Simbad se había criado en un valle, en unas montañas a donde la magia no había llegado aun, hace mucho tiempo. Por ello, a Simbad le asustaban tanto las habilidades que poseía.
Solía retirarse a las afueras, a la orilla de un río, donde disponía de las materias que había aprendido a usar. Tanto el agua del río, del que extraía esferas de agua que podía manipular a placer. El barro de la orilla, que podía modificar para darle diferentes formas, y las plantas que lo llenaban todo a su alrededor, en las que podía influir para acelerar su crecimiento, y guiarlas para que sus pequeños tallos tomasen la forma que él quería.
Un buen día, en el que volvía a estar en el río probando sus extrañas habilidades, en una de las esferas de agua que solía crear, apareció el rostro de una chica.
-Hola, te he estado buscando.
El joven Simbad se asustó al escuchar aquella voz, pero intentó mantener la concentración para no desfigurar la esfera, a pesar de que quería salir corriendo.
-¿Quién eres?
-Soy Silenya, la diosa del agua, del mar e incluso del agua que corre por tu cuerpo. -Dijo la mujer con una voz hermosa. Con sus palabras, su rostro desapareció, para mostrar en su lugar un enorme océano que se extendía en el horizonte. -Y tú eres Simbad, el hombre cuya magia corre por sus venas...
Simbad no podía quedarse demasiado tiempo cada vez que salía en sus excursiones para que no sospecharan de él. Así que se disculpó tartamudeando con la joven de la esfera, y sin poder aguantarlo más, salió corriendo de vuelta al poblado.
El miedo aun seguía en su pecho cuando, dos días después, se atrevió a volver al río. En cuanto llegó, y sin que el hiciese nada, la esfera surgió del río y el rosto de Silenya volvió a aparecer en él.
-Te he estado esperando, me alegro de que hayas vuelto.
Tragándose el nudo que tenía en la garganta, consiguió responder sin tartamudear.
-Disculpa que me fuera de esa forma, de verdad que no podía quedarme mucho más. Ojalá hubiese podido despedirme de una forma más correcta...
Silenya sonrió y asintió, su rostro era angelical.
-Apuesto a que tienes un montón de preguntas. Adelante, necesito que estés preparado para lo que te aguarda el destino...
Durante una semana, siempre a la misma hora, Simbad acudió a la vera del río para encontrarse con Silenya para hacerle cuantas preguntas se le ocurrían. Así se enteró de qué era esa habilidad que poseía, la "magia", que necesitaba de un objeto para canalizarla, que en el mundo, más allá de sus montañas, habían otras personas como él, y que necesitaba que aprendiese rápido a controlar su poder, pues necesitaba de su poder, aunque aun no le dijo para qué.
Siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, (y con varios fracasos de por medio), consiguió hacer su primera y rústica varita. Para hacerla, había conseguido una espina de un dedo de largo y fina como una aguja, que tardó un día entero en conseguir formar de las dimensiones correctas. Con ella, debía punzarse en el pulgar de la mano izquierda, hasta que la primera gota de sangre, de las dimensiones apropiadas surgiera, y nuevamente usar su magia para separarla de su cuerpo, y extenderla a lo largo de la espina. Y estos habían sido los pasos más fáciles de hacer. Había aprendido a modificar la corteza de los robles más viejos del bosque, a darle formas al agua en las que nunca había reparado y a extraer de la montaña minerales. El proceso de los últimos pasos lo había dejado exhausto, hasta llegar a enfermar. Tuvo que recoger el sereno de cientos de margaritas en una vasija que había tenido que hacer él mismo también de la montaña, solo de oro. Dejar el agua a la luz de la luna durante un ciclo completo, y esconderla del sol cada noche antes del amanecer. De la montaña había extraído una gota de mercurio, de la mismas dimensiones que su gota de sangre, para poner en la base de la espina, con el agua, rodeó ambas partes con una película plateada de un milímetro de grosor en todos sus puntos, para luego hacer crecer a su alrededor el tronco del roble, de forma que todo quedase perfectamente sellado en su interior, sin posibilidad de que se moviese o se escapase de su interior...
Cierto, había sido la cosa más dura que había hecho nunca, y las hazañas que logró en la primera semana de prácticas con aquella varita impresionaron hasta a la propia Silenya.
-Ha llegado el momento de que cumplas con tu cometido Simbad. Debes partir cuanto antes y cruzar las montañas por el norte, y llegar hasta el océano. Una vez allí, vas a necesitar dos cosas; la primera, una bruja que sabe leer todas las lenguas muertas y vivas que han existido en la tierra. La segunda, las puertas en los acantilados del grito. Debes encontrar la forma de abrir de nuevo el portal y cruzarlo para que nos encontremos. Hasta entonces, no nos volveremos a ver, mi querido Simbad. No temas de los que tienen poder, pues tú has sido bendecido. Pero teme de tu propia fuerza, tu humildad ha sido desde siempre quien dicta tu fortuna. Si abandonas el camino de la buenaventura en pos de fama, o gloria, tu varita se quebrará y perderás tu poder.
Y tal y como había dicho, Simbad no volvió a ver a Silenya, por más esferas que convocara con su nuevo poder.
Así pues, una buena mañana, antes de que saliera el sol y nadie se despertara, se despidió en silencio de su padre, y fue hasta la tumba de su madre, muerta al dar a luz, para despedirse por siempre de ella y de su poblado.
Había pasado un año y medio desde que saliera de su pueblo, y los cambios que se habían manifestado en su cuerpo, ahora de 19 años, eran bien notables. El continuo ejercicio lo había dotado de unas poderosas piernas, un amplio pecho y unos brazos seguros. Guiado por el consejo de Silenya, no abusaba de su poder, así que muchas de las actividades mundanas para vivir las hacía como había aprendido en su pueblo, como cualquier humano sin poderes mágicos. No por ello había dejado de practicar con su varita, cada día, y sobre todo cuando tenía un río cerca, sacaba su varita del escondite dentro de su capa y hacía hechizos cada vez más complejos, casi siempre hasta quedar exhausto, pero nunca hasta desfallecer. Su poder y destreza habían aumentado de tal manera, que era capaz de detener el cause de todo un río, y extraer agua de una semilla que aun no ha germinado sin matarla. Podía hacer brotar un jardín entero de cualquier planta, y hacerlo desaparecer igual de rápido. Con un movimiento de varita, era capaz de hacer que la tierra que pisaba escupiese un anillo de oro, cobre, o diamante directamente a sus dedos, y que encajaran perfectamente, o crear un túnel en una montaña que se cerrara mientras pasaba, sin dejar ningún tipo de rastro tras él. Estas destrezas lo agotaban físicamente, pero su celebro a penas sufría dolencia alguna. Lo que lo retaba psíquicamente, era combinar los elementos, o influir en el viento, el fuego, o incluso en la luz. El trabajo que había tardado un mes entero en realizar para crear su varita, ahora podía hacerlo en un solo día, concentrando la luz de la luna llena dentro del recipiente de oro con el agua del rocío de las margaritas. E ir incluso más allá, podía hacer varias varitas en una semana, iguales a la suya. Pero a él no le servían de nada, y por ello, y lo que resultaba más agotador de todo... Devolvía cada elemento a su lugar. Separar la luz de la luna de un mes en un galón de agua del sereno de la noche en las margaritas, podía llegar a dejarlo temblando, y requería de una concentración absoluta. Y ese era el entrenamiento que seguía cada día. Entrenar el cuerpo y la mente por igual, probar cosas nuevas sin arriesgar la vida en el intento, y devolver cada cosa a su lugar, para no alterar de manera equívoca que el medio natural.
Había dejado atrás muchos pueblos y algunas ciudades. En todos había preguntado por algún tipo de escriba, como lo había habido en su pueblo natal, que conociera muchas lenguas. (La primera vez que había preguntado por alguien que supiera hablar las lenguas muertas, lo habían encerrado en un calabozo del que tuvo que escapar). Todo habían sido decepciones. Sabía que acabaría encontrando a aquella chica, pero la espera estaba afectando a su espíritu.
Llegó al fin a una gran ciudad. Necesitaba descansar, pero prefirió empezar cuanto antes la búsqueda. La manera que había aprendido que era más fácil de conseguir información, era yendo al bar más concurrido y pedir algo de beber, todo el mundo confía en alguien que bebe alcohol (aunque tuvo algún accidente con la bebida por su inexperiencia). Y así se enteró del notario más talentoso del lugar, solo que cobraba una fortuna incluso por una simple visita. (Fortuna para él, claro, que a penas tenía unas cuantas monedas que había ganado en el pueblo anterior trabajando).
Antes de atreverse a entrar, rodeó el lugar y estudió el pequeño edificio. Tenía dos plantas de alto, además de una excavada bajo la tierra. Y en la primera planta, tenía muchas habitaciones y pasillos. A donde él tenía que ir, era a al primer despacho que se encontraba tras el recibidor, y que daba a través de diferentes puertas y pasillos, a las demás habitaciones.
Ansioso, no le dio importancia a las tres monedas de plata que tuvo que pagar para tener la entrevista. No sabía cuanto le faltaba para llegar al norte, aun no había visto ningún océano, pero llevaba año y medio caminando en la misma dirección, mucho no debía faltarle. Pero primero necesitaba a la joven que conocía todas las lenguas muertas y vivas que habían existido en la tierra...
Su entusiasmo se esfumó en cuanto entró en el despacho y se encontró de frente con un señor más bien bajito, regordete y con un bigote que le llegaba de un lado a otro del rostro. Vestía ropas extrañas y usaba mucho perfume.
-¿Es usted el gran escriba que puede escribir cualquier cosa?
-Así es, joven. Ese soy yo, no hay lengua extranjera que se me resista. Pero mis trabajos no salen baratos, y no tienes pinta de tener mucho dinero, así que dime, ¿qué es lo que querías?
-Perdona que te haya hecho perder el tiempo, buscaba a otra persona.
El hombre, movido por la codicia, lo detuvo colocando su mano sobre el hombro de Simbad.
-No te apresures, joven. Quizá podamos llegar a un acuerdo. Dime, -repitió. -¿Qué es lo que necesitas?
El joven Simbad empezaba a impacientarse un poco, se había vuelto a hacer ilusiones y se habían roto demasiado rápido, pero no quería ser descortés.
-De verdad, creo que usted no puede ayudarme.
El hombro, que ansiaba más poder y más riquezas de las que ya tenía, se sintió ofendido por semejante acusación.
-Escúchame bien, muchacho. No encontrarás en ninguna ciudad, en ningún país, a escribano alguno que te de algo que yo no pueda darte. A mi vienen reyes y duques de todos los países conocidos, porque todos saben que soy el mejor.
Simbad recordó las últimas palabras que Silenya, la diosa de los océanos, mares y ríos, le había dicho. "No temas del poder de otros". No tenía por qué ser precisamente mágico. Ya había tratado con hombres así antes, como los que lo habían encerrado, o alguno que no quiso pagarle su trabajo, simplemente se había ido sin dejar rastro, sin tomar represalias. Enfrentarse a los hombres así era lo mismo que ser uno de ellos.
-Busco a alguien capaz de leer lenguas muertas...
Simbad miraba para otra parte mientras se rascaba la nuca. Y por ello no vio como se le torcía el rostro en un gesto. ¿Acaso podía conocer aquel muchacho la existencia de su más preciada posesión?
-Vamos, debes estar bromeando. Ni si quiera yo, el Gran Escriba, el mayor escriba de todos los tiempos, puedo leer las lenguas muertas.
Simbad se limitó a encogerse de hombros y a asentir.
-He oído que sí hay alguien que puede. Es a esa persona a la que busco.
El escribano se asustó. Nadie podía conocer su secreto, ¡nadie! Abandonó su postura de comerciante y se puso serio.
-Sígueme.
Un atisbo de esperanza asomó a los ojos de Simbad.
El escribano lo guió por varios pasillos y atravesó algunas habitaciones pequeñas, hasta llegar a una puerta de madera bastante gastada. Se hizo a un lado y la señaló con la mano.
-Aquí dentro está lo que buscas...
Simbad estaba tan entusiasmado que ni si quiera reparó en la mirada de aquel hombre, llena de veneno.
-Muchísimas gracias.
En cuanto se acercó y giró el pomo, el hombre lo empujó con todas sus fuerzas al interior, y Simbad cayó en un oscuro agujero. Perdió el sentido de la orientación debido a la oscuridad, pero consiguió caer de pie, aunque haciéndose muchísimo daño en el tobillo derecho y en el hombro.
-¡Quien te ha hablado de ella! ¡Cómo conoces de su existencia! -Se había dado un ligero golpe en la cabeza también, que lo atontó un poco, pero no llegó a desmayarse. Escuchaba los gritos del escribano a lo lejos. -¡No saldrás de aquí hasta que me lo digas!
El escribano no cabía en sí mismo de la furia que sentía. Había ordenado matar al mercader que le había vendido a aquella niña, y posteriormente también había ordenado matar a aquel asesino. Todo por que nadie supiese de la existencia de su tesoro más preciado; la niña de los ojos del arcoíris.
A pesar de la oscuridad, a pesar del dolor, a pesar del golpe y de no poder sostenerse en pie, Simbad se sentía increíblemente contento: al fin la había encontrado.
La habitación en la que se encontraba era completamente irregular, no podía estar de pie, o sentado, o acostarse. No había una sola posición cómoda en la que ponerse. Así que, aunque nunca antes lo había hecho, sacó su varita, y por primera vez hizo magia dentro de una ciudad. Modificó el terreno lo mínimo para poder tumbarse cómodamente y reposar el pie herido. La piedra que había quitado sobrante, la convirtió en fina arena que le hizo de cama ese primer día. No tuvo ninguna visita hasta la mañana siguiente. Estaba medio despierto cuando escuchó, a lo lejos, abrirse la puerta por la que había caído. Primero le tiraron agua, y luego le tiraron unos cuantos cubos de arena antes de cerrar la puerta. Simbad no entendía lo que estaban haciendo, pero ahora sentía frío, estaba empapado de pies a cabeza, y la arena, aunque secaba la humedad, estaba fría también, y la tenía pegada por todo el cuerpo. Aguantó así, sin usar la magia para secarse y sentirse más cómodo, hasta que se volvió a abrir la puerta.
-¡Quien te ha hablado de ella! ¡Cómo sabes de su existencia!
-Dime donde está, necesito hablar con ella.
-¡Nunca la verás! ¡No saldrás vivo de este agujero hasta que me digas lo que quiero saber!
La puerta se cerró de un portazo y Simbad volvió a quedarse solo. Y fue entonces cuando volvió a usar la magia, hizo un agujero en el suelo y lo reforzó para que el agua no se filtrara, y envió todo el agua que le habían tirado allí, mucho más limpia de lo que había estado cuando la arrojaron, pues la suciedad y el polvo se habían quedado dispersos por el lugar. Bebió un poco de agua para refrescarse la garganta, llevaba un día sin probar bocado, pero no era la primera vez. Con otro movimiento de varita, alejó la arena que le habían tirado de su cuerpo y del suelo, y la usó para crear una especie de bota alrededor de su tobillo derecho, para que no se moviera y que pudiese andar sin hacerse daño, aunque resultara incómodo. La bota de piedra le quedaba mejor que un guante, tenía la medida exacta de su pierna, y por mucho que la moviera, no se rompería.
Esa noche, (aunque él no sabía la hora), volvieron a abrir la puerta y le arrojaron un cubo de hormigas de fuego. Le comenzaron a picar por todas partes, produciéndole grandes dolores y ardor. Sintiéndolo mucho, debido a que no podía ver nada, se puso en pie varita en mano, y con un movimiento de esta, la fina arena que le servía de cómoda cama, se cernió sobre el, a menos de un milímetro de su piel, y se selló, formando una piedra más dura que con la que se había hecho la bota... Todas las hormigas murieron en ese mismo instante, atrapadas por su hechizo. Todo se volvió a convertir en fina arena y a volver a su lugar en el suelo, incluyendo los cientos de cadáveres de las hormigas de fuego. Esa noche derramó 100 lágrimas por las hormigas. Mezcló sus lágrimas con un poco más de agua y mineral de diamante extraído de lo más profundo de la tierra bajo sus pies, y una a una, fue cristalizando el cuerpo de sus víctimas y encontrando un lugar para ellas en las paredes de aquella oscura caverna, para el resto de la eternidad.
Al día siguiente, estaba preparado para lo que le tirasen. Había hecho una caja de cristal a su alrededor, y en cuanto abrieron la puerta, absorbió parte de la luz que entraba en una lágrima de agua que había guardado para sí, para recordar su crimen. Primero tiraron un cubo de agua, y luego a tres ratas.Solo una sobrevivió a la caída sin ninguna lesión, al caer en el recipiente de agua que había hecho. Trepando por las paredes, y teniendo en cuenta que no podía llegar hasta mi, acabó comiéndose a sus congéneres.
-¡Quién te habló de la chica!
-¡Dime donde está!
Lo único que retenía a Simbad allí, era que necesitaba saber dónde se encontraba la chica.
-¡Morirás antes de verla!
-¡Dime donde está!
Pasaron otros tres días hasta que al final, al escribano se le escapó que la chica se encontraba más cerca de él de lo que creía, a su misma altura en el suelo, pero en el otro extremo del edificio. Era más de lo que esperaba Simbad, y ya estaba preparado para irse de allí.
Durante esos tres días, había estado dirigiendo la luz a la lágrima que ahora llevaba por colgante, que al accionarla, iluminaba mucho más que una antorcha. Antes de salir de su prisión, elevó el suelo hasta una distancia en la que nadie pudiese hacerse tanto daño como se había hecho él al caer. Dejó la arena para amortiguar el golpe, y diseñó unas canalizaciones para el agua que tiraban. Se despidió de las lágrimas de hormiga, y con un movimiento de varita, la piedra delante de él se abrió y le dio paso, cerrándose a su espalda una vez que había pasado. Tardó bastante tiempo en dar con la cueva en la que se encontraba la chica. No era mucho más grande que el agujero donde lo habían tirado a él, pero las paredes y el suelo era planos, tenía una especie de cama, y una mesa con tinta y plumas. La chica estaba inconsciente cuando llegó hasta ella, y presentaba múltiples golpes por todo el cuerpo. El escriba se había ensañado con ella. Llevaba más de 10 años tratándola como a una esclava, haciéndola trabajar como una esclava, golpeándola y sin a penas darle de comer. Lo único que no se había atrevido a hacer, era a forzarla sexualmente.
Aunque deseaba hacer pagar a aquel hombre por todo el mal que hacía, el no se consideraba ni juez ni verdugo de nadie. Simbad creía fervientemente en que, las personas que agredían a otras, sin importar de la forma en la que fuese, tarde o temprano recibirían su castigo. Aunque él no pudiese presenciarlo.
Con el escriba, no pude ser más acertado.
La joven tardó dos días en despertar. Para entonces, ya sen encontraban muy lejos de la prisión en donde había vivido la mayor parte de su vida.
Al abrir los ojos y verse rodeada por un inmenso bosque, sintió pánico, nunca se había encontrado en una superficie tan extensa y con tanta luz. Simbad, quien aun no se había recuperado del todo de su lesión de tobillo, había ido al río a darse un baño. Había dejado a la joven cerca de la fogata para que no le diese frío, aunque era de día, y un anciano roedor se hacía lentamente sobre las llamas. Cuando volvió, la joven se encontraba tapada con la manta de espaldas a un gran árbol con su cuchillo en la mano, apuntando hacia él.
-¡No te acerques más!
-Tranquila, tranquila...
-¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y quien eres tú?
-Estabas encerrada en una prisión bajo tierra, yo te he sacado de allí, ahora nos encontramos muy lejos, y eres libre. Nadie volverá a ponerte una mano encima.
La joven absorbía las palabras, pero la luz le impedía ver el rostro de Simbad, así que no podía leer en sus palabras la mentira o la verdad.
-¿Quién eres tú?
Simbad dio un paso más, muy despacio, y la rama de un abeto le dio sombre en el rostro.
-Mi nombre es Simbad, y no voy a hacerte daño.
Los ojos de la joven leyeron rápidamente sus palabras, y descubrió que, efectivamente, no mentía. Solo entonces se relajó y se acercó al fuego, aunque no soltó el cuchillo.
-¿Por qué me has salvado?
-Es una historia muy larga, y apuesto a que tienes hambre. Deberíamos comer primero.
La joven asintió y se sentó en el suelo, con la manta aun rodeándole los hombros. Simbad quitó el roedor de las llamas y lo colocó sobre una roca extrañamente lisa, ante los ojos de la joven.
-Voy a necesitar eso... -Dijo Simbad señalando el cuchillo. -Prometo que te lo devolveré luego.
La joven le tendió el cuchillo por el mango y Simbad lo tomó. Aprovechó la ocasión para mirar los ojos de la joven, y tuvo que disimular el haberse quedado sin respiración. Sus ojos eran de todos los colores.
Dividió el roedor en dos partes, y le dio la más grande a la joven. Le devolvió el cuchillo y le pasó una bota llena de agua. La joven, con el apetito voraz que sentía, no tardó en comerse aquel plato tan silvestre. Se le habían comenzado a salir algunas lágrimas, en las cuales Simbad reparó, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Cuando terminaron de comer, la joven exigió respuestas, y Simbad tuvo que ir con mucho cuidado.
-Verás, se muchas cosas. Cosas que otras personas no saben. Te prometo que te contaré cuanto quieras saber, pero necesito que confíes en mi para una cosa. Cada cosa que te diga, tendrá un millón de preguntas más que se te ocurran, y no puedo contártelo todo de golpe, o acabarás por temerme. Si me dejas que te lo cuente de la forma correcta, sabrás que puedes confiar en mi.
Simbad no sabía en ese entonces que la joven podía leer las mentiras, pues conocía todas las lenguas vivas y muertas que habían existido en la tierra. Ella se limitaba a hacer preguntas y a escuchar atentamente lo que Simbad le contaba.
Le contó como había conocido a una mujer en el río de su pueblo, una extranjera, que lo había ayudado a desarrollarse. Cuando hubo crecido, esta le pidió que fuese a buscarla, y así es como había pasado el último año y medio de vida, buscando a aquella chica. La joven, que bebía cada palabra de Simbad, no paraba de leer lo que decía, y por primera vez en su vida, sus ojos le jugaban una mala pasada. Pues muchas veces, lo que decía Simbad era tanto cierto como falso, y eso nunca lo había visto. Aun así, decidió confiar en él, y acompañarlo en su viaje. Él le contaba todos los días algo más, sobro como había llegado hasta donde estaba, antes de encontrarse con ella, pero aun no le había hablado de la magia. Por ello, muchas veces no podía responder a algunas de las preguntas que le hacía, y ella se impacientaba...
Dos semanas más tarde, Simbad aun no sabía su nombre. hasta ese día, no le había hecho ninguna pregunta más que para saber si tenía frío, hambre, sueño, o si necesitaba algo.
-Perdóname, espero que no te moleste, pero, ¿cómo te llamas?
¿Cómo iba a imaginar Simbad la reacción de la joven? Los ojos se le volvieron negros, sacó el cuchillo que tenía en el pantalón y se lo arrojó a la cabeza. Por muy poco, Simbad logró esquivarlo. La joven se abalanzó sobre él e intentó arañarle la cara. Pero Simbad era más fuerte que ella, aunque no pudo evitar que lo derribara. Rodó por el suelo con ella encima, sujetando sus manos y se colocó sobre ella, muerto de miedo. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. La joven no dejó de patalear y de mover las manos intentando liberarse, incluso trató de morderlo.
Simbad, angustiado, sin saber qué era lo que había hecho, comenzó a llorar.
-Lo siento, lo siento. Por favor, perdóname. Lo siento...
Después de un buen rato, y de más lágrimas de las que había derramado con las hormigas, la joven se tranquilizó, recuperó un ritmo normal en la respiración, y poco a poco sus ojos volvieron a su estado natural, el incesante parpadear de colores.
-Lo siento...
Repitió Simbad una vez más. La joven tenía el rostro bañado en las lágrimas de él. Por primera vez, trató de leer su rostro, además de sus palabras, que era profundamente sinceras. Ello requería que la persona estuviese así de próxima, no era fácil leer un rostro, y se requería tiempo. Pero Simbad no se atrevía a moverse y no podía apartar los ojos de ella. Bondad fue cuanto pudo ver.
-Ya puedes soltarme, no te haré daño.
Una última lágrima calló en la mejilla de la joven cuando Simbad asintió. Pero tardó un momento en soltarla. Como le sostenía los brazos por encima de la cabeza, Simbad había usado su magia para inmovilizarla sin hacerle daño a ella. Había clavado sus dedos en la tierra, lastimándoselos, le había pedido a las raíces más próximas que rodearan sus manos y las sujetasen al suelo para que no pudiese moverse, sin llegar a dañarla. Pero en el proceso, como la joven no intentaba dejar de escaparse, Simbad había movido las manos y las raíces le habían rasgado la piel, una incluso llegó a perforarle la carne, entrando por un su piel y saliendo un poco más adelante. Las raíces tardaron un poco en volver a donde estaban, e hirieron un poco más a Simbad al soltarlo.
Al incorporarse, Simbad quedó de rodillas sobre ella y dejó las manos sobre sus muslos antes de ponerse en pie, fue cuanto necesitaba ella para verlas bañadas en sangre, desde la muñeca hasta los dedos, que también tenían tierra. Sus ojos se abrieron como platos, y Simbad escondió las manos detrás de la espalda para que no pudiese verlas.
-No es nada, tranquila.
Mientras se giraba y se internaba en el bosque, la joven miró sus manos, pero no había ni un solo rasguño en ellas, aunque tenía manchas de la sangre de él.
La joven también tenía magia en su interior, muy poderosa, aunque para alguien como el escribano, su único interés fuesen las lenguas que hablaba. El problema era que ella no lo recordaba, ni su poder, ni su procedencia, ni a sus padres, ni su nombre. Las pocas veces que había intentado recordarlo, le había pasado aquello. Y una vez había acabado matando a uno de los hombres del escribano.
La joven, por temor a hacerle daño a Simbad, decidió que no podía continuar con él, y que por su protección, debía abandonarlo. Así que recuperó el cuchillo, y salió corriendo en dirección contraria a la que se había ido Simbad para lavarse las manos.
Como no tenían ningún río cerca, Simbad invocó un manantial de agua que pasaba por debajo de la tierra y se lavó las manos en ella. Cuando las tuvo limpias, devolvió el agua a su lugar. Hizo crecer unas hojas concretas de diferentes plantas para hacer una cataplasma que le curasen las heridas, y cuando se cubrió ambas manos con ellas, se hizo un par de guantes de ciprés, desde la muñeca, sin quitarle movilidad, hasta por encima del nudillo, dejándole los dedos al descubierto y permitiéndole cerrar el puño.
Se había lavado también el rostro, borrando todo rastro de lágrimas. Entró sonriendo en el pequeño claro, pero la sonrisa se le borró en el mismo momento. Miró en todas direcciones, pero no había rastro ni de la joven, ni del cuchillo. Simbad recogió el pequeño campamento que montaba cada día y salió corriendo hacia donde le indicaban las ramas partidas de los arbustos y planta. Además, era una suerte que se hubiese llevado el cuchillo, de esa forma, nunca la perdería...
Durante tres semanas, la joven había estado huyendo de Simbad. Apenas paraba unas horas para dormir, y recogía algo de fruta y agua por el camino. Los últimos días antes de huir, Simbad le había hecho un abrigo de piel, al principio no se lo ponía, pero cada día hacía más frío, y ahora lo llevaba siempre puesto. Mientras caminara, no tenía tiempo para pensar en ello, pero al llegar la noche, siempre se veía obligada a detenerse y encender un fuego, además de refugiarse del viento. Por suerte, el fuego duraba toda la noche hasta por la mañana, cuando despertaba y continuaba con su camino.
Una noche, exhausta, tras haber encendido el fuego y comerse las bayas, mientras miraba atentamente al fuego a escuchar un extraño ruido que nunca antes había oído. Hacía tanto frío que por la noche los arroyos más pequeños se congelaban, había resbalado unas cuantas veces por el camino, sobre todo ese día. No conseguía avivar el fuego de ninguna forma, aunque tampoco dejaba que se apagase, el viento soplaba cada vez más fuerte y algunas veces le costaba incluso caminar, y tenía que detenerse, buscar algún árbol grande que la abrigase del viento y donde pudiese guarecerse. La noche anterior se había dormido llorando, nunca se había sentido tan sola. Siempre había soñado con que, algún día, alguien la rescataría del escribano, o conseguiría escapar de alguna forma. A pesar de haber perdido toda esperanza, había guardado ese deseo en su corazón, y un día, Simbad había llegado y lo había hecho realidad, y ella no había hecho otra cosa que desconfiar de él. No dejaba de hacerle preguntas y ponerle mala cara, y no le había dado nada a cambio. Después de que él la hubiese cuidado, abrigado, dado de comer y protegido, lo único que ella había hecho había sido atacarlo...
Las lágrimas volvían a correr por sus mejillas. Recordaba perfectamente el momento en el que había visto las manos de Simbad cubiertas de sangre al intentar defenderse, y ella no había recibido ni un solo rasguño. ¡Le había lanzado un cuchillo a la cabeza!
-¡Oh, Simbad!
El ruido le daba miedo, pero en ese momento, le dolía tanto el pecho... De una forma en la que no había experimentado el dolor ni en los 10 años que había pasado encerrada. En ese momento, no le importaba nada. Se quedó dormida un buen rato después, sin preocuparse por avivar las llamas ni una vez más. Y durmió entre lamentos...
Por la mañana, el viento había amainado, el sol se colaba entre las ramas de los árboles, y el fuego aun no se había apagado. Se levantó, se comió las bayas que no se había terminado y se puso en pie, tras apagar los restos del fuego que quedaba. En su rostro no había ni rastro de las lágrimas de la noche anterior.
Comenzó a andar, siempre con el sol a la derecha. Llevaba ya unas cuantas horas, cuando el ruido que le había llamado la atención la noche anterior volvió a sonar, aunque mucho más débil. Dejó que el sonido guiara su pasos, desviándola un poco de su camino y acercándola al sol.
Tardó tres horas en llegar hasta lo que producía aquel sonido, y lo que descubrió la dejó paralizada. El bosque acabó de pronto, y también la tierra. Ante ella, un acantilado, y luego, todo lo que podía abarcar la vista, era océano. Jamás había visto algo tan inmenso en su vida. Los sentimientos que surgieron entonces en su pecho, el de sentirse un ser tan pequeño, en comparación a la inmensidad de lo que veía, y el de absoluta libertad, tampoco los había sentido jamás, y todo ello había sido gracias a Simbad...
Llevaba ya un buen rato allí de pie, deleitándose con las vistas y la brisa marina. El sonido que la había llevado hasta allí, no era más que el de las olas rompiendo contra las piedras en la base del precipicio. Algo captó su atención entonces, el sonido de una manada de pájaros que salían volando de entre los árboles y se perdían entre las nubes. Leyó lo mismo varias veces antes de que desapareciesen; peligro.
Su cabeza le decía que se alejara de allí lo más rápido posible. Pero algo dentro de ella la hizo caminar justo en aquella dirección. Avanzando con absoluto sigilo, intentó dar con lo que había alterado de esa manera a los pájaros. Llegó un momento en el que se escuchaban gritos, pasos, golpes, y otros ruidos que no sabía identificar, más alto que el ruido de las olas al romper con el acantilado. Podía leer en el ambiente el movimiento de varias personas, se estaban enfrentando entre ellas, pero no podía concretar un número.
Siguió caminando, muy despacio. Por poco no se le escapó un grito cuando casi cae al suelo al tropezar con un cuerpo. El hombre iba vestido de negro de pies a cabeza, solo se le veían los ojos y los dedos al descubierto. Supo que estaba muerto al leer su estado, lo inquietante era la intensidad de su mirada, para ser un cadáver, y aun estaba caliente. Fuera lo que fuese lo que lo había matado, no podía ser muy seguro para la joven, pero eso no le impidió seguir avanzando, ahora con el cuchillo preparado en la mano.
Entonces llegó a los últimos árboles antes de un claro, y vio aterrada lo que pasaba. En el centro, Simbad de enfrentaba a un grupo de hombres vestidos de la misma forma al que se había encontrado hacía unos minutos. El cuerpo de Simbad estaba lleno de heridas y cicatrices por todas partes, sus pantalones estaban desgarrados, aunque sus extrañas botas estaban intactas, al igual que sus guantes. Su camisa, por el contrario, había desaparecido, y en pecho y espalda presentaba múltiples cortes, golpes y cicatrices. Seis hombres se encontraban a su alrededor, dos de ellos se acercaban con una espada cada uno, y Simbad solo tenía una vara de madera con la que defenderse. Se odió a si misma por haberle robado su cuchillo. Otros dos, más lejos que los primeros, tenían cuchillos pequeños, y no dejaban de moverse de un lado para otro, lanzándole algunos de vez en cuando, y recogiendo otros por el camino. Los dos últimos, el uno al lado del otro, más alejados que ninguno, tenían las manos alzadas, pero ningún arma visible en ellas.
Impotente, la joven no pudo más que observar durante un rato lo que pasaba delante de ella. Y muchas de las cosas que veía, no tenían sentido alguno.
A veces, se mueve la tierra bajo los pies de los que tienen las espadas, y cuando parece que van a dar un traspié, una piedra o un tronco se mueve justo donde van a poner el pie, y siguen andando con normalidad. O alguno de los que le lanzan los cuchillos, cuando parece que los dos primeros tienen inmovilizado a Simbad en un punto, le lanzan un cuchillo a la cabeza, y de la nada aparece una rama que lo detiene, para luego desaparecer otra vez en dirección al suelo y dejar ahí el cuchillo, hasta que se acercan a recogerlo. O que una cantidad de objetos incomprensible esté siempre volando a su alrededor a intentando darle, mientras el los esquiva, o los derriba con manos y pies.
La joven dejó de mirarlo todo un momento y se fijó en la mirada de Simbad, pensando que quizás así, todo tendría un poco más de sentido. Simbad no dejaba de lanzar miradas furtivas a los dos hombres que tenían las manos alzadas y no dejaban de mover los dedos. Simbad tenía miedo. No por él, sino de él. La joven leyó que Simbad tenía miedo de herir a aquellos hombres, que sin necesidad de leerlo, sabía que trataban de matarlo. En la mirada de Simbad se leía el arrepentimiento. Había matado a otros hombres, como el que estaba más atrás, y eso le dolía. Se debatía entre acabar con aquellos hombres, o dejar que lo matasen...
La joven dejó de leer a Simbad en ese momento, ahora que volvía a tenerlo cerca, no dejaría que se fuera a ninguna parte. Por primera vez en su vida, la joven llamó a su propio poder, sus ojos se volvieron negros como una noche de tormenta en la que solo los rayos cortan el vacío de luz que producen las negras nubes. Corrió hacia donde se encontraban los hombres con las manos alzadas, y antes de que advirtieran de su presencia, arrojó el cuchillo al primero de ellos.
En cuanto el cadáver calló al suelo, todos se percataron de la nueva presencia en el claro, y la joven dejó atrás el sigilo.
-¡Mata!
Grito con todas sus fuerzas.
El otro individuo que tenía las manos alzadas se giró hacia la joven y se olvidó de Simbad, con una mirada que gritaba terror en todas las direcciones posibles. Y los pocos objetos que quedaban alrededor de Simbad, salieron volando hacia ella. Y por si fuera poco, uno de los hombres que arrojaba cuchillos también le lanzo dos de ellos...
Con un movimiento de varita, uno de los troncos que había salido despedido hacia la joven soltó un montón de ramas que detuvo el avance de los demás objetos que se dirigían hacia la joven, pero las ramas no crecieron lo suficientemente rápido como para parar los dos cuchillos. Aunque no hizo falta, cogió el primero en el aire y saltó hacia el suelo para esquivar el segundo, rodando sobre su espalda. Se incorporó justo delante del hombre que controlaba los objetos voladores, y lo apuñaló en el abdomen. El tronco del que habían crecido todas las ramas ya había desaparecido, pero Simbad se había distraído y uno de los espadachines le había hecho un corte que le cruzaba la espalda desde el hombro izquierdo hasta la cadera del lado contrario. Pero ya no había ninguna atadura en sus piernas con las que tuviese que luchar, y de un rápido movimiento, cuando los dos espadachines volvían a acercarse a él, giró sobre su pierna derecha y les lanzó una patada que los tumbó a los dos, rompiendo sus espadas por el camino. El primero desapareció en un agujero que surgió de la tierra justo en el momento en el que caía de espaldas contra el suelo. Al segundo lo atravesó un árbol que creció en ese mismo momento y le abrió un agujero desde el vientre hasta la espalda.
Simbad se giró en busca de los hombres de las armas arrojadizas, dándole la espalda a la joven. El hombre le lanzó un cuchillo antes de darse la vuelta para salir corriendo, pero el cuchillo giró en el aire y se le clavó en el pecho, a la altura del corazón.
Cuando se giró sobre sus talones para enfrentarse al último de aquellos hombres, a quien único encontró en pie fue a la joven, con la cara hecha una furia como la primera vez que la había visto, y los ojos negros. No tuvo tiempo de reaccionar, pues la tenía ya justo encima. La joven había saltado hacia él, sin ningún arma en las manos y las mejillas surcadas de lágrimas...
Simbad cerró los ojos, estaba cansado de luchar, había matado a demasiados hombres. No tenía fuerzas para volver a levantar sus puños o su varita contra nadie más, y mucho menos contra aquella joven. Si tenía que morir, deseaba que fuera por sus manos, así se volvería más fuerte, y dejaría de necesitar que nadie la protegiese. Sonrió, y su último pensamiento fue para Silenya. "Lo siento".
Se había esperado cualquier clase de dolor, ya fuesen arañazos, mordiscos o golpes. Pero habían pasado los segundos y nada pasaba, no había dolor. Pasó un minuto, dos, tres... Pero seguía sin sentir nada. Simbad seguía sin abrir los ojos, pero comenzaba a sentir cosas.
Seguía en pie, tenía su varita en la mano. Sentía algo ligero colgado de su cuerpo, unos brazos que rodeaban su cuello. Un movimiento sobre su pecho. Notaba la reciente herida en sus espalda, notaba la sangre caliente emanar de él, aunque reticente a abandonar su cuerpo. Notaba un líquido frío recorrer su pecho. Unas piernas rodeaban su cintura. Por inercia, levantó ambos brazos y rodeó el cuerpo que tenía colgado por la espalda, al movimiento comenzó a acompañarlo el sonido de un llanto. Simbad inclinó la cabeza, y su rostro se vio arropado por los cabellos de la joven. Por fin volvían a estar juntos.
Oscureció antes de que ninguno se moviera. Ambos temían que si hacían el menor movimiento o abrían los ojos, el sueño acabaría y se despertarían solos una vez más... más o menos. Antes de salir del claro, con un movimiento de varita, Simbad pidió al bosque que cuidara de los cuerpos de sus adversarios y que les diera un mejor uso del que les habían dado las personas que los ocupaban. Solo tomó su cuchillo de vuelta, y nada más antes de alejarse del lugar, aun con la joven abrazada a él. Caminó durante horas, hasta que no pudo resistir más. Se detuvo y se sentó sobre una roca. a su alrededor empezaron a brotar arbustos que los cobijaban del viento, un circulo de piedras apareció en medio del pequeño refugio y un fuego brotó de un rayo de luz de la luna sobre las ramas que se habían caído allí. Del suelo salió una bolsa con el equipaje de Simbad, y el agujero por el que salió se cerró en cuanto estuvo fuera. Extrajo la manta y rodeó con ella a la joven. No sabía si estaba dormida o no, pero no iba a mover ni un solo músculo por averiguarlo, podría quedarse así el resto de su vida.
Lo último que aconteció ese día, fue que un tronco mullido por el musgo apareció a la espalda de Simbad, y le dejó descansar sobre él, y que la joven movió sus labios para decir una sola cosa antes de volver a dormirse.
-Te he echado de menos.
Simbad la había alcanzado al segundo día de que huyese, pero no se atrevía a acercarse. Eso no le impedía cuidar de ella. Cada noche, en cuanto se quedaba dormida, se acercaba y la tapaba con la manta de piel, y avivaba el fuego durante toda la noche para que no se apagase. Le llenaba la bota de agua todos los días, y se aseguraba de que crecieran bayas suficientes para que se mantuviera sana, las bayas siempre tenían propiedades diferentes, para que la joven estuviese bien nutrida. Cuando hacía viento, creaba una barrera de arbustos como había hecho esa noche para que no pasara frío, y se aseguraba de que los depredadores de los bosques no la atacasen.
Las últimas dos semanas, habían empezado a aparecer hombres de aquellos, intentando matarlo. Al principio solo aparecía uno, que dejaba inconsciente, lo enviaba lejos y se iba. Desde la aparición del primero de ellos, había estado borrando su rastro y el de la joven para que nadie pudiese seguirlos. Pero luego aparecían de dos en dos, o en grupos de tres y de cuatro. Luego llegaron los otros magos y todo comenzó a complicarse, los alejaba creando rastros falsos, dejaba a los que podía fuera de combate y el resto se iban. Al primero que había matado de ellos, fue por un accidente, lloró toda la noche en silencio, junto a la joven, sin que ella supiese si quiera lo que había pasado.
El escribano había gastado toda su fortuna en un clan de asesinos, que dieran con ellos y los mataran. Pero Simbad se había tenido que encargar de todos ellos, aun reticente a matarlos. A muchos los había lesionado para que no pudiesen volver a atacarlo, destrozando alguna de sus extremidades...
Por la mañana del día siguiente, cuando Simbad despertó, la joven llevaba un buen rato observándolo dormir. Aun seguí sentada sobre sus rodillas y con la manta alrededor de los hombros. Sus ojos volvían a ser del color del arcoíris, y por primera vez, en su rostro se apreciaba una sonrisa.
Hasta que el hambre pudo con ellos, llegado el medio día, ambos estuvieron en completo silencio, observándose el uno al otro. De vez en cuando, una brisa de viento se colaba entre los arbustos y le alborotaba un poco el cabello a la joven. Entonces, Simbad alargaba el brazo y volvía a colocarle el cabello tras la oreja, luego acariciaba su mejilla, y volvía a dejar la mano sobre el muslo de ella. La joven sonreía y asentía con la cabeza, y luego volvían a quedare quietos.
El hambre los venció en el mismo momento, y cuando la joven lo leyó en su mirada, se levantó y ayudó a Simbad a incorporarse. En cuanto separó la espalda del tronco, este desapareció en la tierra sin dejar rastro, pero la joven ni se inmuto, por mucho poder que tuviese Simbad, no iba a hacerle daño, y eso lo sabía desde el primer día.
Juntos prepararon la comida, seguían sin pronunciar palabra, pero no dejaban de intercambiar miradas. En las que la joven no dejaba de leer cuanto sentían ambos, que era, sobre todo, la felicidad de volver a estar juntos.
Después de comer, Simbad hizo crecer las plantas que usaba para su ungüento, y cuando terminó de prepararlo, la joven lo cogió y se lo extendió por todas las heridas de torso y espalda, después de haberlo limpiado con unos trapos que Simbad guardaba en su equipaje. Había hecho aparecer una vasija de piedra y agua del suelo, y nuevamente, la joven no se inmutó. No podía sentir miedo de Simbad.
Por la noche, Simbad extendió un lecho de hojas junto al fuego, y se tendió de espaldas en él. La joven se tumbó a su lado, con la manta para taparse, y acomodó su rostro en el pecho de él, quien la rodeó con sus brazos. Y esa noche también durmieron abrazados.
Tres días después, aun sin haber intercambiado ni una sola palabra, y pasando casi todo el tiempo juntos, salvo cuando Simbad iba a buscar comida, o se alejaban para asearse, emprendieron la marcha. La joven aun recordaba lo que Simbad le había contado sobre la puerta, y ahora más que nunca estaba dispuesta a encontrarla junto a Simbad.
Al tercer día de empezar la marcha, comenzaron a hablar. Su voz les resultaba nueva y hermosa a ambos. Al principio a penas intercambiaban unas cuantas frases. La joven podía leer cualquier cosa que Simbad pensara, y respondía sin que él dijese nada. Simbad tampoco se sorprendía o temía los dones de ella, sabía que no le haría daño.
Al cuarto día, ella le contó que no tenía memoria, no recordaba nada de su pasado, y Simbad lloró, la tomó entre sus brazos y se disculpó en su oído, entre susurros, por haberlo preguntado. Esa noche, ella le regaló un beso, después de que viesen una estrella fugaz, y ella leyese en su rostro que eso, era lo que él más deseaba.
Después de una semana, llegaron por fin a su destino, los acantilados del grito. Tardaron todo un día en encontrar el pasadizo que llevaba hasta la puerta. Caminaban de la mano, cada vez estaba más oscuro, pero el colgante de Simbad, que ahora llevaba la joven, iluminaba el camino ante ellos. Y así, por fin, llegaron a la puerta.
No eran más que unas piedras con extrañas inscripciones en ellas, sobre una pared de puntiagudas rocas. Simbad había dejado que la joven se adelantara para que pudiese leer tranquilamente los grabados...
Cuando terminó de hacerlo, tenía los ojos negros y una sonrisa triste en el rostro. Le contó entonces a Simbad lo que necesitaba para abrir el portal. Cuando Silenya le había hablado sobre la puerta, Simbad aun no era capaz de hacer ni la mitad de los prodigios que ahora realizaba. Por lo único por lo que había recibido tantas heridas luchando contra los asesinos, es porque intentaba detenerlos, no matarlos. Simbad apreciaba la vida de cada uno de los seres que habitaban la tierra, y lamentaba la perdida innecesaria de cualquiera de ellos, como le había pasado con las hormigas.
Simbad debía de reparar las piedras de la puerta, hacer crecer un tipo de planta, cuyas propiedades de las raíces creaban pequeñas puertas, haciendo que una sola planta tuviese raíces en muchos sitios, sin que estuviesen conectadas, y aun así, los nutrientes de la tierra que absorbían los enviaban a la planta, a su tallo y hojas. Y luego, de una sola gota del océano que tenían detrás, debía extraer la sal, y, desde el centro de la puerta, extender el agua de forma uniforme, en una película invisible, hasta tocar el borde interior de la puerta, por todas partes al mismo tiempo exacto. No le llevó ni una hora hacerlo todo.
La joven no dejaba de llorar, aunque parecía feliz. Una vez que le explicó a Simbad lo que tenía que hacer, se había sentado más atrás, para dejar a Simbad trabajar a sus anchas. Simbad no apreció ningún cambio, salvo porque una vez que extendió con éxito la gota de agua, las raíces desaparecieron, dejando ver otra vez las puntiagudas rocas. La joven se puso entonces en pie y tomó la mano de Simbad, sin dejar de llorar.
-Confía en mi.
Dijo sonriendo.
Ambos encararon la pared de la puerta, y caminaron deprisa hacia ella, con paso decidido. En el último segundo, cuando uno de aquellos clavos de piedra iba a perforarle el ojo, Simbad cerró los parpados. Pero no sintió ninguna perforación en su cuerpo, y sus pies seguían dando pasos, y la joven seguía caminando a su lado, sosteniendo su mano.
En el momento en el que el joven abrió los ojos, la joven soltó su mano y se precipitó hacia los brazos de Silenya, que la esperaba justo en frente, también con lágrimas en los ojos y una sonrisa, aunque la de esta era de pura felicidad. El tiempo no había transcurrido para ella.
Las dos mujeres se fundieron en un abrazó, mientras Simbad esperaba paciente a que llegase el momento en el que le contase el motivo por el que había llegado hasta allí.
Cuando por fin las dos mujeres se separaron, quien habló no fue la Diosa de los Océanos, sino la joven.
-Simbad, te presento a mi madre, aunque supongo que es la extraña que conociste en el rio de tu pueblo. La inscripción de la puerta me ha devuelto la memoria, por eso lloraba... -Y la joven rompió a llorar otra vez. Soltó las manos de su madre y corrió hasta Simbad de vuelta para abrazarlo. Este la tomó entre sus brazos, sin saber por qué eso era motivo de tristeza, pues la joven no era feliz. -Mi nombre es Anamis del Arcoiris, hija de Silenya, Diosa de los océanos. Soy una semidiosa, mi padre era mortal. Y te amo, Simbad. Y lo siento...
Simbad no sabía que era lo que pasaba. Él también la amaba. Esperaba una respuesta, alguna explicación por parte de Anamis, pero no podía hablar. Solo balbucía "no es justo", de vez en cuando, entre sollozos. Simbad la consolaba con su abrazo y besando sus mejillas, pero no había forma de cesar su llanto.
Hasta que por fin, Silenya habló.
-El motivo por el que mi hija llora, es porque te ama, mi querido Simbad. Pero ella tiene un destino, al igual que todos, y no puede estar con un simple humano. Por lo que llora, es porque su corazón se ha quebrado al recordar quien era, y recordar que no debía enamorarse de ti, pues aquí, ningún humano puede quedarse.
Simbad comprendió entonces el dolor que Anamis sentía, pues su corazón acababa de quebrarse de la misma forma, y el dolor era el mismo, era uno solo. Anamis alzó su rostro entonces, y ambos se miraron a los ojos, ver el dolor que sentían el uno en los ojos del otro casi los mata a ambos.
-Lo siento. -Dijo Anamis. -De verdad que lo siento...
Simbad silenció sus labios con un beso. No le importaba, no entendía por qué no podían estar juntos, pero el amor que sentía por ella jamás se apagaría. Y usaría todo su poder para encontrar la forma de poder estar a su lado, o, sino, por lo menos dejar un recuerdo por toda la eternidad, inmutable, del amor tan inmenso como el océano que sentía hacia Anamis.
Silenya se acercó entonces, conmovida por su amor, y colocó una mano en el hombro de cada uno. Ambos se separaron de los labios del otro, sorbieron sus lágrimas lo mejor que pudieron, y tras dejar su abrazo y tomarse de las manos, ambos miraron a la Diosa a los ojos.
-Pero hay algo que ambos desconocéis, y es el motivo por el que tú, Simbad, y solo tú, eras quien tenía que traer a mi hija hasta aquí. Y es porque eres el único que podía hacerlo, Simbad, Guardián de los elementos. No eres un humano corriente, y no porque haya magia en ti. Es porque la misión que te depara el destino, es cuidar de los hijos de los dioses de la tierra por toda la eternidad. No existe ningún motivo, ni en lo terrenal ni en lo divino, por el que vosotros no podáis estar juntos.
Ambos, Simbad, Guardián de los elementos, y Anamis del Arcoíris, volvieron a llorar, esta vez de pura felicidad, y volvieron a fundirse en uno solo con un beso. La gran Silenya los dejó solos un tiempo, para que por fin pudiesen declararse el profundo amor que sentían, y que tanto miedo les había dado confesarse.
Cada uno desempeñó el papel que su estrella les guardaba, y se amaron por el resto de los tiempos.
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