A él siempre se le dieron mal las fechas, aunque sí sabía que habían pasado 8 largos años desde que se habían encontrado por primera vez. Y 5 desde la última vez que se vieron.
-¿Cenes? ¿Eres tú?
A pesar del tiempo, a pesar de creer que la había olvidado, en un rincón de su memoria seguían guardados cada uno de los datos que había guardado de ella. Entre ellos, su voz, la que reconoció en cuanto la escuchó. Y un miedo que creía extinto lo avisó de que aun no había desaparecido.Se volvió despacio hacia la chica de la taquilla, le costaba dar crédito a lo que estaba a punto de suceder. Pero allí estaban otra vez, el uno frente al otro.

-Alicia...
Ellos llevaban ya un rato en la cola para comprar las entradas, pero hasta ese momento ella no lo había reconocido. Se sostuvieron la mirada un segundo, y luego sonrieron. Les presentó a sus amigos rápidamente, luego le pidieron las entradas para la película que iban a ver y se despidieron, aun quedaba gente por comprar sus entradas de cine.
Mientras iban a sus butacas, él iba recordando un millón de cosas sobre su breve historia. Se habían conocido en un campo de trabajo en Italia, el verano antes de que él entrase a la universidad. Y casi se enamoraron en el mes que convivieron juntos, pero no fue así. Por ello él decidió ir a donde ella, mayor que él, terminaba su carrera de bellas artes, para tomar ese tiempo que les había faltado en ese mes de verano, para que el amor terminase de surgir.
Antes de que empezasen los trailers de las películas, salió con uno de sus amigos a comprar palomitas. Hizo cola mientras su amigo aprovechaba para ir al baño, y se fijó en que ya no había nadie en la taquilla, así que se acercó para ver si Alicia seguía allí.
-¿Qué haces aquí? Vas a perderte la película, es muy buena.
-Sí, ya voy. Solo he salido a comprar unas palomitas.
-¿Qué tal estás?
Y no se le ocurrió por donde empezar...
-¿Te gustaría que nos tomásemos un té o un café algún día?
Alicia le sonrió y su corazón se encogió, como de costumbre.
-Me encantaría.
Ceneska sacó su bolígrafo del bolsillo, y apuntó su número en la entrada del cine.
-Llámame o escríbeme cuando te apetezca, ¿de acuerdo? -Alicia asintió. -Me ha gustado verte, Alice.
-Lo mismo digo.
Cuando terminó la película, ella ya no estaba vendiendo las entradas, sino con sus compañeras del puesto de palomitas, hablando y riendo. Se despidieron con un gesto de la cabeza y se dedicaron una sonrisa a escondidas del mundo. Esa noche, ya en la cama, pensaron el uno en el otro y, como hacía muchísimo tiempo, se desearon dulces sueños desde la distancia.
Casi dos semanas después, por fin él estaba esperando en el café a que ella terminase de trabajar y se reunieran. Aunque se sentía incómodo al reconocerlo, había estado esperando su llamada. Todo el tiempo le venían escenas vividas con ella mientras estuvieron juntos. Cuando la vio aparecer con el uniforme aun de taquillera, se le formó un nudo en la garganta. Pero aun le quedaban fuerzas de sobra para levantarse y sonreír.
-Me alegro de que llamaras.
-Y yo de hacerlo.
Se sostuvieron la mirada un momento, ambos intentando ser conscientes del momento que estaban pasando. Era complicado volver a ver a la persona de la que alguna vez habías estado enamorado, pero no llegó a funcionar. Los dos buscaban algo en los ojos del otro, una señal. Y sin llegar a saber si la encontraron o no, sonrieron y por fin volvieron a respirar. Entonces se sentaron y ella volvió a hacer aquella pregunta.
-Bueno, ¿y cómo estás?
Como hacía una eternidad, el bajó la mirada y sonrió, preparándose para decir la mentira. Alzó el rostro y respiró con normalidad, serenando su ser.
-Bien, la verdad. ¿Qué tal tú? ¿Quieres tomar algo? ¿Estás cansada del trabajo?
-No, estoy bien. Pero me apetece un café.
Y hablaron, y se tomaron el café. Se hablaron del tiempo presente, retrocediendo poco a poco en el tiempo que habían estado sin saber el uno del otro. Y quedaron más días, y tomaron más cafés. Así ella supo que él ahora trabajaba en una editorial, escribiendo para una revista y con una columna propia en una página web. Que vivía solo desde hacía algunos años, que se proponía metas todos los meses para hacer cosas nuevas, aprendía idiomas, deportes, música, cocina... Conocía a gente nueva cada mes, algunos se quedaban durante mucho tiempo, y luego se iban, otros no duraban a su lado, y algunos, simplemente perduraban. Y él se enteró de que cuando ella había terminado la carrera, la contrataron durante unos años en un laboratorio. Que había tenido serios problemas de salud, y por eso había dejado el trabajo, y ahora se dedicaba a viajar y trabajar de forma muy esporádica en lo que encontrase...
Una tarde, después de varios cafés más, al fin se atrevieron a preguntar si tenían a alguien especial en sus vidas. Él seguía solo, aunque no hacía mucho había acabado una relación. Ella ahora tenía una pareja con la que mantenía una relación a distancia... Y el miedo que ya sentían al intentar recordar viejos tiempos se acentuó.
-¿Sabes? Estás cambiado. ¿Recuerdas que una vez mencioné que llegaría un día en el que dejarías de ser un niño, para convertirte en una persona increíble? De alguna forma siento que lo lograste. Maduraste, te volviste grande y responsable.
Cuando se habían conocido, él era un niño asustado del mundo al que poco le faltaba para mearse en los pantalones cada vez que le pedían que tomara una decisión sobre su vida. Ella, por el contrario, siempre había sabido que era lo que quería. Era una persona segura de si misma y fuerte, muy fuerte. Siempre terminaba todo aquello que empezaba. Y cuando se proponía algo, no paraba hasta lograrlo... La apariencia que trasmitían ahora ambos al mundo, es que él era la persona segura de si misma y confiable, y ella la que estaba perdida y no tenía ni idea de lo que hacía. Y como siempre que se juzga a alguien sin conocerlo, se tiende a cometer errores.
Él era consciente de la mentira que el mundo veía, y cuando su vieja amiga había hecho la misma observación, le dolió, pero no la desmintió. Sin embargo, ella si lo notó. Lo encontró inexplicablemente más frío cuando se despidieron, y como hacía muchísimo tiempo, cuando casi se conocían mejor al otro que a sí mismos, saltó una alarma dentro de ella, pero que acalló por esa noche...
La siguiente vez que quedaron, fueron a un bar a tomarse unas cervezas. Cuando se saludaron y le tocó el turno a ella de preguntar como estaba, el volvió a responder que bien, y casi se lo creyó. Casi. Llevaban un rato ya hablando después de aquello y unas cervezas, comenzaba a hacerse tarde, y aprovechando el silencio que se produjo entre ellos, en lugar de limitarse a escuchar la canción, ella volvió a preguntar.
-Ceneska, ¿cómo estás?
Se miraron a los ojos, y él comprendió al fin que ella se había dado cuenta de la mentira, pero seguía sin conocer la verdad, y por eso la preguntaba.
-¿De verdad quieres saberlo? No vas a creerte simplemente que estoy bien, ¿no?
Ella negó con la cabeza.
-No puedo obligarte a que me lo cuentes, pero, ¿no te parece raro? Si no te sientes bien, deberías haberlo dicho desde el principio, ¿no?
-A lo mejor no he cambiado tanto como crees.
-¿A qué te refieres?
Él volvió a beber de su cerveza. ¿Se lo contaba, o simplemente trataba de quitarle importancia? Pero entonces comenzó a sonar una estúpida canción, que él había estado escuchando hasta ese momento, y que siempre le había recordado a ella. Dio otro trago a la cerveza y se puso en pie.
-Baila conmigo.
Ella miró en derredor, y le sonrió muy extrañada.
-¿Aquí?
-Hace años que no bailamos juntos, me apetece bailar contigo. Por favor.
Ella también dio un sorbo a su cerveza y se puso en pie tras tomar su mano.
-Bailemos entonces.
Se abrazaron el uno al otro, y se dejaron llevar por la música. Él meditaba en silencio por donde empezar.
-¿Recuerdas esta canción?
-Más o menos, es bastante vieja.
-Es del año en que nos conocimos. Tú me la enseñaste, y me enamoré de esta canción. La llevo escuchando desde entonces, aunque ahora mucho menos.
-Vaya, ¿y aun no la has aborrecido?
Se quedaron en silencio unos segundos.
-¿Recuerdas que alguna que otra vez te la llegué a cantar?
-¿En serio? Vaya, no me acuerdo de eso. ¿Cuando fue?
-Al principio.
-¿De conocernos?
-De enamorarnos.
-Ah...
Hubo otro pequeño silencio entre ellos. A la canción no le quedaba ya mucho tiempo.
-Te he extrañado, Alice. No puedes imaginarte cuanto.
-Yo también a ti.
-Pero tú conseguiste olvidarme.
-No digas eso, nunca me he olvidado de ti. No podría.
-Pero sí lo hiciste. Esta canción, por ejemplo. Nunca he tenido buena voz, ni buena pronunciación. Aun así me dejabas susurrarla en tu oído cuando estábamos juntos, como ahora. Siempre acababas por pedirme que parase. Aun recuerdo la forma en la que me mirabas entonces.
-Pues la misma de ahora.
-No, ni mucho menos. Hubo un tiempo en el que de verdad creías que estabas enamorada de mi y se te veía en los ojos...
-Estaba enamorada de ti, Ceneska. Y lo sabes.
-No es cierto. Por lo menos no de la misma forma en la que yo lo estuve de ti.
-Basta, no hagas esto. Mil veces te dije que sí te quería, te quería de verdad. Pero no pudo ser, era el único problema que había entre nosotros. No estábamos bien juntos y lo sabes.
La música se terminó, y él se quedó sin fuerzas para seguir hablando. Ella pasó los dedos por el cabello de él, sobre la nuca, y vació sus pulmones con el gesto, aunque no se percató de ello y no vio que tuvo que cerrar los ojos para que no se le escapase alguna lágrima. El pecho volvía a doler como cuando habían roto, muchos años atrás.
Cuando tuvo fuerzas, se apartó de ella y tomó su mano.
-¿Nos vamos?
Ella asintió y se fueron tras recoger sus abrigos. Fuera, en la calle, hacía frío, ambos escondían las manos en los bolsillos de sus chaquetas.
-Perdona, se que no te gusta el frío, pero necesitaba tomar el aire.
-No pasa nada, lo entiendo. ¿Quieres hablar? ¿Estás bien?
Otra vez la pregunta. Seguía sin sentirse capaz de responderla.
-Es solo que yo aun lo recuerdo todo. Aun te tengo presente.
-Pero si siempre decías que tenías mala memoria, ¿cómo va a ser eso? Ha pasado mucho tiempo desde entonces.
-No el suficiente para mi, ¿sabes? Antes, cuando me has pasado los dedos por el cabello, se sentía casi igual a entonces. Extraño esas cosas, son cosas muy pequeñas y sin importancia, cosas que cualquier persona un poco razonable ya habría olvidado, pero no yo. Aun recuerdo el sol entrando por la ventana, mientras ambos estábamos desnudos en la cama, que me dejases quedarme a tu lado era raro, siempre me pedías que me levantase el primero. A veces, muy, muy pocas veces, recorrías mi espalda con tus manos, muy despacio, dibujando garabatos en mi espalda y sonrisas en mi rostro. También recorrías mi rostro con tus dedos, y me obligabas a cerrar los ojos pasando tus dedos sobre mis párpados, porque yo no quería dejar de mirarte...
-Ceneska, para. Recordar todo esto acabará por hacerte daño. Yo también lo recuerdo, y fue maravilloso en aquel entonces, pero no ahora.
-No lo recuerdas como yo entonces.
-Basta. Por favor. -Se detuvieron y ella lo abrazó. -Lo siento. Lo siento y lo siento.
-No te preocupes, estaré bien. Han pasado 5 largos años desde la última vez que nos vimos. Es solo que al volver a verte... Me di cuenta de que nunca maduré. No llegué a olvidarte nunca, eso es todo. Perdóname Alice, no quería aguarte la noche.
Fueron el resto del camino en silencio. Él la acompañó hasta la puerta de su casa y permanecieron en silencio un rato más.
-¿Aun te alegras de que te llamara?
Él sonrió y la abrazó.
-Siempre fuiste, ante todo, mi amiga. Quien llegó a conocerme mejor que nadie en mi vida. Siempre seré feliz por poder verte, Alice.
-¿Puedo pedirte algo?
-Adelante.
-Prométeme que me olvidarás.
Le sonrió y se acercó a ella. Muerta de miedo, creyendo que iba a besarla y sintiéndose culpable antes de que llegase a pasar nada, colocó sus manos entre ellos, sobre su pecho, para evitar que se acercase a sus labios... Pero no pudo hacer fuerza para detenerlo. Él colocó la mano sobre su mejilla, la acarició y deslizó su pulgar sobre sus labios. Una lágrima calló de los ojos de ella, y fue allí donde él la besó, en su ojo.
-Si en 5 años sin verte, no logré olvidarte, nunca lo haré. Es más fácil que tú te olvides de mi. Además, no quiero hacerlo, lo siento.
-Idiota.
-Eres la primera persona bonita que conocí de verdad. No me arrepiento de haberme enamorado de ti, nunca lo haré. Si llego a morir solo, y sigues siendo la única persona a la cual he podido amar de verdad, seré feliz igualmente.
-Para, ya no lo aguanto más. Odio oírte hablar así...
...él se fue con un montón de cosas por decir, como siempre. Y ella se acostó habiendo escuchado más de lo que deseaba, como siempre. Pero era así como debía de ser. Ambos estaban mejor así. Ella se olvidaría pronto de esa conversación, y él no tendría que arrepentirse por lo que habría dicho.
Porque era verdad, él no había cambiado nada, seguía siendo un niño perdido, que no encontraba las palabras para ponerle nombre a lo que sentía. La echaba de menos, solo eso. No el sexo, no los besos, ni si quiera la intimidad que había entre ellos. Ni las risas, ni las miradas cómplices entre ambos. Era esa caricia la que extrañaba, ese ínfimo roce de los dedos de ella recorriendo su espalda o acariciando su pelo o su rostro. Y tampoco era eso... Era algo mucho más básico, y menos tangible. Lo que extrañaba era la forma en la que ella lo había hecho sentirse, querido. Eso había desaparecido en el tiempo y le dolía, y también le dolía el no poder seguir mostrando cada día, cuánto la quería.
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