Retomando batallas perdidas


¿Cómo se transforma un mísero día de lluvia, en un hermoso día de invierno? Todo empieza, cuando retomas lo que tenías pendiente, asumes el miedo y das el beso que nunca fuiste capaz de dar...

Realmente, si no te dan ese beso, la vida entera deja de ser vida para ser condena. Los cielos siempre están nublados, las mañanas siempre son frías, siempre andas con la mirada turbada y en los labios estrías. No te interesa abrir las persianas, porque hay más luz con estas puestas, que enrolladas. Y jamás tienes ganas de quedarte en la cama, pues está más fría esta que en una ducha de agua helada. Es como despertarte después de soñar que has muerto, y que la pesadilla empiece cuando sabes que estás despierto.

Así de triste fueron mis días, en los que con parsimonia recorría calles llenas de gente, llenas de vida, sin sentido ni interés para esta alma tan fría como la cima del Everest. Temibles eran los días en los que aun no te conocía, antes de dejarte ir. Pero también los fueron al descubrir que estaba enamorado de ti, y por ello morí al conocerte, cuando me confesaste que tu sueño era alejarte. ¿Qué sentido tenía entonces amarte?

 Y de pronto apareciste un día, nuevamente ante mi, con esa mirada tan triste, que incluso yo parecía feliz. Bendito puesto de flores que estaba a nuestra vera, ni rosa ni lirio, compré una margarita, feliz y radiante, creí intuir al sol tras mis pasos, y sin saber lo que me proponía mientras hacia ti me dirigía, llegué antes que el sol y tomándote del hombro, conseguí hacerte volver. La luz te deslumbró, tu mano se elevó y tus ojos cubrió. Deslumbrada no me reconociste en el primer instante en que me viste, pero al segundo, tus ojos descubriste y con lágrimas en ellos descubriste que era yo, ese sol, que con la margarita ocultando mis labios esperaba una reacción. Sonreíste, me abrazaste. “¿Qué haces aquí?” Me preguntaste. También yo sonreí. Tímidamente, extendí el brazo y te entregué, no un lirio, ni una rosa, una margarita feliz. La tomaste entre tus dedos, extrañada la miraste. Y aprovechando que no mirabas, me evaporé como la nada. Entre toda aquella gente me ocultaba, mientras decepcionada me buscabas. Mientras de fondo sonaba la canción destinada a una pareja que por casualidad se encontraba, una canción de Luis Quintana. Y mientras tú avanzabas para escuchar aquel concierto, yo me alejaba y pensaba qué era aquello que quemaba, No fue aquel cigarrillo, que tras derramar sobre mi camisa vodka, prendió. No como el vuelo una mosca, grácil y majestuosa. Más bien fue como si me arrancaran de cuajo la piel que se quemaba, tirando de mi pecho, sonsacándome la verdad del alma.

Dos días más tarde, regresé a mi casa con una camisa quemada, y un vendaje en el pecho, que aun quemaba. Me sorprendí cuando, al encender el móvil, sonó la puerta. Hacía tanto tiempo que no escuchaba ese sonido. Quise ignorarlo la segunda vez también, pero al cambiarme la camisa, me dirigí sin prisa, para abrir y descubrir que eras tú quien estaba allí. En ese momento mi mano actuó por mi y se elevó hasta el pecho. Me aparté en silencio y te invité a entrar. Me preguntaste algo sobre un móvil. “¿Para qué quieres el móvil si siempre está apagado?” Fuiste hasta la cocina, como tantas otras veces antes de que el olvido entre nosotros se entrometiese. Durante un tiempo te quedaste en silencio, nos mirábamos disimuladamente. Sin más, del mismo modo en que todo quedó en silencio, tu voz lo interrumpió.

-¿Por qué te fuiste?

-No podía quedarme.

-¿Por qué me regalaste la margarita?

-Me crucé contigo mucho antes de llegar al concierto, frente a un puesto. En el vendían flores de todos los colores, y ni las miraste, estabas tan triste...

-No estaba triste, solo iba escuchando música.

-Pero no le prestaste atención. Pensabas en otras cosas que se reflejaban en tus ojos. Casi ibas llorando.

Un recuerdo del momento se reflejó en su rostro y me quemó el pecho.

-No pude darte las gracias.

-No hacía falta.

-Pero quería hacerlo. ¿Será ahora demasiado tarde?

-Sigue sin hacer falta. ¿Te apetece un café? Así podremos hablar tranquilamente, y dejar de hacerlo si queremos mientras bebemos.

-¿Puedo poner música?

-Por supuesto, vuelvo en un momento.

Y así, corriendo, salí de un apartamento que ya no encontraba mío. En el que me faltaba el aire, y al bajar corriendo a la calle, recuperé algo de ese oxígeno perdido. Esperé que, a pesar del tiempo, sus gustos no hubieses cambiado.

Sonaba mientras entraba un CD de Luis Quintana, un CD que no era mío, una música que no esperaba.

-Como siempre, haces cosas inesperadas. No me puedo imaginar de dónde puedes sacar todas esas ocurrencias espontáneas. Como desaparecer tras regalarme una flor...

-Una margarita feliz.

-...después de tanto tiempo. ¿Cuánto hace?

-Te fuiste hace cuatro años, en Mayo.

-Creía que no se te daban bien las fechas.

-Solo las que no me interesan...

Y surgió el primer silencio, acompañado con sorbos de café y el sonido de fondo de una guitarra.

-¿Has traído tú el CD?

-Lo compré allí mismo, está firmado.

-¿Sigues siendo igual de predecible? -Sonríe mientras mira su café. -Gracias por haberte molestado, era innecesario.

Y sonríe ahogando palabras que no existen con el café entre sus labios.

No se que pensaba ella, pero yo imaginaba que habrían hecho en ella esos cuatro años en los que estuvimos separados. Nos acabamos el café y ya no habían excusas para permanecer en silencio. Ella comenzó a dar vueltas por la habitación, ojeando con atención como quedó el salón tras mi intento de decoración. Yo observaba su cuerpo, delgado y esbelto al mismo tiempo, no había dejado la danza, toda ella bailaba, su forma de caminar, la forma en la que extiende el brazo para acariciar el espacio insalvable entre lo que fue y lo que es... Los recuerdos entre las paredes del que había sido nuestro piso. Llevaba el cabello más largo, aunque conservaba su color tostado. No se si se debía al tiempo en que no la veía, pero me parecía mucho más atractiva. Sus ojos se detuvieron en los míos mientras miraba su rostro, y le devolvía la mirada.

-Pareces parte de la decoración, como si fueses un mueble más o un cuadro.

-Sigo teniendo el mismo mal gusto, ya ves que no he cambiado.

-Solo porque tú quieres...

-Y porque tú te fuiste... Eras la única cuerda en este piso de locos, la única gota de alegría en este, mi piso triste. -Comprendí que para permanecer tanto tiempo en silencio, era un bocazas. -¿Te apetece otro café?

¿Habrá cambiado solo su físico? Cuándo me encontraba incómodo, siempre me permitía escapar. Una de las tantas cosas que me gustaban de ella. Otra sería los silencios, no le importa permanecer horas en silencio, sentada a mi lado o cerca de mi, o en la misma habitación. A veces, incluso, cogía papel y lápiz para no romperlo. Largas horas en silencio, como ese día. Ya había oscurecido, y cunado volvía con los cafés, empezó a llover una vez más. La lluvia quería traerme realidad, yo solo encontré recuerdos.

Al entrar, la encontré en el sofá en el que nos solíamos sentar. Le ofrecí el café mientras me sentaba.

-Ha empezado a llover.

-O eso, o alguien te ha tirado un cubo de agua fría por encima. ¿No deberías cambiarte?

¿Cuántas vueltas habría dado ya aquel CD? Sonreí y me levanté, dejando a un lado el café. No fue hasta que me quité la camisa, que me di cuenta de que se había mojado un poco la venda. Me quité los zapatos y me cambié los pantalones, volví descalzo y con una camisa a medio abotonar. Volví a recuperar el café al sentar, ella se acostó con los pies sobre mis rodillas. Por un momento, creí volver al pasado, a aquellos extraños días en que no había nada que hacer, salvo disfrutar del placer que su compañía me podía ofrecer. Después de un rato disfrutando del calor grato que ofrecían sus piernas sobre mis rodillas, volvió su melosa voz a interrumpir el silencio que tanto me gustaba, y con ella me aterraba.

-Vuelves a tener la blusa mojada, ¿no tienes una toalla?

-Sí, me he secado, pero...

Una vez más, hablando demasiado.

-¿Pero?

Negué con la cabeza.

-¿Qué llevas bajo la blusa?

Su voz empieza a sonar preocupada. Nunca soporté ese tono, porque cuando surgía, terminaba con ella enfadada.

-No es nada, por favor. No sigas...

-Quizá debería irme...

-Está lloviendo a cántaros, quédate hasta que pase. Siempre has sido bienvenida aquí, este piso siempre ha sido tuyo.

-Quizá me estén esperando...

La duda me dolió. ¿Y si era verdad que en algún lugar había alguien esperando que volviera a su hogar? Pero su voz, aun preocupada, desvelaba la mentira.

-¿Por qué quieres irte?

-Por el mismo motivo por el que nunca me has dejado preocuparme por ti. Porque siempre me apartas de tu lado.

Sus palabras fueron ballestas, que atormentaban mi dormido corazón, que se desvela y despierta entre el bullicio de la tormenta.

-Quizá... creo que tengo un viejo paraguas...

Quisiera verla, no apartar los ojos de ella. Pero me duele tanto que los cierro deseando estar ciego.

-Y otra vez me echas, como hace cuatro años. No me gustaría irme otra vez.

-Quédate cuanto quieras. Escoge la habitación que prefieras, las tres tienen sábanas limpias.

-¿Puedo dormir entonces en mi antigua habitación?

-Por supuesto.

Y bebo café, ya más frío que yo mismo. No entiendo lo que pretendo, invitándola a quedarse. Verla me hace daño, no verla... Dejo de sentir cuando se va. Me vuelvo frío como el invierno, mucho más que de costumbre.

-Vuelvo en un momento.

Entro en mi cuarto, en su antigua habitación, he mentido. Esas sábanas no están del todo limpias. Hace dos días que no duermo en la cama, pero aun así he de cambiarlas. Y como siempre he hecho, me distraigo con estos absurdos pensamientos para no pensar en la chica que espera, tumbada en el sofá.

-¿Qué te apetece cenar?

-¿También lo vas a ir a comprar?

-¿Te apetece una ensalada? Tengo lechuga, tomate, atún y maíz... ¿Arroz? Puedo freír unos huevos y algunas patatas. O simplemente calentar leche, prepararte un cola-cao, o comprar otro café...

Sonríe, es una buena señal.

-Sorpréndeme.

-¿Tienes mucha hambre?

-Siempre puedo esperar. No te imaginas lo mucho que he tenido que esperar.

-Nadie se merece que lo esperes más de lo necesario.

-Quizá tengas razón...

Y mientras entraba en la cocina, se esfumó su sonrisa.

Opté por prepararle la ensalada; guisé un huevo, troceé la lechuga, rayé zanahoria, corté los tomates... Lo lavé todo tan meticulosamente, que me extrañó un momento, y al siguiente ya era normal. “Sorpréndeme”. De eso se trataba, de sorprenderla. Troceé el huevo duro, y tras desmenuzar el atún y añadirle el maíz dulce, lo mezclé todo, añadiendo una pizca de sal, aceite y vinagre.

Le puse mantel a la mesa, encendí dos velas, lo coloqué todo de forma que quedase muy simétrico, el plato y los cubiertos, una copa de vino a la derecha, un vaso con agua enfrente, y una cerveza a la izquierda. No sabía que escogería hasta que viese la ensalada. Cuando decidí que estaba preparado, apagué la luz.

-La cena está lista.

Esperé tras el respaldo de su asiento a que emergiera entre la oscuridad. Estaba algo más pálida que cuando llegó, y eso me asustó. Sonríe ante mi espectáculo, pero no estaba feliz, no. Retiré un poco la silla, para que tomase asiento.

-¿Quieres emborracharme?

-No sabía que preferirías.

-Ni yo, hasta que no sepa qué cenamos... ¿O solo bebemos?

Fui hasta la cocina y llevé el bol.

-Ensalada, o algo parecido. ¿Te apetece? -Asintió, complacida. Le serví en su plato y dejé el bol a un lado. -Entonces, ¿para beber? También tengo un intento de zumo de frutas y quizá una fanta...

-Vino, ¿cuál es?

-Sinceramente, no tengo ni idea.

Recogí las opciones descartadas y las llevé a la cocina. Las guardé en su lugar, y por fin salí con mi taza de leche con cola-cao. Me senté a un lado de la mesa, mirando hacia ella.

-¿Esa es toda tu cena?

-Hace tiempo que perdí el apetito.

-Cuando vivía aquí sí cenábamos...

-Espero que sea de tu agrado.

-Otra pregunta que no tendrá respuesta. Hubo un tiempo en que llevaba la cuenta...

Me tomé la leche con sorbos silenciosos, sin dejar de mirar las imágenes que las ondulantes llamas de las velas dibujaban en su rostro. Aunque al principio me había parecido una buena idea, al volver a mirar su rostro después de tanto tiempo, cualquier intento por impresionarla me parecía triste. Su presencia llenaba el agujero negro de mis fantasmas, y lo iluminaba como un sol. Y ella misma era el fantasma, la oscuridad y la luz. Un ser tan hermoso y complejo, que cualquier intento por complacerla era inútil, pero una ensalada... ¿Realmente era así de triste?

-¿Tus compañeros de piso no duermen aquí?

-Ya no tengo compañeros de piso, vivo solo.

-¿Vives en un piso de estudiantes, en el que no hay estudiantes? -Ahora ella me miraba a mi mientras yo sorbía. -¿Cómo puedes permitírtelo? -Me quedé en silencio, mirando al fondo del universo escondido en los pozos de mi vaso. -¿Ni si quiera puedes responder a eso?

-Es complicado.

-¿Sabes? Me da igual, muchas gracias por la cena.

Seguía sentado cuando ella fregó el plato y los cubiertos. Y seguía sentado, sin poder hacer nada, cuando se fue a mi cuarto, a su cama, a dormir. O, por lo menos, a pasar la noche.

Por fin pude levantarme, largo tiempo después. Fui a la cocina y lavé la taza que aun no había soltado. Me mojé la cara, para intentar despertar de la pesadilla en la que me había metido por mi propio pie. Debía despertar, y la única forma que se me ocurrió, fue hablando. Contándole a la chica que ocupaba el hueco que durante tanto tiempo estuve esperando que alguien llenase, y nunca encontré hasta que la conocí. Pero nunca se me había dado bien hablar, escribir era mucho más sencillo. Fui hasta el mueble junto a la puerta, donde suelo dejar las llaves, abrí el segundo cajón y saqué de él unos cuantos folios y un lápiz. Volví a la mesa del comedor, me senté frente a aquellas hojas en blanco, y en cuanto tomé el lápiz, y la punta de grafito rozó el papel, las palabras surgieron solas, libres al fin.

Tiempo después, mucho tiempo después, creí que había terminado de escribir, así que me levanté y fui hasta la puerta de su habitación. Toqué en la puerta con los nudillos suavemente, tres golpes, casi sordos. Y empecé a leer.

-No se si sigues despierta. No se si me odias, o si realmente te da igual, y tampoco se qué es peor. Como ves, no se demasiadas cosas, por eso hay tantas preguntas sin respuesta. De hecho, ni si quiera se decir una respuesta o decir un discurso, esto lo estoy escribiendo ahora. Bueno, antes, ahora te lo estaré leyendo.. Hay tantas preguntas para las que no tengo respuesta... Resulta que tengo un dinero ahorrado, cuando acabé la carrera escribí un pequeño libro, me lo publicaron y me llevé algún dinero por unos ejemplares que se vendieron. Ya sabes cuanto escribo, las horas que pasaba escribiendo y escribiendo, pero tranquila, esto no será tan largo, y posiblemente estés dormida. Aun así, si a pesar de la duda, no te lo digo ahora, no creo que pueda hacerlo nunca. Trabajo de camarero, para ganar más dinero y no tener que depender solo de lo del libro, que cada vez es menos. Ya ves, el gran psicólogo ahora es camarero, ¿no es vergonzoso? El gran sueño por el que había luchado, de ser un buen psicólogo y escritor, resultó ser una utopía. Camarero en dos cafés distintos. De esa forma puedo permitirme pagar un piso de estudiantes, en el que el último de estos se fue el año pasado al terminar su carrera, no recuerdo qué estudiaba. Teniendo en cuenta los gastos que tengo, pagando el piso yo solo, parece realmente estúpido que baje a comprar café, no lo hago normalmente, salvo que llegue tarde de trabajar y tenga hambre. Por lo general no compro comida preparada. De echo, compro en el mercado y preparo yo la comida. ¿No recuerdas que a veces hacía comida para todos aquí en el piso? Y bueno, tu antigua habitación ahora es la mía, la ocupé casi en cuanto te fuiste, encontré una foto tuya bajo la mesilla de noche, está tumbada en el primer cajón, la enmarqué y la miro todas las noches, castigándome con tu recuerdo por no haberte conservado a mi lado. Con lo sencillo que hubiese sido decir un “yo también te quiero”, cuando me confesaste tu amor. Pero soy demasiado lento, siempre lo he sido... Y tenía miedo.

Me sentía hundido. Empezó a llover con más fuerzas, no recuerdo si en algún momento había dejado de llover.

-Te has quedado dormida mientras escribía, soy demasiado lento, además de estúpido. Quizá sea mejor así. No soportaría ver la cara de odio en tu rostro. Tienes todo el derecho del mundo a odiarme, porque independientemente de lo que puedas sentir por mi, tras estos cuatro insufribles años sin ti, no se si podré decirte que te quiero... Supongo que tras este monólogo, quemaré estas hojas y desapareceré, para que cuando te vayas, no tengas que verme la cara. Iré al hospital a que me cambien la venda del pecho. El día del concierto me derramaron un vaso de vodka sobre la camisa, y sin querer un cigarrillo prendió y me quemé. Por eso no respondí a tus llamadas, pero da igual. Quizá no hubiese respondido de todas formas. Cuando te vi me dolió tanto que no sentí que me quemaba. Pasaron por mi cabeza los cuatro años sin verte, creyendo que te había olvidado, cuando me enteré que nunca te dejé de querer... Buenas noches, Rocio. Hasta siempre.

Mientras me giraba, se abrió la puerta y una mano me tiró del hombro. Me giré lentamente, aterrorizado.

-¿Lo has escuchado?

-¡Cuatro años! -Rocio lloraba, me quedé callado. -¡Llevo cuatro años esperando sin haberte visto, y otro tanto mientras estuve aquí, para oírte decirlo!

-Lo siento...

-Esta vez, no pienso dejarte ir... No te perderé otra vez.

Rocio se acercó despacio, con los brazos estirados hasta tocarme... Tenía miedo de herirme, de hacerme daño. Tomé sus manos, y las acuné en mi pecho, sobre la camisa, el vendaje, la piel quemada y un corazón aterrado. Utilizó su mano para sujetarse a mi nuca, evitando que escapara de su beso como la última vez, salvo que en aquella ocasión, no huiría. Nos besamos en el silencio que producía la lluvia. Me aparté con cuidado y la abracé, mientras derramaba alguna lágrima sobre ella

-Tengo miedo.

Casi tiritaba entre los brazos de Rocio.

-Yo estoy aquí, no temas.

-¿Y si te vuelves a ir?

Ella acarició dulcemente mi cabeza, jugando con mi pelo.

-Solo me fui la primera vez, porque pensé que no me querías, aunque el corazón me decía que mentías. Esta vez no me voy a ir.

Esa noche, la cama, que siempre estuvo fría cuando no la compartíamos, gemía de calor, mientras afuera, llovía...


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