros de clase, tan solo llevaba 4 años con mis padres en ese
entonces, un poco menos. Me sentía querido, pero sentía que no
pertenecía a aquel lugar. Por eso me costaba tanto hacer lazos con
más personas... Como te he contado, mi casa está en medio del
campo, y no muy lejos empiezan los bosques. Mis padres me habían
comprado un reloj y me habían enseñado a leer las horas hacía
algún tiempo, por eso siempre me decían que, mientras volviera a la
hora establecida, que eran las 20:30, podía salir con amigos y
pasear por donde quisiera, mientras tuviese cuidado. Por suerte mi
pueblo siempre ha sido muy tranquilo, y son raros los accidentes que
allí suceden. No se si fue por el tiempo, o porque le di un golpe,
pero el reloj se paró a las 19:00. Y no me di cuenta de que empezaba
a oscurecer y yo seguía sin volver a casa. Me giré y eché a correr
tanto como me dieron las piernas... Estaba preocupado, porque no
quería que mis padres se enfadasen conmigo, pero, al mismo tiempo,
tenía una sensación agradable, y estaba convencido de que era por
ir corriendo. Esa sensación me inundó tanto, que no dejaba de
sonreír, y hubo un momento en el que empecé a reír, y cerré los
ojos en una carcajada... Iba muy deprisa, era imposible que no me
cayese. Y cuando tropecé, me hice mucho daño. Había caído cuan
largo era y me había deslizado por el suelo unos metros, arañándome
todo el cuerpo contra el suelo. Mi primer impulso, aun sin haber
abierto los ojos, fue llorar. Pero en cuanto los abrí, me quedé
mudo, el dolor también enmudeció un rato mientras asimilaba qué
era lo que estaba viendo. Una mujer de tez pálida, con el cabello
que le llegaba por la cintura, de color plateado, ojos tristes e
inmensamente hermosos, también de color plateados. Tenía una nariz
delicada, terminada con un poco de punta. Llevaba un vestido blanco
que le dejaba al descubierto el cuello y los brazos, y le llegaba
hasta las rodillas. Sus piernas eran firmes, pero delgadas, y llevaba
los pies descalzos. El dolor había desaparecido y lo había
reemplazado la profunda tristeza que me trasmitían sus ojos y la
curiosidad. Era la primera vez que me encontraba con alguien en el
bosque. Y además iba descalza y sin abrigo, cuando ya había
empezado a oscurecer. Se acercó un poco más y me tendió una mano
para ayudarme a levantar. Una vez en pie vi que no era tan alta como
me había parecido, pero sí increíblemente hermosa. Aunque esté
mal decirlo, mucho más que mi madre, que era la mujer a la cual
tenía por más hermosa hasta el momento. Sin soltarme la mano, se
hizo a un lado y me invitó a continuar. Di un paso, y me di cuenta
de que ya había llegado al final del bosque, mi casa se veía no muy
lejos de allí. No me di cuenta de cuando me soltó la mano, la miré
y ella me sonrió. Di unos pasos en dirección a mi casa, luego me
volví, y ya se había ido. La busqué entre los árboles, pero no
encontré ni rastro de ella, así que me giré y comencé a correr
otra vez. Mi padre me esperaba sentado en los escalones de la
entrada. Al principio parecía muy enfadado, era la primera vez que
llegaba tarde, pero cuando me acerqué más y la luz me bañó, su
rostro se tornó del enfado a la preocupación. No dijo ni una
palabra, se acercó y me tendió la mano para acompañarme a casa. Me
llevó al baño y me ayudó a desnudarme mientras la bañera se
llenaba de agua caliente. En ese momento, mientras me quitaba la
ropa, comencé a ser consciente de todas mis heridas, y las lágrimas
empezaron a correr por mis mejillas, ni lloré ni sollocé, pero me
dolía, y por ello no podía detener mis lágrimas. Solo eran
raspones, pero la piel se había levantado en muchos lugares de mi
cuerpo, sobretodo en las rodillas y en los brazos. Mi padre me bañó
con una esponja y sumo cuidado, sin decir palabra. De vez en cuando
me limpiaba el rostro de lágrimas, y luego seguía limpiando la
sangre de mi cuerpo. "Ya no tienes tan mal aspecto", me
dijo una vez que salí de la tina, me giré para mirar como el agua
se iba por el desagüe, era de color marrón sangre. Fue una noche
muy larga, casi no conseguí dormir. Las sábanas me hacían daño en
las heridas y me escocía, estaba dolorido y apenado por haber
preocupado a mis padres, y también sumamente intrigado por saber
quien era aquella mujer del bosque. Con la escusa de que estaba
castigado, mi padre se había ahorrado el que mi madre me viese
aquella noche, me llevó la cena al cuarto y me preguntó si
necesitaba algo. Así que por la mañana, cuando mi madre me vino a despertar,
se llevó un susto que recordó durante mucho tiempo. Como no había
dormido bien, no quería ni tenía fuerzas para despertarme, así que
me quitó las sábanas de encima, y entonces vio todas mis heridas.
Recuerdo el grito que dio llamando a mi padre para preguntarle por
aquello y la cantidad de besos que me dio mezclados con lágrimas que
se derramaban sin remedio de sus preocupados ojos. Cuando vino le
expliqué a los dos que el reloj me había fallado y que me había
tropezado corriendo... pero nada más, no les hablé de la mujer de
plata. Ese día me ahorré el ir al bosque, aunque era fin de semana y
era lo que solía hacer, solo que no estaba de muy buen humor. Pero
el Domingo no resistí la tentación, como aun no tenía reloj, me
pidieron que no tardase mucho en regresar, que aun tenía que esperar
a que se curasen las heridas. Fui con los nervios a flor de piel
hasta el linde del bosque, y en cuanto dejé atrás el primer árbol,
empecé a caminar con dificultad, era tan grande la emoción que
sentía que me entorpecía el movimiento. Aunque me duró bien poco,
la verdad. En cuanto ya no se podía ver más allá de los árboles a
mi espalda, me encontré con un niño de mi edad colgado de la rama
de un árbol. Iba con el pelo corto revuelto y la ropa mal colocada.
Se descolgó y se acercó corriendo a mi. Llevaba una sonrisa de
oreja a oreja, era la cara más feliz que había visto en mucho
tiempo, me saludó y me preguntó que qué me había pasado, yo no
podía dejar de mirar sus ojos, por algún extraño motivo, parecían
más viejos que los de mi padre, le conté lo que me había pasado, y
él me respondió que alguna vez me había visto de lejos, y que él
conocía a la mujer que había visto, no se por qué a él sí se lo
había contado. Caminamos un rato el uno al lado del otro, pero no
mucho tiempo, pues me dijo que tenía que irse pronto, aun así me
pidió que al próximo fin de semana, si me encontraba mejor, lo
acompañase y corriésemos juntos... Lo vi alejarse a la carrera
mientras escuchaba sus carcajadas cada vez más lejos. No vi a la
mujer por ninguna parte de vuelta a casa, pero, después de saber que
no me la había inventado yo, que existía de verdad, estaba un poco
más calmado. Y poco a poco se me fue pasando la excitación durante
la semana, hasta que por fin llegó el Viernes y volví, mucho mejor,
al bosque. Mi padre había llevado a arreglar el reloj, y ya
funcionaba otra vez perfectamente, así que no tenía riesgo de que
me retrasara. Me encontré con el chico en el mismo lugar, solo que
esta vez estaba sentado, con los codos sobre las rodillas,
sosteniendo su rostro entre sus manos, en cuanto me vio, comenzó a
sonreír otra vez de oreja a oreja y se levantó para acercarse.
Caminamos el uno al lado del otro un buen rato, me preguntó por mi
colegio, porque él iba a otro y no conocía a nadie del pueblo. Me
dijo que vivía al otro lado del bosque, y eso me interesó mucho,
pues nunca había logrado cruzar hasta allí, me daba miedo perderme, aunque
siempre he tenido muy buena orientación. Me preguntó si me
encontraba mejor, y si estaba dispuesto a echar una carrera contra
él. La verdad es que aun no me había recuperado del todo, así que
nos lo tomamos como un entrenamiento ese fin de semana, pues volví a
verlo el Sábado y el Domingo, pero ni rastro de la mujer de plata. Y
así fue durante casi un año. Todos los fines de semana iba a correr
con el chico del bosque, echábamos carreras todos los días, cada
vez más lejos. Siempre quedábamos empatados, pero a mi me parecía
que él siempre se contenía, pues por más que me esforzara, él
siempre iba a mi lado, y si me adelantaba un poco, el me alcanzaba
sin esfuerzo, y sin dejar de sonreír siempre. Algunas veces me
enfadaba, pero se me pasaba tan pronto como nos deteníamos y lo
miraba, su sonrisa me impedía enfadarme con él, era tan feliz... Y
me lo contagiaba, me encantaba estar con él en el bosque. Algún que
otro día también le preguntaba por la mujer de plata, pero él me
decía que no la conocía mucho, y que ella no solía salir, no le
gustaba mucho la compañía.
"Una
tarde, en la que salíamos a correr, nos encontramos con un pajarito
que se agitaba en el suelo, de espaldas, sin dejar de moverse y sin
poder emprender el vuelo. El chico me instó a acercarnos a ver qué
era lo que le pasaba. En cuanto nos notó, se puso más nervioso e
intentó huir, pero se estaba haciendo daño, y sentí la urgente
necesidad de ayudarlo. Así que nos acercamos deprisa y lo cogí
entre mis manos. Me sugirió que le hablase para tranquilizarlo, y
eso fue lo que hice. Lo que más me sorprendió fue que funcionó, el
pájaro no dejó de mirarnos a uno y otro muy nervioso, pero por lo
menos había dejado de moverse, y entonces me di cuenta de que tenía
el ala herida, en una posición en la que no debería estar. Mi amigo
me sugirió que me lo llevase a casa para que se curara, y que cuando
estuviese mejor, lo llevase de nuevo al bosque para que lo
liberásemos juntos. Y así lo hice, pasaron 2 semanas antes de que
el pájaro comenzase a mover las alas con normalidad. En casa no me
pusieron ningún reparo, y mi madre se alegró mucho de que hubiese
ayudado al animalillo a curarse, noté que mis padres se sentían
orgulloso por mi, así que me prometí que si volvía a encontrarme
en alguna situación del estilo, volvería a ayudar al animal. Cuando
creí que ya era tiempo de liberarlo, volví al bosque, un Viernes
por la tarde, con el pajarito en su jaula. Mi amigo me esperaba
donde siempre, subido a una rama baja de un árbol. Saltó y corrió
hasta mi para ver al pajarito. "¡Pajarillo! ¡Al fin te has
curado!" Estaba tan feliz, que ambos comenzamos a reírnos a
carcajadas. Fue después de serenarnos que le pedí a él que lo
liberase. Me miró boquiabierto, y entonces me abrazó. Experimenté
una sensación muy extraña al contacto con su cuerpo, nunca había
sentido algo parecido, fue como si el viento acariciase todo mi
cuerpo por todas partes, colándose por debajo de la ropa y
haciéndome cosquillas. Abrimos la jaula con cuidado, y tomó al
pajarito en sus manos. Dejé la jaula en el suelo, nos miramos un
momento, y a su señal, comenzamos a correr tan rápido como nos
daban las piernas. Cuando íbamos a la máxima velocidad, mi amigo
extendió las manos abiertas, y el pajarito comenzó a batir sus
alas con fuerza. "¡Vuela! ¡Vuela muy alto! ¡Vuela pajarillo!"
Él no dejaba de gritar lleno de júbilo, hasta que el pajarito alzó
el vuelo de sus manos y se alejó por el cielo. Sin necesidad de
mirarnos, bajamos el ritmo de nuestra carrera hasta que nos
detuvimos, y nos dejamos caer en el suelo. Allí tendidos, el uno
junto al otro, vimos como el pajarito disfrutaba de su libertad
recuperada. Se quedó un tiempo volando sobre nosotros, hasta que
empezó a oscurecer. Nos despedimos, y cada uno echó a correr en
direcciones opuestas, por el camino recogí la jaula y la llevé a
casa".
"El
Sábado, cuando fui al bosque, no encontré a nadie esperando. Me
senté un rato en el suelo, en medio, mirando en la dirección en la
que creía que aparecería... Pero después de dos largas horas de
espera, me volví a casa, muy triste, era la primera vez desde que
nos habíamos conocido que no lo encontraba esperándome. Mis padres
se sorprendieron al verme tan temprano en casa, pero no me dijeron
nada. Al día siguiente, el primer día de invierno, volví al lugar
de siempre, y otra vez allí no había nadie esperándome. La verdad
es que me había acostumbrado tanto a verlo todos los días
esperándome, que nunca se me había pasado por la cabeza ninguna de
las preguntas que me asaltaron ese Domingo mientras esperaba. ¿Quién
era aquel niño? Nunca nos habíamos presentado formalmente, por lo
que no sabíamos el nombre el uno del otro. No sabía nada a parte de
que vivía al otro lado del bosque e iba al colegio del pueblo
vecino. Le gustaba la naturaleza y el deporte, siempre iba
aparentemente desaliñado, pero a causa de ir corriendo a todas
partes. Y era increíblemente feliz. Ya había empezado a oscurecer,
aunque aun no era la hora de volver, debido a que era la primera
noche del invierno. Estaba mirando el cielo cuando noté un
movimiento que captó mi atención, y allí estaba él, riendo.
"¡Sígueme!" Y comenzó a correr por donde había venido,
me levanté del suelo y seguí sus pasos y sus carcajadas. No se
durante cuánto tiempo estuve corriendo siguiendo sus pasos, a veces
lo tenía justo frente a mi, y al momento había desaparecido. Hasta
que casi me choco con él. Se había detenido en seco delante de mi,
y para no llevármelo por delante hice un giro aparatoso y terminé
en el suelo. Me senté, un poco dolorido, y lo miré a los ojos. Me
devolvió la mirada sonriente, y luego alzó la vista a un punto
detrás de mi. Me levanté sacudiéndome las hojas de la ropa, y al
girarme, allí estaba ella; la mujer de plata".
"Estaba
sentada en el tronco de un árbol caído. Miraba al cielo, como se
oscurecía. Mi amigo pasó a mi lado, me dio una palmada en el hombro
y se acercó a ella. Se sentó en el suelo, a sus pies, y cerró los
ojos. Casi al mismo momento, se quedó dormido, o eso parecía. La
mujer de plata le removió el pelo, y entonces se giró para verme.
Extendió un brazo con la palma de la mano hacia arriba, invitándome
a acercarme. Todo era sumamente extraño, pero no tenía miedo,
hervía de emoción. Me acerqué, y tomé su mano, tiró muy
suavemente de mi hasta que me senté frente a ella, en el tronco del
árbol. Me dejó que la estudiase un rato sin mudar se expresión
serena del rostro. Me resultaba tan hermosa... No podía dejar de
mirar su rostro. Me daba vergüenza cuánto me atraía, y tan solo
tenía 9 años"
-"Tengo
entendido que me llamas la mujer de plata".-Tragué saliva y
asentí. -"No deberías llamarme así, pues sabes cuál es mi
nombre. Al igual que sabes el nombre de nuestro amigo. Sabes más
cosas de las que crees, solo que nadie te ha enseñado a verlas, pues
nadie es capaz de hacerlo. Eres único, Ceneska. Nunca hemos conocido
a nadie como tú, y por eso hemos tardado tanto tiempo en
presentarnos; nos dabas miedo. Pero tus actos nos han mostrado que
podemos confiar en ti, y por eso, voy a enseñarte. ¿Te gustaría
aprender?"
"Se
supone que debería haberle hecho un millón de preguntas. Creía que
se equivocaba de persona, pues yo no sabía sus nombres, ni esas
cosas que se suponía que había hecho, ni me sentía único... Solo
diferente. Y eso nunca fue una virtud. Pero, después de volver a
tragar saliva, asentí una vez más."
-"Pon
tu mano sobre este tronco, y quiero que me digas qué es lo que vez,
una vez que cierres tus ojos. Quiero que te imagines qué es lo que
deberías ver, y le pidas a este árbol que te cuente todo eso que te
pasa por la cabeza. Cualquier cosa que te imagines, está bien.
Primero, quiero que lo escuches, por educación vas a guardar
silencio. Y una vez que termines de imaginar cómo te cuenta su
historia, quiero que me la cuentes a mi. ¿Lo has entendido?"
"Volví
a asentir. Coloqué ambas manos sobre el tronco del árbol, y las
miré un momento allí, desnudas al contacto de la corteza de aquel
árbol caído. "Háblame amigo, cuéntame tu historia". No
tuve que esperar mucho tiempo. Noté como si el árbol se
desperezara, como si fuese un abuelo que se prepara para contarle una
historia a su nieto, colocándose bien la pipa de fumar en la boca y
acomodando el cojín de la mecedora antes de empezar a narrar. Y, una
vez que estuvo preparado, escuché cómo me contaba su historia,
bebiéndome cada palabra. No se cuánto tiempo estuve allí, solo se
que, antes de que acabase, tenía la extraña sensación de que, en
realidad, no era yo el que se estaba imaginando la historia, sino que
era el árbol quien realmente me la estaba contando. Por fin acabó,
y le di las gracias por compartir su historia conmigo. Abrí los
ojos, y ante mi, Luna me miraba sonriendo. El pajarito al que había
ayudado estaba en su hombro posado, mirándome también, y Viento
seguía dormido a los pies de Luna. Cuando abrí los ojos, toda la
historia del árbol estaba firmemente guardada en mi memoria, y sabía
que era él quien me la había contado. Que la mujer de plata era la
Luna, que mi mejor amigo era el Viento, que siempre había estado
escuchando murmullos en el bosque, y que hasta ese momento no me
había dado cuenta de que eran conversaciones entre la tierra, los
animales que no podía ver pero sí oír, los árboles y las plantas.
Miré al cielo y vi a las nubes, que me sonreían. Las estrellas me
guiñaban los ojos amigablemente, y cuando volví a bajar la mirada,
Luna también me sonreía.
-"Y
ahora, cuéntame su historia, tal y como él te la ha contado".
-Y al
igual que hago contigo desde que nos conocimos, le conté a la Luna
la historia de aquel árbol. -Guardé unos minutos de silencio
mientras te dejaba asimilar mis palabras. -Desde los 9 años, he
estado escuchando las historias de todo aquel que quisiera
contármela. Tanto personas corpóreas como tú y como yo, como de
personas a las que solo yo puedo ver y escuchar. Luna y Viento
siempre están conmigo. Éste sigue siendo mi mejor amigo, y cada vez
que puedo, me escapo y salimos juntos a correr sin que nadie nos vea.
Luna me ha cuidado desde aquel día que me ayudó a levantarme del
suelo tras haber tropezado. Ese es el motivo por el que no había en
el cielo ni una sombra de su belleza, y por lo que, por primera vez
desde que pasó, no fue a la montaña el día más triste del mes para
ella. No sabemos por qué, pero soy la única persona que puede
verlos y escucharlos, a pesar de que he buscado, nunca he encontrado
a mis verdaderos padres para poder preguntarles. Cada una de las
historias que me han contado, se queda grabada en mi memoria, y ya no
puedo olvidarla. Quizá algún detalle sin importancia, pero, por lo
general, lo recuerdo todo de ellos, mis amigos. Las demás cosas las
olvido, la verdad es que soy un chico muy despistado. Pero no los
olvido a ellos.
Todo
estaba a oscuras y en silencio. Yo no podía verte el rostro, apenas
intuía tu silueta en la oscuridad. Por el contrario, a mi Luna me
iluminaba con su luz, y aunque a oscuras, sí podías verme. Giré el
rostro , y miré a Luna a la cara, ella me devolvió la mirada y
apoyó su mano sobre mi hombro, reconfortándome. Viento, aunque
dormido a mis pies, en el suelo de mi cuarto, sonrió diferente para
removerme el cabello.
No se
cuánto tardé en contarte mi historia. Así que no se cuánto tiempo
estuviste allí sentada escuchando mis palabras, mientras la
oscuridad nos arropaba. Por el contrario, sí se durante cuanto
tiempo sentí miedo a tu reacción. En cierta manera, aun hoy estoy
esperando que al despertarme tú hayas desaparecido y nunca vuelva a
verte. Entiende que, para mi, cuando me di cuenta de que Viento era
mi mejor amigo, fui feliz en la misma cantidad que sentí miedo. Aun
no me había acostumbrado a tener amigos ni a querer a la gente. Al
tener a Luna y a Viento, pude darle rienda suelta a mi amor hacia
otras personas, y fue entonces cuando me enamoré de mis padres, y
por eso hoy los quiero de la forma en la que los quiero. Cuando te
desvelé mi secreto, lo único que ni tan si quiera mis padres han
sabido nunca de mi, tenía tanto miedo que podía tomar parte de él
y darle forma delante de mi, mientras esperaba algo, una palabra, un
movimiento, un grito o un desmayo, daba igual, solo quería
descubrir, para bien o para mal, cuál sería tu reacción.
Estaba
tan tenso, que cuando Luna retiró la mano de mi hombro, casi salté
de la silla. Me revolvió el cabello y me besó en la mejilla. Tomó
a Viento del suelo, y se fue al cielo, dejándome a solas contigo.
-¿Están
aquí?
Tu voz
sonó como un rayo partiendo el silencio de la noche, rasgada y
triste.
-Acaban
de irse. Cristina, yo...
-El
buzón dónde me dejas las cartas, es el de mi tía. Mis padres... la
verdad es que no se muy bien dónde están. Paso los fines de semana
con mi tía desde hace... desde que te conocí, todos los fines de
semana. El resto del tiempo vivo en un internado, mis padres no
querían ocuparse de mi, y por eso me han dejado aquí y se han ido,
viajan mucho como para poder criarme. Quieren que me convierta en una
gran empresaria que solo viva para trabajar y ganar dinero, que es lo
que hacen ellos, y como fingen ser felices. Pero esa vida no es para
mi. Por eso tengo unos horarios tan estrictos, por eso solo puedo
verte un rato una vez en semana, porque es casi el único momento que
tengo libre. La fotografía... es un trato que tengo con ellos. Si me
dejan que tenga la cámara y las fotos como pasatiempo, yo haré lo que
ellos me pidan, que es básicamente estar encerrada la mayor parte del
tiempo que no estoy en clase estudiando, para sacar las mejores notas
y entrar en una universidad privada, que me laven el cerebro y sea
como ellos. Lo odio. Por lo que no quiero que se enteren de tu
existencia, es porque me prohibirían volver a verte... Ceneska,
tengo 16 años. No te he contado nada de mi hasta ahora por miedo. Me
gustas... Me gustas mucho. Me paso toda la semana pensando en ti,
aguardando tus cartas, porque son mi única vía de escape. Adoro tu
forma de escribir, tus historias... Bueno, sus historias. Tengo
miedo, de ser una niña y que te rías de mi. De que me veas solo
como una niña y me estés usando. De que sea alguna clase de truco
de mis padres y al final me digas que me odias, y ya nunca vuelva a
confiar en nadie, que es lo que mis padres siempre han querido, que
viva sola y solo confíe en mi, para poder concentrarme en la mierda
de futuro que quieren para mi. Me da miedo que todo sea una mentira y
me partas el corazón. Me da miedo cada vez que te veo, porque todo
mi cuerpo palpita de emoción, y me siento tan indefensa cuando me
miras... Es como si me vieses desnuda. Siento cuando me miras que
todo lo que me cuentas es cierto, por eso confío en ti. Eres la
única persona, aunque no he conocido a muchas, que cuando me mira
siento que puede saberlo todo de mi si dudo un momento y pierdo la
apariencia que he creado al pasarme casi toda mi vida sola. Me dices
que Viento y Luna son tus amigos... -Entonces te levantaste y te
acercaste a mi, con el rostro surcado de lágrimas que me atravesaron
el corazón en su caída. -Y aunque es una locura, y creo que me
vuelvo más loca con cada palabra tuya, siento que es verdad. Y me
muero de miedo. Ceneska... -No pude evitarlo más, me levanté y te
besé en los labios, con lágrimas en los ojos yo también. Luego te
abracé y apretaste el rostro contra mi pecho y rompiste a llorar.
-Ceneska, te quiero. Te quiero... Por favor, te lo suplico, no me
mientas nunca, no me traiciones, no me hagas daño... -Te separaste y
nos miramos a los ojos. -Si esto es un sueño, o una mentira, cuando
lo descubra, moriré. Por favor...
Volví
a abrazarte con fuerzas, no pude contener las primeras lágrimas y
cayeron sobre tu cabello. Seguiste abrazada a mi con fuerzas, muerta
de miedo, como lo estaba yo. Eras una niña, en el piso de un
extraño, que te contaba una locura, y al que le confesabas que lo
querías. Me moría de miedo, eras tan inocente... No soportaba la
sola idea de que nadie pudiese herirte. Odié a tus padres desde ese
día, y me odié por ello. Temí errar alguna vez al estar contigo,
más de lo que he temido hacer daño a ningún ser. Giré el rostro,
e intercambié una mirada con la Luna.
-Ayúdame
a cuidar de ella, como siempre has cuidado de mi.
Luna
me sonrió con lágrimas en los ojos y asintió.
-"Te
estás haciendo mayor, mi pequeño. Te lo prometo".
Como
no conseguías calmarte, ni con caricias, ni con besos, te invité a
tomar un baño de agua caliente, al que accediste encantada. Fue la
primera vez que sonreíste aquella noche, y a partir de entonces, y
solo entonces, comencé a sentirme mejor. Ya había decidido que iba
a amarte siempre desde esa noche, pero que siempre antepondría tu
bienestar a mi propia felicidad. Por eso, aunque quisiera hacer
contigo lo que hacen los amantes, me prometí que hasta que
estuvieras preparada, solo cuidaría de ti... Salvo por los besos.
Esa noche descubrí cuanto me gusta el contacto de tus labios en los
míos. Desde la primera vez, sentí que lo quería hacer por siempre,
besar tus labios como si fuese mi última oportunidad de demostrarte
cuánto significas para mi. La mejor forma que conozco de emplear los
labios, la forma más sincera de demostrarte que te quiero...
Y
después de pensar todo eso, apareciste con el cabello suelto y
húmedo, llevando solo una de mis camisas puestas, que acentuaba tus
pezones y dejaban al descubierto tus increíbles piernas. Te miré a
los ojos, y me devolviste una mirada firme. Tenías los ojos algo
hinchados, pero no había duda en ellos, y habías escondido el miedo
para que nadie lo viese... Aunque yo sabía que seguía ahí. Dejaste
la toalla en la silla y te acercaste a mi, sin dejar de mirarme a los
ojos, colocaste tus manos en mi cintura y alzaste el rostro.
Sonreíste y cerraste los ojos, hasta un ciego podía ver que estaba
temblando. Me incliné sobre ti y te besé otra vez. Luego te abracé
e hice varias respiraciones profundas.
-Acabo
de prometerme que voy a cuidar de ti mientras quieras permanecer a mi
lado. Y por lo que tiemblo es del miedo que siento al pensar que si
me equivoco, pueda hacerte daño... -Volví a respirar profundamente,
y luego me incliné un poco para hablarte directamente al oído. -Y
entonces apareces así, y deseo... Lo siento, Cristina. Pero te
deseo. -Y me reí. -Presiento que voy a pasar unas noches muy largas
a partir de hoy.
Reíste
conmigo sin soltarme.
-Ya te
lo he dicho. No importa dónde o cómo esté. Si se trata de ti, me
siento desnuda. Lo único que te pido, es que no me mientas, y me
trates bien. Si deseas tenerme, tómame. -Te separaste para que
pudiese mirarte a los ojos directamente y viese que eran ciertas tus
palabras... En cierta manera, esa noche me di cuenta de que tenías
razón; podía ver a través de ti. -Sabes qué me da miedo y qué
no.
-Es
cierto, puedo ver la verdad de todo lo que dices. No se si tú puedes
verlo en mi, pero te prometo que nunca voy a mentirte. Me encantaría
que pudieses ver las cosas como yo, para que pudieses mirar dentro de
mi y ver mi verdad. Cristina, te quiero.
-No se
si entiendo cómo ves las cosas. Pero cuando me dices que me quieres,
creo ver esa verdad de la que me hablas. No te tengo miedo, Ceneska.
Temo a la mentira, es lo que más miedo me da en el mundo. Me asusta
quererte demasiado, pero puedo manejarlo. Pero, ¿que me hagas el
amor? Me has robado mis primeros besos, y me alegro. Cuídame, y no
habrá nada de mi que no te regale de buen grado.
Nos
mirábamos a los ojos mientras hablábamos, y por ello veía todo de
ti. Sabía que cada palabra que pronunciabas era cierta como el suelo
que pisábamos, como que estábamos abrazados, como que estábamos
enamorados el uno del otro, y como que el Viento es mi mejor amigo y
Luna nos cuida desde hace años.
No te
hice el amor esa noche, pero dormimos juntos, abrazados en la
cama. Quería desnudarte, pero tampoco lo hice. Esa noche, solo
disfrutamos de la mutua compañía. Hablamos un rato con la luz
apagada, comprendiste sin que te lo explicase que siempre tenía la
ventana abierta y que nunca la cerraría, ni esa ni ninguna otra que
me separase de esa parte de mi.
Cuándo
por fin te quedaste dormida, Luna vino y nos arropó antes de
dejarnos descansar.
-¿Lo
sabías?
-"No
sabía como reaccionaría, pero sí sabía algo de su historia.
Siempre he cuidado de ti, si no hubiese intentado averiguar algo de
su vida, ¿qué clase de madre sería?"
Sonreí.
¿Cómo no se me había ocurrido? Es cierto que nunca me contaba nada
de otras personas, aunque ella viese a todo el mundo en sus momentos
más íntimos. Ella conocía mejor que yo a todos mis amigos, a mis
compañeros de piso, a mis compañeros de clase, a mis vecinos... Por
supuesto que la conocías.
Por la
mañana me desperté con la caricia de los primeros rayos del Sol.
Antes de volver a salir por la ventana, me dio la enhorabuena. Me
quedé un momento observándote antes de despertarte, como la vez
anterior. Solo que esta vez estábamos acostados en mi cama, y no
sentados en el suelo.
-Cristina,
despierta. Ya ha amanecido.
Solo
tardaste un momento, como siempre que te despierto. Primero,
despiertas tu mente, y luego despiertas al resto de tu cuerpo, unos
segundos más tarde. Entonces abres los ojos, y alzas la vista para
mirarme directamente a los ojos. Esa mañana, como muchas otras al
principio, y aunque no quieras admitirlo, aun te pasa de vez en
cuando, te emocionaste y se te humedecieron los ojos, aunque no
lloraste. Cerraste los ojos mientras me inclinaba sobre ti y te besé.
Fui a
prepararte el desayuno mientras volvías a vestirte, yo aun estaba
excitado de haber pasado la noche contigo, y al hacer el desayuno me
distraje lo suficiente para que se me pasara. Desayunamos en el
salón, el uno frente al otro. Me hablaste de tu tía, de que a pesar
de que te quería y cuidaba de ti, de que te entendía y era ella la
que había pedido que te dejasen quedarte con ella los fines de
semana, para que tuvieses a alguien. Pero, a pesar de ello, siempre
le contaba todo lo que hacías a tus padres, por eso no le habías
hablado de mi, solo a la amiga a la que había visto en la fiesta, y
la que te había recogido aquella mañana. Aunque a ella tampoco le
habías contado gran cosa sobre mi, por lo que me dijiste. Pasamos
toda la mañana juntos, hablaste tú casi todo el tiempo, contándome
todo lo que no me habías contado de ti durante todo el año.
Me
confesaste que habías soñado conmigo repetidas veces. Que algunas
de las historias que te escribía seguían pareciéndote conocidas.
Que habías querido que te besara desde la primera noche. Qué,
aunque no me habías reconocido al principio, sí te resultaba
familiar, y que al encontrar mi fotografía, no habías dejado de
mirarla cuando estabas a solas. Que al verla, un escalofrío te había
recorrido todo el cuerpo, y que el miedo se había hecho notar
entonces, aunque llevabas tiempo sintiéndolo...
Volvimos
a mi cuarto en algún momento, me gustaba mi cuarto, y era allí
donde venían a vernos el Viento. Cuando vino la primera vez, se te
acercó, y aunque tú no lo viste, te tomó la mano y te besó en la
mejilla. Luego vino corriendo al otro lado del cuarto y me abrazó
antes de salir corriendo por la ventana. No lo viste, pero notaste el escalofrío característico de cuando te toca, y cuando me volví para
encontrarme con tus ojos, te expliqué lo que había pasado. Tomaste
tu mano y acariciaste donde habías sentido su roce. Me levanté de
la silla y me senté en la cama a tu lado. Entonces te acercaste, y
por primera vez, me besaste.
De
verdad no sabes cuan feliz me hiciste ese día. El miedo seguía ahí,
pero no nos importaba. Ahora estábamos juntos.
Cogí
la vela y las cerillas, y la encendí para ti. Me senté en el suelo,
tú te tumbaste en la cama. Cuando la llama comenzó a volverse azul,
comencé a hablarle al Fuego. Le conté lo que había pasado la noche
anterior, el miedo que tenía, y lo feliz que me sentía. Cuando
acabé, comenzaste a hablar tú, también le hablaste de tus miedos,
le recordaste alguna de las cosas que le habías contado, que me
explicaste luego, y por último también le contaste que ahora te
sentías libre y feliz. Y le confesaste, sabiendo que te escuchaba,
que te sentías profundamente enamorada de mi. Cuando terminaste,
apagamos la vela juntos, la dejé en el suelo y me tumbé a tu lado.
Me abrazaste y te besé...
Te
invité a comer, pero no podías quedarte más, tenías que irte con
tu amiga, para que lo nuestro siguiera siendo un secreto. Te acompañé
hasta donde me dejaste, nos despedimos con un último beso y me fui.
Viento, que nunca se había alejado mucho, se acercó riendo y me
felicitó. Le revolví el pelo y eché a correr por las calles, con
él a mi lado, ambos riendo, y yo aguantándome las carcajadas para
no parecer un loco en mitad de la ciudad riendo sin sentido.
Me
preparé la comida más simple del mundo, arroz con atún, salsa de
tomate y queso fundido. Comí deprisa, limpié rápidamente, y me
encerré en mi cuarto a escribir. Te escribí lo que había supuesto
ese día para mi. Esperé a que saliese la Luna, y le pregunté si
podía contarte la conversación que habíamos tenido. Asintió. Y
por eso sabes cada palabra que intercambiamos aquella noche mientras
esperabas una respuesta por mi parte.
El
Domingo por la noche, acudí temprano a verte. Caía el Sol, que se
había pasado parte del día haciéndome comentarios picantes, pues
el Viento le había comentado como habíamos pasado la noche, y me
dio, por primera vez, la enhorabuena por ti. Por haber encontrado a
una persona en la que podía confiar, al igual que todos ellos
confiaban en mi. No tardaste en bajar, salimos corriendo, Viento a la
saga, metiéndose entre nosotros y jugando con nuestra ropa y nuestro
cabello. Me llevaste a una plaza escondida, no muy lejos, y nos
abrazamos y nos besamos. Te leí la carta, y luego volvimos a
besarnos. Te despedí en la verja de tu portal, ambos un poco tristes
porque no podríamos vernos hasta el próximo fin de semana...
Empezaron
las clases, mi último año de universidad. Llevaba tiempo haciendo
prácticas en el veterinario. Había tratado a muchos animales
diferentes, mi tutor se quedó impresionado por mi forma de
entenderme con los animales, y los clientes siempre se iban
satisfechos, hasta cierto punto. Había algunos animales que no
tenían cura, y tan solo les quedaban algunos días de vida. Sobre
todo pequeños roedores y algunas aves. Aun así, los clientes se
iban menos tristes, o eso me gustaría pensar, que cuando venían. Al
entrar, tenían el miedo de que su mascota fuese a morir... Al salir,
el miedo se había convertido en verdad, así que dejaban de temer,
solo cabía la tristeza. Lo que hacía en esos casos era contarles
cosas buenas de sus mascotas, cosas que no todo veterinario podía
saber, de forma que, aun tristes por su pérdida, estuviesen
contentos por la vida que le habían brindado.
Nos
vimos cada fin de semana. Un Viernes de cada mes, venías a mi piso a
pasar la noche. Cenábamos y desayunábamos juntos. Hablábamos como
cada fin de semana, que aunque yo solo te escribía los Domingos, sí
intentábamos vernos más a menudo. A pesar de que te duchaste más
veces y pasamos más noches juntos, seguí sin hacerte el amor. No
fue fácil, pero en cierta manera me siento orgulloso por haber
aguantado. Recuerdo cada detalle de la primera vez que me dejaste
desnudarte. Sonreías y me dejabas desvestirte sin oponer ningún
tipo de resistencia. Te tumbaste en la cama y me dejaste verte de
cerca, me dejaste besar cada parte de ti, sin dejar de sonreír.
Cuando no cabía de felicidad, te abracé y enterré mi rostro entre
tu cabello.
-Te
quiero Cristina.
Te
reíste en mi oreja y nos hiciste girar hasta quedar sobre mi.
-Y yo
a ti, Ceneska. Soy tuya, lo he sido y lo seré siempre, porque solo
tú me haces feliz.
Cada
vez que venías a mi piso, hacíamos el ritual de la vela. Que se ha
convertido en costumbre para nosotros. Nos desahogábamos con Fuego
y con nosotros mismos. Fuego me contó que, al hacerlo de aquella
forma, y luego nos dimos cuenta nosotros, nos hacíamos más fuertes
a la vez que más ligeros. Es pura lógica, que al repartir el peso
entre tres, es más ligero que si lo carga uno solo. Nos reímos ante
tan tonto razonamiento... Y por primera vez, aunque fue amarga, vi al
Fuego sonreír antes de apagarse.
Al
final nos descubrieron, como no podía ser de otra manera. Tus padres
vinieron dispuestos a cambiarte de internado y llevarte lejos de tu
tía y de mi, para que te concentraras en tus estudios y las que
ellos habían decidido que debían ser tus metas. Eligieron el día
de tu cumpleaños, ese fin de semana íbamos a hacer algo especial...
En ningún momento fue ni lo que pensé ni lo que habíamos
planeado. Tan solo quedaban unas semanas para acabar el curso.
Viniste a mi piso, yo ya estaba esperándote, Viento me había
avisado. Nos tumbamos abrazados en la cama, me contaste entre
sollozos todo lo que había pasado, sobre todo lo que Viento no había
podido contarme. Te prometí que iba a protegerte, y te recordé mi
promesa. Luna vino en cuanto pudo, y le pedí consejo. Viento iba y
venía, contándome qué era de tus padres, y yo te retransmitía la
información.
-"Aquí,
no puedes quedarte con ella, tiene que volver con sus padres. Aun es
menor de edad, y tú, aunque te gustaría, no puedes separarla de
ellos".
-¡Pero
ellos no la quieren! No puedes pedirme que la deje ir, Luna... Sabes
que no puedo dejarla ir...
-"Lo
se pequeño, lo único que te he dicho, es que no puedes quedarte
aquí con ella. Tenéis que huir".
-¿A
dónde?
Luna
aguardó hasta que Viento acudió de nuevo.
-"Viento,
tengo que preguntarte algo. Tu amigo necesita huir con Cristina,
necesitan una nueva vida, una nueva identidad, necesitan un lugar en
el que puedan estar juntos donde nadie pueda encontrarlos... Y tú
sabes dónde está ese lugar".
Yo aun
no sabía a qué se refería Luna, ni lo que significaba lo que le
estaba pidiendo a mi amigo. El me miró, y las lágrimas comenzaron a
caer por su rostro... Era la primera vez que una sonrisa no
atravesaba su hermosa cara de niño.
-No.
Sea lo que sea, debe haber otra solución.
Notaste
mi preocupación, y te acercaste a abrazarme.
-No
puedo ni veros ni oíros, pero sea lo que sea, no me debéis nada. No
quiero nada que os haga daño a ninguno solo por ayudarme.
Viento
te abrazó y te besó en la mejilla, me sostuvo la mirada un momento,
rompiéndome el corazón con una sonrisa, un segundo antes de
desaparecer. Luna nos contó esa noche más sobre la ciudad tormenta.
Era un lugar al que solo Viento podía llevarnos, pero para ello, él
debía cambiar... Tenía que dejar atrás la niñez y convertirse en
un hombre, y era algo que no era fácil de hacer. Hice las maletas, y
juntos nos fuimos a la casa de mi padre, en el pueblo. Os presenté y
le contamos juntos toda nuestra historia. Tú le hablaste sobre tus
padres y tu vida, y yo de lo que habíamos decidido hacer.
-En
vuestro caso, seguramente haría lo mismo. Pero, como padre, no puedo
apoyaros. No me voy a interponer, mientras estés aquí, voy a
ayudaros. Te quiero hijo, lo sabes, pero en cuanto te vayas, no
podrás volver. Si decides huir, en lugar de esperar a que ella
sea mayor de edad y que decida por si misma lo que quiere hacer, no
puedo apoyarte, a ninguno. Chiquilla, no puedo pedirte que esperes,
no tienes el apoyo de nadie, y tus padres no te pondrán las cosas
fáciles para que vuelvas junto a mi hijo, no hay nada que pueda
decirte, más que te deseo lo mejor en esta vida. Pero a ti, Ceneska,
no puedes arrebatarle su futuro y tirar por el suelo tu trabajo. Es
egoísta por tu parte, mucho. Es triste, es duro de aceptar, pero lo
que le estás arrebatando al fugaros juntos, quizá sea más de lo
que puedas brindarle en tu huida. No tienes dinero, no tienes
medios, ni tan siquiera has acabado tu carrera para buscar un trabajo
decente... ¿Cómo vas a mantenerla? ¿Cómo vas a mantenerte?
Mi
padre me ama, me quiere con locura, siempre lo he sabido. Y por ello
siempre supe que sus duras palabras solo eran la preocupación que
sentía por mi. El temor de que no pudiese ser feliz y de que
estuviese cometiendo el mayor error de mi vida... Pero aun hoy, no
creo que sea así. Nos quedamos 2 noches en mi casa, donde me había
criado, donde había crecido y donde había conocido a mis mejores
amigos. Te enseñé dónde había visto a Luna por primera vez, y
dónde me había encontrado con Viento. Te llevé hasta donde había
hablado con ellos de verdad por primera vez y donde había conocido
mi virtud. Cuando llegamos al tronco caído, no pude más, rompí a
llorar. Llevaba 4 días sin ver a mi mejor amigo, sin ver su sonrisa
y sin que me revolviese el pelo. Me abrazaste hasta que calló la
noche, y Luna vino a consolarme también.
-¿Lo
volveré a ver?
-"Por
supuesto, solo que para entonces, él habrá cambiado. Sentirá y
recordará todo, vas a seguir siendo su mejor amigo, pero... Él es
quien da forma a la ciudad tormenta, quien tiene las llaves de la ciudad del agua. Y para
ello, tiene que renunciar a su inocencia. Ese es el sacrificio que ha
hecho para que tú sigas siendo feliz".
No
podía dejar de llorar, y ni Luna ni tú podíais consolarme. Sentía
que mi mejor amigo había dado la vida por mi, sin que yo pudiese
hacer nada para evitarlo. Entonces, una racha de viento casi nos
levantó del suelo y nos cortó la piel del frío. Me puse en pie y
me volví hacia el lugar del que había venido. Era él, me llamaba y
me recriminaba que estuviese en aquel estado tan lamentable.
-¡Viento!
Solté
todo el aire de mis pulmones gritando su nombre... Luna nos dijo que
era la señal. Ya casi estaba preparado y debíamos comenzar nuestro
viaje. Pasamos la que fue la última noche en mi cuarto. Nos
duchamos juntos, y esa noche, me pediste que te hiciera el amor.
Apagamos la luz y encendimos una vela. Nos pasamos casi toda la noche
rindo y llorando. Te dolió al principio, pero luego lo
disfrutaste. Reímos de felicidad e histeria, y lloramos por lo mismo.
Me pediste mil veces perdón por el sacrificio de Viento, y yo te
arropé contra mi pecho y te juré amor eterno..."
-El
resto, ya lo sabes. Llevamos huyendo 1 año y 8 meses desde esa
noche. Sol nos indica la dirección y Luna nos guarda por las noches.
Viento sigue criticándome cada vez que decaigo, advirtiéndome que
no me queje por lo que me toca, que no desprecie su sacrificio,
aunque aun sigo sin verlo. Y no lo veré hasta que lleguemos. No he
dejado de quererte ni un solo día, no me arrepiento de nada, te he
besado todos los días y hacemos el amor casi todas las noches. Y,
cada Domingo por la noche, vuelvo a contarte esta historia. Pues, lo
recuerdo todo. Hoy llovió y me olvidé de guardar la ropa, a veces
me olvido de cosas y tenemos que volver a por ellas. Pero, en lo que
a ti respecta, lo recuerdo todo, mi querida Cristina. Y cada día
seguimos rumbo a la ciudad tormenta, donde espero volver a
encontrarme con mi mejor amigo, y amarte por siempre.
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